Un día fuera de este mundo

¿Quién está dispuesto a encerrarse en un espacio de 20.000 metros cuadrados para nunca más salir de allí? Ellas lo están y confiesan hacerlo LIBREMENTE POR AMOR. Esta es la vida dentro del claustro.

JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ ROJAS

jjcachu@gmail.com | revistadominical@nacion.com

Publicado el 03 de febrero del 2013

Es un país silencioso. Un desierto cuyas fronteras son tapias empalizadas que dibujan un perímetro rectangular de dos hectáreas. Un lugar del cual no salen sus paisanas. Es un planeta rojo y no es Marte. Un mundo atrapado viviendo dentro de nuestro mundo; un ecosistema donde sus ciudadanas usan velos y hábitos, le hablan al cielo sin lengua y sin palabras.

Hace ya media hora que salió el sol y sus rojizos destellos se pintan en el largo escapulario que lleva en su traje sor Ana María, la monja encargada de recibir a los visitantes. Un hábito gris como ceniza penitente la envuelve y alrededor del cuello, debajo del velo, cuelga una legendaria medalla llamada “María de las virtudes”, que ha pasado por el cuello de otras hermanas ya difuntas.

Ana María camina al paso de sus pies ambulantes empaquetados en sandalias de cuero, y se adentra en un mundo desconocido: el claustro. La palabra viene del latín y significa encierro.

Luego aparece de nuevo en la capilla en un lugar reservado para ella y sus otras siete compañeras monjas, quienes desde hace 15 minutos permanecen perplejas, mirando la madera del reclinatorio en el que yacen sus codos y rodillas.

Son las ocho de la mañana en el monasterio de La Anunciada, en La Trinidad de Alajuela. Desde fuera de la capilla, avanzan dos hombres encapuchados. Uno ya mayor, hala un tanque de oxígeno con mangueras pegadas a su nariz, el otro es joven y lo acompaña. Una señora vecina del lugar ha llegado también y entra.

Los encapuchados salen con casullas blancas y comienza la Eucaristía.

Al término, la capilla, que es el único lugar accesible para los visitantes, se queda vacía, y las religiosas ingresan al claustro.

Solo Ana María sale nuevamente y atiende a los padres y a la señora que ha llegado. Se llama Yadira y frecuenta el monasterio La Anunciada todos los días, pues le llama la atención la solemnidad con la que manejan los ritos.

‘CELDAS’

Así llaman estas monjas a sus habitaciones dentro del claustro.

“Están en silencio todo el día, la única que habla es Ana María, la tica, y lo hace por obediencia”, indica la señora. Todas las monjas son francesas excepto la ya mencionada. Llegaron a Alajuela provenientes de París hace cinco años, y son las primeras mujeres de la Orden de la Virgen María –fundada por Santa Juana de Francia– en instalarse a un país no europeo.

Han hecho tres votos: obediencia, castidad y pobreza. Tres compromisos que ven como propuestas para una vida feliz, y que dan sentido a su vida de claustro. “Es como cuando, un día, un novio o una novia se prometen fidelidad. Un poquito es igual con los votos que hacemos”, dice la madre superiora sor María del Redentor.

Ella es pequeñita y con unos ojos celestes que se agrandan cuando se le mira a través de sus lentes redondos.

La llaman la madre ancila y es la que se encarga de orquestar la dinámica conventual, la cual no es díficil. Consiste en rezar y laborar, las dos acciones al mismo tiempo.

Para ello, disponen de cinco momentos durante el día para orar juntas en la capilla y un terreno cedido por los frailes franciscanos del Seráfico en Alajuela, al que ellas dan mantenimiento, cuidando los jardines, sembrando piñas y otros árboles frutales.

Trabajos silenciosos

Es un país silencioso; por ende, buscan labores silenciosas también. Dos de ellas solo se dedican a la cocina; otras dos, al huerto; otra, a las cuentas en el economato, y el resto hará queques, jaleas, tejidos y tarjetas que pondrán a la venta junto con otros artículos religiosos que revenden para pagar la luz y los impuestos que toda propiedad debe.

Dentro de la empalizada frontera, solo los pájaros hablan con su cantar, los árboles se estrechan por el viento y un perro ladra a una mariposa. Las ciudadanas de este mundo no tienen palabras durante el día.

“Oímos la realidad más profunda. No son palabras, ni imágenes; es más acá”, expresa María del Redentor tocándose el pecho. “Es sentir la paz profunda, o a veces la intranquilidad”, confiesa con una voz de flauta dulce que se apaga en cada sílaba.

