Pérez Zeledón. “Disculpe, pero no sé qué hace una filóloga”, confesó la rectora de una de las universidades donde Tania Mata Valenciano concursó para un puesto de trabajo. La joven no se desanimó, entregó dos o tres currículos más y regresó a San Isidro de El General para impartir clases de español.
A sus 24 años, ella es una de miles de jóvenes de Pérez Zeledón que batallan por encontrar un empleo.
Sin otras opciones, Mata guardó su título profesional y aceptó un trabajo en un área diferente a su formación. ¿Con qué sueña una adolescente al concursar para un cupo universitario? ¿La facilidad de conseguir un puesto de trabajo? ¿Un salario de muchos ceros? ¿Un oficio que motive a madrugar?
Cuando a principios de 2007 ella ingresó al bachillerato en Filología Española iba por puro amor a la carrera. No importaba si, al menos, lograba el salario mínimo del gremio para ganarse la vida. Tras cinco años de estudio –los últimos tres viajando entre las aulas universitarias de San Pedro y su trabajo en Pérez Zeledón– y uno de repartir currículos por todo el valle de El General, su ingreso no llega a los ¢549.000 que ganan los filólogos profesionales.
“De cuatro universidades y varias empresas grandes donde apliqué (sic), solo una me ha llamado para trabajos ocasionales. Las universidades prefieren que los cursos de expresión oral y escrita los imparta un profesor de español, porque es más barato”, explicó Mata.
Desde hace tres años trabaja como profesora de español en un instituto educativo de la zona y aunque asegura que le gusta su empleo, no es lo que quiere hacer.
¿Y el salario? Vaya Dios a saber. Si una semana llegan muchos estudiantes y le toca hacer malabares para acomodar su agenda, gana un poco más; pero cuando baja la demanda, le toca apretarse la faja.
“Aquí a nadie le interesa tener un corrector de estilo, menos a las empresas y, aunque es ilegal, cualquier persona corrige tesis universitarias”, se lamentó Tania, quien descarta moverse al Valle Central por los gastos que implica. “Espero que en el futuro haya otra oportunidad de trabajo más cercana a lo que yo estudié, porque no me veo como educadora”, dijo. A pesar de todo, Tania se aferra a su amor por su carrera y sigue enseñando español mientras, con paciencia, empapela Pérez Zeledón con su currículo.