Una Reseña de Las Cámaras de velocidad
Hacía falta un touch of class en las
infrasubdesarrolladas carreteras
de este país, una muestra de
modernidad, de tecnología, quizás
unos ojos electrónicos, unos
radares o algo así. Algo que
llenara de orgullo a la gente al
compararse con sociedades más
atrasadas y la ilusionara con la
idea de estar cerca de las más
avanzadas del planeta. Y la
solución llegó: las cámaras para el
control de velocidad.
Larguiruchas, feas como un demonio, clavadas en las orillas
de las autopistas –¿autopistas?–,
acapararon las portadas de la prensa
y el tiempo de los telediarios. Lo
hicieron no tanto por los elogios y
aplausos recibidos –que los hubo–,
sino, sobre todo, por la crispación
de los conductores y de una buena
parte de la opinión pública.
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