Son las ocho y treinta. La música las reúne dentro del claustro en un aula pequeña con libros de cantos en un estante. Cada una toma el suyo y lo pone sobre un pupitre. La madre Blandina, sentada frente a una organeta eléctrica Yamaha, espera la señal de su superiora para comenzar a ensayar los cantos litúrgicos. Después los interpretarán acompañadas por una cítara cuando lleguen a la capilla.

La madre ancila sor María del Redentor es muy estricta en cuanto al aprender bien las melodías. Ella indica cuántas veces repetir para corregir y se asegura de que las hermanas sigan correctamente las partituras que vienen en los ficheros. “¡Vamos!”, exclama.

Las corcheas galopan por las ventanas, unas blancas se guindan en el techo, los silencios contraen el escenario. La amalgama de notas y acordes conduce a cerrar los ojos y dejarse llevar por el torrente pacífico de las voces de las hermanas, cual si fuera una cascada musical.

Afuera de la pequeña aula, se queda Ana María degustando de sus hermanas. “¡A mí, cantar me encanta! Pero el Señor no me dio oído”, exclama entre risas la monja. Ella cuenta que de joven, cuando vivía en Costa Rica, un profesor le daba clases de solfeo con un violín y ella, por más que lo intentaba, no daba una sola nota.

En fila, una por una salen del aula y se dirigen a otro recinto a guardar los libros de cantos. En ese cuarto hay además un monitor y un teléfono; la imagen del portón principal se proyecta para mantener vigilada la entrada y salida de los visitantes.

TV e Internet

Tienen otro monitor en otro cuarto, pero siempre permanece apagado. Las señales de televisión no les interesan a las hermanas. Una de ellas está encargada de buscar noticias del mundo y lo hace en Internet, pero solo con la finalidad de orar por los países en conflicto o por las circunstancias difíciles en el mundo.

Algún domingo por la noche se juntan todas y encienden uno de los monitores y colocan en un DVD una película prestada por algún amigo o intercambiada de otros de los monasterios en Francia. “Vemos películas familiares o dibujos animados. Recién vimos juntas una película hecha para una cadena de cable francés llamada Lucie, y también vimos Home (documental de Arthus Bertrand)”, afirma María del Redentor, quien dice que lo hacen para distraerse de la monotonía.

Las mismas flores, el mismo árbol frente a su ventana, el Cristo plateado subido en el largo madero negro en medio de las escaleras del claustro... Todo es siempre lo mismo diariamente. Pero, como el Principito de Saint Exupery a su flor, así es María del Redentor a su claustro. Ella ama su planeta con una roja pasión de amor. La rosa de siempre cambia y la enamora diferente cada día.

“Cambia cada día un poquito. A veces hay un pájaro, o una mariposa. A veces hay viento, a veces hay nubes. A veces el sol se acuesta muy bonito”, se ríe tiernamente, con su mirada celeste, la blanca francesa.

Quizá extrañe los atardeceres en París, y vea el sol de Europa en las doradas crepas que se sirven en su plato. Quizá le guste más el olor a tierra mojada en los lluviosos abriles ticos. “Esto es lo que el Señor nos ofreció y estamos alegres”, asevera la monja.

En Francia fueron 60 por más de 30 años y ahora, desde hace cinco, solo son ocho en Costa Rica. Esperan con paciencia a que surja una vocación, no para sentir compañía, sino –dice– para que ellas puedan compartir la felicidad que llevan dentro.

Notoria merma

Un padre franciscano le externó a Yadira su preocupación por la falta de vocaciones de la Orden, pues en cinco años, ninguna muchacha se ha vestido con el rojo escapulario que las distingue. Sin embargo, las madres tienen claro que no son ellas, sino Dios el que llama.

“La pregunta puede ser útil, ¿por qué estas se alejan de todo y encuentran la felicidad? Esto puede servir a algunos que tienen un vacío en sus vidas y buscan alejarse de lo superficial”, expresa la superiora, quien defiende su tesis de que la felicidad se encuentra en las cosas más profundas.

Ella misma cuenta que en el convento de París, una hermana que murió hace dos años llegó al monasterio ocultándose de su padre, que era muy anticatólico. La pobreza de su hogar y la necesidad la llevaron a trabajar de salonera en un bar a los 16 años, y mientras no estaba atendiendo clientes, se pasaba los minutos con el evangelio de San Juan en la mano, memorizando sus versículos.

