“Yo supongo que como es tanta gente las vacantes se llenan muy rápido”, me dice Cristián Gonzáles, quien prueba suerte por cuarta vez en una feria de empleo. De algo no se equivoca: el local de la Antigua Aduana está repleto con motivo de la novena edición de la Feria Bilingue de Cinde.
Esa imagen corresponde al pasado 8 de febrero, cuando La Nación visitó dicho evento para explorar el hormiguero laboral y conversar con los asistentes.
Si lo comparáramos con la búsqueda de pareja, una feria de empleo es un galán con la billetera llena, una modelo con piernas largas, que seduce a todos aquellos que urgen de compañía. En esta ocasión, el pretendiente tenía para ofrecer 7.000 puestos de trabajo, pero un número mayor se peleaban por conquistarlos.
Según las cifras de los organizadores, en el momento de nuestra visita 1.800 personas andaban merodeando el campo ferial. En total, luego de los tres días del evento, contabilizaron 13.000 asistentes, una cifra nada despreciable.
En medio del mar de gente, similar a la avenida central un 23 de diciembre, estaban cada uno de los estands de las empresas, identificados con el logo de la compañía, así como personal uniformado listo para cazar talentos. Unos repartían desplegables informativos y otros conversaban con los curiosos que se acercaban.
La oferta era variada, había cabida para ingenieros, informáticos, administradores, profesionales en recursos humanos, contabilidad, finanzas' eso sí, hablar un segundo idioma era indispensable.
Tan variadas como las profesiones e historias de vida de los asistentes, era la presentación personal: con tacones, en sandalias, con camisa formal, pelo largo, camisetas coloridas y hasta tatuajes. Lo que sí tenían en común es que ninguno llevaba canas en el pelo y la juventud era rasgo común.
Algunos deambulaban desorientados, otros llevaban un museo de papeles entre las manos, y estaban los que hacían fila para hacerse notar y lograr intercambiar palabras con alguna de las empresas.
Si bien había personas que tenían claro a lo que iban, otras rondaban más desubicadas: le pregunté a una joven si podía entrevistarla y me dijo que mejor no, porque ella no hablaba inglés y de por sí, ningún trabajo de la feria le servía.
No faltaron los que salieron disconformes con la experiencia. “Es la primera feria a la que vengo, no fue muy efectiva porque lo que dan es un brochure para aplicar en línea y a eso no le veo la utilidad, además casi ninguna empresa lo filtra a uno por área de interés”, comentó Mauren Chinchilla, de 30 años.
Para quienes se animaron a aplicar, les tocó esperar. Semanas más tarde algunos fueron contactados, otros están esperando el mensaje, unos se resignaron y buscaron empleo por otros medios y hay quienes esperarán otro año para echarse a nadar en una feria ya conocida.