Costa Rica brilló en su papel de sede de los Décimos Juegos Centroamericanos. Desde el acto de apertura hasta el espectacular cierre del domingo, brilló en la organización, en las canchas, gimnasios, pistas y piscinas. La juventud tuvo su fiesta deportiva, y el país le acompañó en la celebración.
Nuestros deportistas consiguieron un muy honroso segundo lugar, superando en 17 la marca histórica de medallas de oro. Desde 1994 el país no lograba ubicarse tan arriba en el medallero. La mejor actuación en la historia nos dejó a solo siete medallas de oro del vencedor, Guatemala.
La organización y ejecución de los bien trazados planes fue impecable si no se exagera la importancia del algún contratiempo aislado, comprensible en un acontecimiento de tanta complejidad. El número de disciplinas deportivas representadas, la infraestructura requerida por cada una de ellas, la cantidad de competidores y el nutrido público que los acompañó a lo largo de dos semanas constituyeron un reto formidable para nuestro estreno como país anfitrión.
La prueba fue superada a ojos de propios y extraños. “San José se lleva los aplausos en infraestructura y organización”, informó El Heraldo de Honduras. Expresiones similares se hicieron comunes a lo largo de los juegos en la prensa centroamericana. En ese logro también hay una medalla de oro. Es un recordatorio de cuánto podemos hacer en la cancha y fuera de ella. Magnifica, eso sí, los lamentables yerros en la organización del Mundial Femenino de Fútbol Sub-17.
Los Juegos Centroamericanos demostraron la capacidad del país para celebrar un evento semejante. El Mundial del 2014 debió ser una oportunidad para construir sobre ese logro, pero las obras necesarias permanecieron estancadas en espera de fondos no girados, entre otras razones, por falta de una certificación de pago de cuotas a la seguridad social.
Al país que conquistó el aprecio de sus vecinos en los Juegos Centroamericanos se le niega la posibilidad de repetir la hazaña ante el mundo por el incumplimiento de un trámite tan sencillo como insignificante. El contraste en nada opaca los méritos recién conquistados, pero llama a meditar sobre nuestras incongruencias.
Sin embargo, es hora de celebrar la victoria del presente y la promesa del futuro. De los 93 medallistas de oro costarricenses, 52 no han llegado a los 20 años. Constituyen una generación talentosa e innovadora, capaz de imponerse en disciplinas cuya práctica no ha sido tradicional ni masiva en Costa Rica. Sobre sus hombros es posible afincar la esperanza de un acelerado desarrollo del deporte más allá del fútbol y otras actividades tradicionales cuyo desempeño no siempre ha sido satisfactorio.
La ambición de una buena participación olímpica en Río de Janeiro también está justificada. Antes de eso están los demás compromisos del ciclo olímpico: los Juegos Centroamericanos y del Caribe, y los Panamericanos; ambos, oportunidades para establecer nuevas metas y profundizar el fogueo.
El legado de los Juegos Centroamericanos, amén de la probada capacidad para organizar eventos de importancia y el prestigio ganado más allá de las fronteras, es la infraestructura deportiva puesta al servicio de esa generación de jóvenes atletas y las que les siguen de cerca.
En palabras de Johnny Araya, alcalde de San José, el país ha tenido un imperdonable rezago en la inversión para el deporte, pero los juegos contribuyeron a crear conciencia sobre la necesidad de cerrar la brecha. Contribuyeron, también, a avivar los sueños de niños y jóvenes en toda la geografía nacional.