En este nuevo día del Señor nos pone la Iglesia ante un paso más de cara a la Pascua. Una nueva oportunidad para prepararnos para la meta final de este tiempo cuaresmal y un día muy concreto donde se anuncia expresamente esa cercanía. De allí que se denomine “laetare”.
Todo ocurre en momentos muy significativos pues estamos en ese período tan peculiar que se denomina “sede vacante” y a la espera de los frutos del cónclave. ¿Nuestra actitud? Ciertamente muy diferente a cuanto ha sido común en estas semanas: no especulamos ni somos fantasiosos sobre ocurrencias y falsos rumores. Solamente oramos por los cardenales electores.
En esta ruta tenemos la posibilidad de meditar –llegando así a la esencia del mensaje cristiano y obviando tantos y tantos datos accesorios que en estos días nos han ahogado en superfluidades– en torno a uno de los textos neotestamentarios más extraordinarios: la parábola de la misericordia, del Padre misericordioso o del hijo pródigo.
Todo se inicia con una falta harto grave: un hijo de un hombre acaudalado da la espalda a su padre y se marcha a tierras lejanas. Le hace ver que es como si ya no tuviera padre. A partir de ese momento vive de modo perdido y finalmente, queda en la mayor de las pobrezas.
La situación no puede ser peor. Miseria, angustia, soledad. Ante lo que pasa, el joven “recapacita”.
Regresa y da la cara con humildad y valentía al padre que, contra lo que se espera, lo recibe lleno de alegría y le devuelve con un abrazo y unas sandalias más un anillo, su dignidad de hijo. El que era nada vuelve a ser lo que fue.
Lo que queda es una fiesta. Un muerto ha vuelto a la vida. Uno que estaba perdido ha sido encontrado. Eso debe ser celebrado a pesar de la prepotente reacción del hijo fiel, fuertemente egoísta y seguro de sí hasta el extremo de ser cruel.
En este caminar hacia la Pascua la invitación es clara: retorna al Padre y confía tu vida a sus brazos acogedores y amorosos. El miedo no tiene lugar. Pbro. Mauricio Víquez L.