La pasión por la ciencia y el periodismo me trazaron el camino para convertirme en lo que soy: una periodista científica. A la hora de elegir carrera me incliné por el periodismo, estudié Ciencias de la Comunicación Colectiva en la Universidad de Costa Rica, pero luego me especialicé en Comunicación Científica en la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona, España. A mi regreso, ingresé a La Nación en el 2001 como periodista de la sección Viva, donde empecé a publicar reportajes sobre ciencia y medicina.

En el año lectivo 2003-2004 tuve la fortuna de formar parte del programa Knight Science Journalism Fellowship del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Estados Unidos, y a mí regreso me dediqué  la creación y la coordinación de la sección Aldea Global, una sección donde a diario se exploran temas de ciencia, tecnología, salud y arte. Dentro de Aldea Global nació la columna Epicentro de la Ciencia, que publico todos los lunes desde febrero del 2008, y que ahora he transformado en un blog muy importante para mí, pues es el contacto con mis orígenes, el mundo de la ciencia, ahora que dedico la mayor parte de mi tiempo a las labores de ser Jefa de Redacción de este diario.
Debbie Ponchner 07 enero, 2013  12:00 a.m.
INICIO / Curiosidades
07/01/2013
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Cambia, todo cambia

Cambia lo superficial,

cambia también lo profundo,

cambia el modo de pensar,

cambia todo en este mundo.

Con esas sabias palabras se inicia la canción del chileno Julio Numhauser que retumba en la memoria latinoamericana en la potente voz de la ya desaparecida Mercedes Sosa.

Con gran certeza, Numhauser nos muestra cómo el cambio es prácticamente lo único constante en nuestra vida y en todo lo que nos rodea...; pero ¿cuán conscientes estamos nosotros de los cambios que sufrimos con el tiempo?

¿Se mantienen estáticos nuestros gustos, valores y personalidad, o cambian con el tiempo? ¿Somos la misma persona que fuimos hace diez años? ¿Seremos la misma persona cuando llegue la próxima década?

Curiosamente, somos capaces de reconocer los cambios que hemos sufrido con el tiempo, pero nos cuesta más aceptar y proyectar que cambiaremos en el futuro, según demuestran los resultados de una serie de estudios desarrollados por Jordi Quoidbach, Daniel Gilbert y Timothy Wilson, investigadores de la Universidad de Harvard y la Universidad de Virginia.

Los experimentos se realizaron en un sitio de Internet de un popular programa de televisión.

En el primer estudio reclutaron a 7.519 adultos, entre los 18 y los 68 años de edad, quienes contestaron un cuestionario sobre gustos, valores y personalidad.

Luego, los voluntarios fueron separados en dos grupos. A unos se les pidió que contestaran el cuestionario, pero pensando en cómo eran ellos hace diez años; a los otros se les pidió que lo contestaran pensando en cómo serían en diez años.

Los científicos luego compararon proyecciones con recuerdos: tomaron a las personas de 18 años y vieron sus respuestas sobre cómo serían en diez años, y las compararon con las respuestas de los de 28 años que revelaron cómo eran hacía una década', y así con todos los grupos de edad.

En todos los casos, los cambios sufridos eran mayores que los proyectados.

Lo mismo ocurrió con un segundo experimento, hecho en una cantidad similar de personas, pero, en lugar de evaluar la personalidad, esta vez se hicieron preguntas sobre si su mejor amigo de hoy seguirá siendo el mismo dentro de diez años, o si es el mismo de hace diez años; si su comida favorita seguirá siendo la misma o si es igual que la de hace diez años. Se mencionó el gusto musical: ¿será su banda favorita de hoy la misma en diez años?

Nuevamente, al recordar lo ocurrido en el pasado, las personas vieron muchísimos más cambios que los que proyectaban para sí mismos en el futuro.

Según explican los investigadores en su reporte publicado en la última edición de la revista Science, los seres humanos tenemos la noción incorrecta de que la historia se termina hoy y que en el tiempo presente hemos llegado a convertirnos en la persona que siempre seremos.

Aunque los experimentos sí demuestran que la magnitud del cambio tiende a decrecer con el tiempo –un adolescente cambia más en gustos, valores y personalidad que un anciano–, lo cierto es que no somos un producto terminado: cambia, todo cambia.

Cambia el rumbo el caminante

aunque esto le cause daño,

y así como todo cambia,

que yo cambie no es extraño.




showell@racsa.co.cr

showell@racsa.co.cr 01:36 p.m.16/01/2013

No todo cambia. No cambia el observador. Si cambiara no podría retener los cambios producidos, porque cambiaría con estos. El observador interno es como la pantalla del cine, que no cambia aunque las escenas se suceden unas a otras. Por eso es que el ser humano busca la estabilidad.

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