“Ella buscaba un tiempo para ir al fondo de la iglesia y decir ‘¿por qué no soy como los otros?’. Poco a poco, con el cura párroco aprendió su catecismo e hizo su primera comunión a los 20 años, y a los 21 entró al monasterio. No volvió a ver a sus padres”, recuerda María del Redentor.

En el planeta rojo, la radicalidad es simplemente una respuesta. El que habla no puede rezar todo el día como lo hacen ellas, y por eso han decidido aislarse: para aliviar el dolor del mundo con sus oraciones, explican. No les importa nada más que eso. Se han olvidado de las cremas, geles, vestidos, peinados y otras modas femeninas para vivir solo en la intimidad con su Dios.

Mundo sin espejos

Otra anécdota que recuerda la madre fue cuando una aspirante a entrar al convento en Francia le dieron un cuarto en el claustro. Al amanecer, después de alistarse, salió del cuarto y le preguntó a María del Redentor:

–Madre, ¿dónde está el espejo?

–No hay, le contestó la monja.

– ¿Pero cómo me voy a peinar?

– No hay.

– Ah no, no, yo no puedo vivir sin el espejo.

– Si no puede, mejor quédese en su casa o piénselo bien.

De la joven no se supo nada más, pero es un claro ejemplo de cómo estas mujeres no están preocupadas por la apariencia. “Lo importante es cómo nos vea el Señor”, dice la madre.

Ni siquiera les preocupa qué hay de comer. Si bien confiesan que les gustaría probar el sazón tico con las vocaciones que puedan ingresar en un futuro, la comida la ven como un bien necesario y no como una fuente de placer viciado.

“¿Qué importa qué comemos? Comemos para vivir y tener buena salud. Ciertamente, si se come mal todo el tiempo, no vamos a estar bien”, señala la religiosa, quien bien sabe cuidar el menú nutricional para la salud de sus hermanas. “Dejamos de exigir derechos y ahora somos más libres”, agrega.

Durante los primeros años en Costa Rica, las francesas recibieron donaciones de parte de amigos y vecinos. Actualmente, muchas familias siguen cooperando con ellas. Tal es el caso de unas primas de sor Ana María, que dejan por mes tres empaques con 12 cajas de leche cada uno. El queso lo dona una familia, y don Rodrigo Soto y su esposa van al mercado de Mayoreo cada dos semanas a hacerles las compras de legumbres y verduras.

De vez en cuando, María Lucas, la ecónoma, se pasea por los supermercados de Alajuela haciendo mandados de urgencia. Salir no es un anhelo y son muy pocas las oportunidades. Solo en casos especiales de atención médica abandonan el claustro.

Según María del Redentor, un doctor amigo las frecuenta cada tres meses para valorar a algunas hermanas y hacerles recetas médicas a otras.

Las salidas dependerán de la salud de cada cual. “Quizás algunas no salen en tres años; otras salen cada cuatro o cinco meses”, explica la superiora.

La tarde le pega un flechazo al corazón del día y sangran las nubes con colores carmesí.

“El cielo es como Marte”, dice María del Redentor. “Nadie sabe lo que encontraremos allí. La fe es como Marte también: no puedo saber cómo es, si no la conozco”, reflexiona.

Se muere el día en el atrapado mundo del claustro y la superiora medita en que el amor la espera cuando termine su paso por la Tierra. “La muerte es como un embrión que se forma cuando nos quitamos el hábito de carne”, medita la madre que bien conoce que su destino final será Costa Rica. A todas las cobijará el límpido azul del cielo tico en el rojo planeta de escasas palabras y vastas oraciones.

  • Ellas tienen un solo momento del día para organizar sus labores; esto con el fin de no tener necesidad de hablarse después.

    Ellas tienen un solo momento del día para organizar sus labores; esto con el fin de no tener necesidad de hablarse después.

  • Todo el día, las hermanas combinan los quehaceres cotidianos con los oficios espirituales.Foto: Jose Díaz

    Todo el día, las hermanas combinan los quehaceres cotidianos con los oficios espirituales.Foto: Jose Díaz

  • Solo pueden ser vistas cuando salen a la capilla a rezar. No se permite ingresar al claustro.Foto: Jose Díaz

    Solo pueden ser vistas cuando salen a la capilla a rezar. No se permite ingresar al claustro.Foto: Jose Díaz

Opine sobre este artículo

¿Es usted miembro? Ingrese al sistema

O regístrese utilizando Facebook


No logueado ..

Solo necesita su usuario y contraseña de Facebook.

Correo electrónico:

Contraseña:

 

Olvidó la contraseña ?

Presione aquí para registrarse gratis en nacion.com si aún no lo ha hecho. / Este sitio requiere Cookies