Frutos de conversión aquí y ahora

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12:00 a.m. 03/03/2013

Vivimos en este tiempo de la Iglesia un tiempo algo inédito. Desde el siglo XV no teníamos la experiencia de sede vacante en Roma sin pasar por la dureza, innecesariamente pública, de la muerte del Romano Pontífice.

Luego de contemplar la despedida de Benedicto XVI, solo nos queda un sentimiento profundo de agradecimiento a quien hasta hace poco ocupaba la sede de Pedro por toda la dedicación que, desde sus más tiernos años juveniles, mostró a la Iglesia fundada por Cristo y que, como ha quedado claro, muchos no entienden adecuadamente.

Es claro que, al fin y poco a poco, aún los medios má s agrios y anticatólicos han cedido ante la certeza: un amigo que se va para dar paso, humildemente, a un peón más lleno de vigor y fortaleza de ánimo. Los ecos de dislates raros e impresionantes fantasías a lo “ángeles y demonios” han ido ocupando su lugar: el de las ocurrencias sin más.

En este nuevo domingo del tiempo cuaresmal (ciclo C), en la ruta del Año de la Fe y en la ruta hacia el Congreso Eucarístico Nacional, no encontramos con un texto de Lucas. Una perícopa de gran importancia que resulta exclusiva de este evangelio.

La desgracia que ha ocurrido a un grupo de personas debido al carácter represivo del procurador o incluso a un accidente, no se debió a que fueran más o menos pecadores. Para los que escuchan la reflexión del Señor es, ante todo, un llamado de atención a estar siempre listos: no es viable ninguna forma de mediocridad en la entrega.

Jesús no expresa ningún odio o resentimiento, a pesar de la tragedia provocada por la autoridad romana (por aquello de los que relacionan a Cristo sin fundamento alguno con grupo subversivos de la época) y solamente parte de allí para advertir acerca de la universal necesidad de conversión.

Finalmente, aparece una breve parábola. En ella Jesús se refiere a la compasión debida al que sucumbe, pero igualmente un reclamo ante el discípulo pasivo e improductivo, aquel que, a pesar de las indicaciones, insiste en ser lastre para la obra de la Iglesia y su impulso misionero.

Un mensaje muy apropiado en el marco de un tiempo exigente y un momento en la historia bimilenaria de la Iglesia que nos exige dos cosas fundamentales: orar para que el dueño de la mies envíe al buen pastor que necesitamos y, además, informarnos bien en un momento en que la información relacionada con la Iglesia posee una calidad muy variada.

Pbro. Mauricio Víquez L.

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