Tinta Fresca
Vamos a terminar ganando
"Hay tres cosas en la vida que son importantes: la primera es ser amable, la segunda es ser amable, y la tercera es ser amable". Henry James
DIEGO DELFINO
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Publicado el 03 de febrero del 2013
José Merino murió en octubre del 2012 y yo no tengo nada bueno ni malo que decir de él, pues no llegué a conocerlo. Puedo contarle que una hija suya fue mi más valiente y brillante compañera en la facultad de Derecho y que nunca llegué a decírselo, pero hasta ahí llega mi referencia directa: educó y formó a un ejemplar ser humano. Tal vez eso dice más que todo lo demás, tal vez eso dice más que todo lo que el político le confesó al periodista Álvaro Murillo, semanas antes de su muerte, en una entrevista para La Nación. Entonces Merino citó a Gramsci y resumió su visión del futuro político de Costa Rica en “optimismo de voluntad y pesimismo de inteligencia”. Cerré el periódico con una sonrisa cómplice.
Leyendo el mismo diario encontré, ya sobre la mitad de diciembre, un texto del cineasta Hernán Jiménez, titulado El silencio de un amigo. Hernán sí tenía algo que decir de Merino... él sí lo había conocido: compartió su café y su cocina, su verbo y su trato. Leí con interés, agradeciendo la pluma distendida y sincera, hasta que topé con una frase cuyo eco no abandonó mi cabeza ni siquiera en los festejos de año nuevo: “Hombres buenos hay muchos y son la mayoría. Excepcional fue José, porque esto lo entendió con el corazón y porque dedicó sus días a defenderlos”. Recordé entonces las palabras de la viuda de Merino, Patricia Mora, quien en su vela dijera: “Los buenos vamos a terminar ganando”. Aquella vez pensé que, quien en medio del dolor propio buscaba el consuelo ajeno, debía ser, precisamente, la definición de una buena persona.
¿Seré yo una buena persona? ¿Acaso una buena persona se haría semejante pregunta? Y si fuera una buena persona, ¿qué es eso que vamos a terminar ganando nosotros los buenos? Arranqué el 2013 con todas estas ideas en mi cabeza, comprendiendo, claro, que somos mucho más complejos que una especie a la que simplemente se le divide en buenos y malos. Entendiendo que construcciones como “hasta la victoria siempre” o “no pasarán” eventualmente se acomodan a los intereses de quien quiera hacer de ellas su bandera: los buenos, los malos, los malísimos.
Maduró enero y, como si hubiese pedido más caldo circunstancial, me cayeron al tiempo dos tazas por demás irónicas. Coca Cola, “marca del mal por excelencia”, le recuerda al mundo la bondad del ser humano promedio en una bellísima campaña capaz de conmover al último de los cínicos. Mientras tanto, Lance Armstrong, arcángel de la batalla contra el cáncer y máximo representante del poder de la voluntad, puso fin a su legendario engaño: siete tours de Francia haciendo trampa. Millones de pulseras amarillas teñidas de fraude... ¿Será que pesan menos ahora? ¿Será que sabe mejor el vaso de Coca?
Ni lo uno, ni lo otro.
La bondad no está en un refresco o una pulsera porque la bondad es esencialmente humana; habita en los gestos y en los actos más instintivos. Tal y como Hernán Jiménez encontró la bondad en el abrazo con que se despidió por última vez de Merino, un abrazo que resumía el ser y el estar, la bondad yace en cada pensamiento que nos recuerda que el “yo”, sin el “nosotros”, no vale nada, y solo la perdemos al renunciar en vida a la vida misma.
Sobre el autor
Diego Delfino
diego@89decibeles.com
A los 9 años le regalaron una novela gráfica de TinTin y decidió ser periodista. Como no pudo ser estrella de rock n roll se casó con una. Es director de 89decibeles y editor de la revista Su Casa. Su canción favorita es Hey, de Pixies.
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