Los hombres que encaran toros y nunca los ven

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Diego Arguedas O. Colaborador 12:00 a.m. 18/03/2013

En la arena del redondel, frente a esos 400 kilos de puro músculo, Jorge Cubillo Cubillo no ve un toro. Ni aun cuando esa torre agacha la cabeza y embiste. Él ve dos cubículos de servicios al cliente, cinco cajas para trámites ordinarios y la oficina gerencial del banco que espera dirigir.

Imagenes/Fotos

Pero ahora es el toro que bufa enfrente y a su lado está Luis, o Ángel, o Pablo, o algún otro de la veintena de muchachos –sus colegas– que forman el Grupo de Sorteadores de Santa Cruz.

Con un trozo de cuero en su mano, los jóvenes retan al toro a moverse para vitalizar las corridas.

Un grupo de santacruceños entre 16 y 22 años, guiados por la ambición bancaria de Cubillo, se ganan (y se juegan) la vida en los redondeles guanacastecos.

Jorge utiliza este dinero, junto con una ayuda familiar y otro poco que gana como sabanero, para pagarse la carrera de Administración de Empresas.

“Sé que todo este esfuerzo lo veré hecho realidad cuando esté sentado en una silla como gerente de un banco”, promete el joven.

¿Los demás? Luis Ángel Dinartes, 19 años de haber abierto los ojos y tres de ser padre, redondea los ¢115.000 quincenales que deja la construcción con sus andanzas en redondeles.

“Por mi hija quiero ser alguien en la vida, pero aquí cuesta y no hay trabajo”, sentencia.

Dylan Rodríguez no tiene todavía que pensar en pagar educación o mantener una familia. Estudiante del Liceo Experimental Bilingue de Santa Cruz, donde cursa noveno año, tiene como prioridad cerrar el ciclo colegial. Luego llegarán, ojalá, las maquetas y las noches sin sueño de arquitectura.

“Trabajé un año como sabanero en una finca, pero acá son pocas las opciones que uno tiene para trabajar. Lo poco que hay es chapeando, cortando caña o cosechando melones”, reporta Pablo Ramírez, quien hace unas semanas ingresó con 22 años a Educación Física en la Universidad de Costa Rica.

A falta de opciones, este grupo de muchachos se creó su suerte: robarle miradas y carreras al toro de turno frente a nicoyanos, bagaceños o liberianos. Que otros pongan los animales y el redondel. Que otros monten o enlacen.

Su consigna sobre la arena del redondel es una: el espectáculo debe continuar.

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