¿Democracia en Libia? Difícil, pero hay que intentarla
Muammar Gadafi pareciera estar dando sus últimas patadas de ahogado. La suerte parece decidida y casi nadie, salvo Ortega y Chávez, la lamentan. Inclusive, ni siquiera Rusia y China – que en algunos momentos han criticado las operaciones de la OTAN en Libia— se molestaron en quebrar muchas lanzas en defensa del dictador.
Corrijo: tirano, sí, tirano. Gadafi ha sido un tirano, que ha gobernado Libia a su gusto y antojo, y que no ha tenido escrúpulos en ejercer el poder de forma brutal.
No es el único en el Oriente Medio, me dirán, y muchos de ellos han estado bajo el cobijo y tolerancia de las potencias occidentales que ahora reclaman un cambio de timón en Libia. Totalmente de acuerdos con ustedes, pero ese cinismo, que es muy propio de la política (si no, échenle una leída a “El Príncipe”, de Maquiavelo, y verán por qué es tan actual 500 años después de su publicación), no justifica seguir apoyando ese tipo de gobiernos, máxime si entre los gobernados (sojuzgados, en este caso) hay quienes exigen cambio.
El apoyo de Occidente a la revuelta en el país norafricano no es gratuita, ni altruista; hay intereses económicos y políticos a los cuales les conviene un régimen con el cual pueden estar más a gusto. Suele atribuirse a De Gaulle haber sentenciado que los Estados no tenían amigos, sino intereses. De nuevo, puede sonar muy cínico, pero es lo que impera en las relaciones internacionales.
Tampoco Gadafi ha gobernado guiándose por principios impolutos. Lo ha hecho a su medida, sin controles ni contrapesos, y ha cambiado de socios según estos sean más acordes con sus intereses.
Así, en algunos momentos pretendió ser el ícono del panarabismo tras la muerte de Nasser, se alió con la URSS para enfrentarse a Occidente, tuvo una etapa de promotor y protector del terrorismo internacional y, en los últimos años, abjuró de esta posición y reconoció la responsabilidad de su régimen en la voladura de los vuelos civiles de ATA y Panam (pagó indemnizaciones a las familias de las víctimas) con tal de maquillar la imagen internacional de Libia, una vez que desapareció la URSS y el fundamentalismo islámico le produjo miedo.
Ahora, cuando el dictador parece próximo a su final, nadie, a ciencia cierta, sabe cuál será el perfil de la Libia pos-Gadafi. Es muy fácil hablar de una democracia multipartidista, con división de poderes, respeto a los derechos humanos y otros parámetros similares; otra cosa es construirla.
En Libia, como en otros países sin tradición democrática y donde ha imperado una dictadura prolongada, hay que empezar de cero. Hasta el momento, no se vislumbra un líder que pueda conducir la etapa de transición hacia un nuevo sistema político; no se conocen las pretensiones de los rebeldes armados (aparte de la obvia: tumbar a Gadafi), si de verdad aspiran a un gobierno que no sea otra satrapía; está por verse la capacidad de cohesión más allá del fragor de las batallas…
Entonces, ¿renunciar al intento por instituir algo diferente? Pues no, solo que tampoco hay que ilusionarse pensando que todo se soluciona con la caída del tirano. Hay que apostarle a un esfuerzo por un mejor gobierno en Libia, sin ignorar las grandes dificultades que ello entraña.
Lo otro, lo más cómodo, es seguirle poniendo el hombro al satus quo. Entonces, Gadafi estaría en el poder no 42 años, sino tantos como su vida se lo permita.
¿Cuál apuesta prefiere?