Kilómetro 3.577, el último
Peñas Blancas, La Cruz. Un puesto fronterizo embarrialado como una porqueriza, oscurecido por la noche, quieto y más bien fresco nos dio la bienvenida a Costa Rica. Llegamos en Peñas Blancas después de recorrer 3.577 kilómetros desde que nos persignamos en Wallisville, Houston, y buscamos la autopistas con rumbo al sur de Texas, hace exactamente 11 días.
Eran casi las 8 p. m. cuando acabamos de cruzar Nicaragua sin más contratiempos que los policías corruptos que detienen los camiones con la fe de echarse algún billetico a la bolsa. Ven dos camiones remolcando a otros dos, con evidencia de que vienen desde Estados Unidos y de inmediato piensan en la oportunidad de morder alguito. Saben que con seguridad acumulamos varios días de carretera y cualquier ser verdaderamente humano estaría deseando llegar a la casa. Nadie quiere atrasarse ni siquiera media hora aorillado sabien que está tan cerquita del destino final y muy pocos, quizá nadie, descartaría la posibilidad de doblar un billete de 50 córdobas (US$ 2) detrás de la licencia para que el oficial deje continuar sin buscarle peros al camión, a la carga, a las luces, a un papel, a una maniobra o al simple hecho de pisar con las llantas una línea amarilla.
En la ruta desde Houston a Costa Rica, Nicaragua es la antesala y las emociones juegan. Por suerte son maravillosas las carreteras por donde se debe transitar para venir desde el puesto de El Guasaule hasta Peñas Blancas. Poco carro, cero huecos, buena señalización y un paisaje para coleccionar. Las postales con volcanes en las bajuras de León, el celaje desde la montura del cerro El Crucero (departamento de Managua) son parte del premio para el camionero tico cuando se acerca al final. También están ahora en Rivas, a mano izquierda, filas de generadores eólicos que vigilan como gigantes la carretera. La luna borrosa entre tanta nube daba anoche un aire de trascendencia por la oscuridad del paisaje, mientras nuestros estómagos tan básicos (¡hambre camionera!) clamaban por comida de la sodita de Agüero, todo un referente entre los pernoctadores de Peñas Blancas.
Así se acabó Nicaragua. Para los transportistas debe de ser muy jodido saber que no importa cuán bonito o interesante pueda ser un lugar, igual hay que seguir conduciendo. Un camionero de estos solo se detiene que tiene que hacerlo, cuando el sueño la tira abajo los párpados, cuando el estómago llama o grita, cuando una llanta explota, cuando falta diésel o cuando el camión se calienta subiendo cuestionas, que las hay. En México y Centroamérica se agregan razones: cuando un policía se lo ordena para comenzar en uno de esos jueguitos rufianes en busca de tres pesos (nos ocurrió al menos siete veces) o cuando los delincuentes montan retenes o persiguen para exigir al transportista que pague la cuota, en el mejor de los casos.
Si no, el camionero no se detiene como no nos detuvimos desde León hasta Rivas, el departamento colindante con Peñas Blancas. A no más de 90 kilómetros por hora en carretera abierta, a 5 kph al pasar por el centro de Diriamba o Jinotepe, o 50 en el cerro El Crucero donde el viento tiene la manía de volcar camiones y botar casas. Así, sin prisas ni pausas, llegamos al puesto fronterizo embarrialado como porqueriza, oscurecido por la noche, quieto y más bien fresco. Los tráilers yacen estacionados como enormes piezas de lego en el patio de juegos de un niño. Dentro duermen los transportistas y quizá sueñen. También hay quienes disfrutan con una prostituta en el camarote del tráiler. Esto es así.
Una de ellas se recuestó a un poste cerca de la ventanilla de Migración para Transportistas. Estaba justo iluminada por un foco en medio de la oscuridad como si fuera la cantante en un concierto. Se le veía baja, gordita y atrevida con su minifalda blanca. Ella y sus colegas son parte del ambiente de una parte de los camioneros. Esto es así.
A los quince minutos se salió de foco y se incorporó a las penumbras de Peñas Blancas. Dejó la zona iluminada para un oficial de Tránsito que circulaba ocasionalmente, para un hombre que deambulaba en bicicleta o para un chofer insomne que salía a caminar para llamar al sueño, a pesar de los zancudos que viven de lujo entre los suampos formados por las lluvias de estos días.
Esta es Peñas Blancas. Aquí queríamos llegar pero sin saltarnos ni uno solo de los kilómetros de esta ruta que nos fijamos desde Houston. Recorrimos los 3.577 kilómetros en el sentido norte-sur, la dirección del dinero narco y de las armas, la de las mercancías gringas importadas y la de los migrantes que retornan con dólares en la bolsa o con el fracaso guindando del hombro como una mochila vieja. Pasamos los rayos X de la policía en la frontera sur de EEUU, las “x” de los pueblos mexicanos, sus carreteras tamaulipeñas donde tantas cosas han ocurrido. Pasamos los tramos de Guatemala, El Salvador y Honduras protegidos por la luz del sol. Pasamos Nicaragua como un bólido y llegamos a Peñas Blancas. Puede sonar raro, pero es un gusto llegar a este barrial.