Página negra Klaus Kinski: Reventar la vida

Fue una de las figuras más extravagantes del cine alemán; detestado por quienes le conocieron, saltó a la fama con papeles violentos y traumáticos, que solo fueron el reflejo de su propia vida.

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Jorge Hernández S. gabinetedeprensa@ice.co.cr 12:00 a.m. 03/02/2013

Vivió, como un Minotauro, preso en el laberinto de sus locuras, acogotado por un carácter ígneo, endiablado, irredento y lascivo que regurgitaba por aquellos ojos saltones, azules y con la pupila casi blanca, tallados en un rostro de pórfido, duro y siniestro como sus personajes: vampiros, pervertidos, matones y psicóticos.

Imagenes/Fotos

Pasó por el mundo como un vendaval, sembró tormentas y cosechó tempestades; fue una herida purulenta que ni siquiera la muerte sanó. Hasta su propia hija –Natassja– se sintió feliz cuando murió y los demás: descansaron en paz.

Titán del cine alemán, surgió de los vórtices de la tierra para interpretarse a sí mismo: Klaus Kinski. Una vez dijo: “Si no hubiera sido actor, habría sido un asesino o la víctima de un asesino.”

Con el director Werner Herzog, protagonizó cinco cintas de pesadilla: Aguirre, la cólera de Dios; Nosferatu, príncipe de las tinieblas; Woyseck; Fitzcarraldo y Cobra verde. En todas, fue un antihéroe: un explorador cegado por la ambición, un muerto viviente, un soldado denigrado, un melómano obsesivo y un tratante de esclavos con los escrúpulos de un ciempiés.

Antes interpretó papeles infames. Debutó en el cine en 1948, con Morituri, solo porque le pagaban más que en el teatro; alcanzó cierta notoriedad por tildar a los soviéticos de “lameculos” en Doctor Zhivago; descolló como pistolero en los spaghetti-westerns de Sergio Leone y, más tarde, probó como demente, asesino y sádico.

Mandó a la porra a directores como Pier Paolo Pasolini, Luchino Visconti, Federico Fellini, Francois Truffaut o Steven Spielberg. En su autobiografía, Necesito amor, los trató de “idiotas”, “indignos de su genio” y “mierdas” que solo querían explotarlo.

A Herzog lo llenó de vituperios. Durante el rodaje de Aguirre, lo amenazó con un rifle, lo molió a pescozones y lo dejó nocaut; el director le apuntó con un arma y estuvo a punto de permitir que un indio peruano, extra en la película, le rajara el gaznate con un machete.

Cínico, irreverente, mitómano y megalómano; al cabo de 40 años de carrera cinematográfica, con más de 250 películas, reconoció que no le gustaba ninguno de esos filmes y muchas veces se sentía como una prostituta.

“No quiero ser atractivo ni monstruoso; yo soy yo y es mi problema o el del público; se trata de una fuerza que me es ajena, que está ahí y se manifiesta a través de mi cara, de todo mi ser”, declaró al periódico El País.

Fulminado por un ataque cardíaco, el 23 de noviembre de 1991, en su mansión californiana, su espíritu errante fue invocado de nuevo por su hija Pola. En el libro Boca infantil, pronto a publicarse, ella describe las sistemáticas violaciones cometidas por su padre desde que ella tenía cinco años y hasta los 19, en que logró liberarse del pederasta.

Pola fue durante 15 años su pequeño juguete sexual, al que gritaba, pegaba, regalaba y después –según confesó la víctima– “me encamaba entre almohadas de seda.

Enemigo íntimo
Más que un hombre parecía un aborto infernal, eruptado de las entrañas maternas el 18 de octubre de 1926, en Zoppot, en esos años una aldea alemana, que hoy es parte de Polonia.

Nikolaus Gunther Nakszynski nació en la miseria rampante; su padre –Bruno– era boticario y casi nunca tenía trabajo, su madre –Suzanne Lutze– era enfermera y, para alimentar a sus cuatro retoños, tuvo que vender el anillo matrimonial y coquetear con la prostitución, aunque fue hija de un pastor protestante.

En su autobiografía, Klaus narró aquella infancia de horror. Dormían hacinados en un cuartucho infestado de ratas, mientras eran pasto de miríadas de pulgas. La familia se lavaba en las fuentes callejeras y –del hambre– el estómago se les pegaba al espinazo. Tuvo que robar para comer y la policía le echó el guante.

“Soy una especie de catástrofe natural”, escribió. A las patadas salió de la adolescencia y lo reclutaron las juventudes hitlerianas; lo mandaron a un puesto de ametralladoras antiaéreas, pero, en lugar de disparar contra los aviones enemigos, salía de la trinchera para gritar que lo mataran.

Las tropas británicas lo capturaron y pasó un tiempo en un campo de concentración en Holanda; en medio de esa vida sin ternura ni esperanza, saltó un destello de luz: la actuación.

Mutado en actor itinerante, su inmensa boca vomitó lava ardiente, convertida en monólogos deslumbrantes que provocaban a los espectadores, por la grosería y la agresividad de sus palabras. En sus inicios, apedreó todos los ventanales de un teatro porque no le dieron el rol principal en una obra.

Con los años se reveló que el actor, además de esquizofrénico y adicto sexual, padecía de coprolalia; esta es una tendencia patológica a proferir obscenidades e insultos hacia los demás de manera compulsiva.

Sus desmanes en el plató eran jupiterianos; Fernando Colomo –quien tuvo la “suerte” de dirigirlo en El caballero dragón– recuerda que Kinski intentó violar a la protagonista, le rompió una costilla a otro colega y a uno lo amenazó con partirle la crisma si le hacía mala cara.

Adonde iba se comportaba como un vil hijo de perra; en 1971, tras la fiesta por su tercer matrimonio –con la joven vietnamita Genevieve Minhoi– rompió toda vajilla y el mobiliario del restaurante y enfrentó a puñetazos a un destacamento de policías.

Cuando sus arranques de ira llegaban al paroxismo no quedaba títere con cabeza; así lo retrató Herzog en la película Mi enemigo favorito, de 1999.

A Kinski le costó 20 años forjar una carrera en las tablas y en el cine; pasó hambre, lavó platos, descargó fardos en los muelles, pidió limosna a sus amigos, trabajó en obras apenas para sobrevivir e incubó un desprecio visceral hacia los otros, a quienes les espetó: “bastardos”, “gallinas”, “analfabetos” y “cagados”.

La ira de Klaus
Cuando Kinski –a veces– estaba de buenas era más dulce que Tweety, pero casi siempre actuaba como la Bestia de Tasmania. Allá por 1950, fue internado en un manicomio, donde lo sometieron a electrochoques y baños de agua fría. En sus memorias, confesó: “aprendí a no ceder a la desesperación ni a la tristeza, porque eso debilita el odio”.

Al parecer, Klaus fue recluido después de agredir a su novia, una doctora de 48 años que detonó en él un amor enfermizo, pues la asociaba con su madre. Una vez que acabó el frenesí del apareamiento, Kinski no soportó la separación y decidió esconderse en el balcón de la casa de su amante.

Abrumado por los celos, se portó como un barbazul; la llamó “puta”, intentó estrangularla y ella lo denunció a los gendarmes; Kinski tomó varias ampolletas de morfina y tragó una montaña de somníferos para suicidarse, pero terminó forrado en una camisa de fuerza.

Parte de las actas psiquiátricas de su internamiento, en la clínica Karl Bonhoeffer, fueron reveladas a la prensa, pero el resto quedó bajo custodia de su hijo Nikolai tras un acuerdo entre las partes, según anunció en 1999 la agencia de noticias EFE.

El actor reconoció su adicción al sexo y en sus memorias no escatimó detalles sobre sus proezas sexuales y sus fallidos matrimonios. Su primera esposa fue Gislinde Kuhbeck; se casó más tarde con la escritora alemana Brigitte Ruth Tocki. Con ellas, tuvo a las futuras actrices Pola y Natassja Kinski. Finalmente, se unió a Genevieve Minhoi, con quien engendró a su hijo Nikolai Nanhoi.

A los 60 años, Pola denunció que su padre abusó sexualmente de ella porque era un tirano y “simplemente tomaba lo que él quería”. Si bien vivió un tiempo separado de la pequeña, mantuvo contacto epistolar con la madre y le pedía que besara, de su parte, a la “santa niñita”.

Con cinco años, Pola lo llamaba cariñosamente Babbo y trabajaba en pequeñas obras teatrales para contribuir con los gastos familiares. Un día, la recogió a la salida de una piscina, la llevó a pasear en limusina y al exclusivo hotel Cuatro Estaciones, en Munich. Allí –en una caída interminable –la besó en el cuello, la desnudó y la violó por primera vez.

Su hermana Natassja alabó ante la prensa alemana su valentía y confesó que Kinski también intentó lo mismo con ella, pero sin éxito.

La actriz dijo al Bild am Sonntag que a los cuatro años la tocaba mucho, la abrazaba de tal manera que sentía que no podía escapar.

Como en la escena final de Cobra verde, Kinski siguió el mismo destino del tratante de esclavos Francisco Manoel da Silva. Consumido por su indomable carácter, por el desmesurado afán de poseerlo todo, hasta las tres hijas de su patrono, caminó errático por una playa solitaria y ancha, seguido por un tullido que asistió silenciosamente a su muerte, ahogado en la borrasca de su existencia.


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