La escalera hacia el progreso

En el sótano del desarrollo del país más feliz del mundo, Alajuelita se cansó de reclamarle al Gobierno central su desamparo y se puso a trabajar para mejorar su calidad de vida.

Alonso Mata Blanco

amata@nacion.com | revistadominical@nacion.com

Publicado el 03 de febrero del 2013

Armada con un machete, arremete con fuerza contra la maleza, deguella la mala hierba y la desecha. Solo así, el pasto podrá crecer sano y adornar el precario en el que habita.

Se llama Rosalía Astúa Cascante y trabaja bajo un sol insolente que le pone los cachetes colorados, y al cual parece estar acostumbrada. Se detiene solo para atender a la prensa, que –a diferencia de “siempre”– llegó a su comunidad para algo distinto a drogas o delincuencia.

– ¿Cuántos años tiene?

–Écheme un cálculo.

– ¿48?

– Ayyyy, no. 56

–¿Casada?

–Solitaria.

– ¿Hace cuánto vive en Alajuelita?

–Dejé a mi marido y me vine del lado de Quepos hace 26 años.

–¿En busca de libertad?

–Bueno, tal vez no tanto la libertad, porque tenía seis hijos a la cola y debía mantenerlos.

–¿Y cómo hizo?

–Fue muy duro en el principio; no sabía leer ni escribir, no sabía hacer nada. Empecé lavando trastos en una soda, eso fue en el 87. Lo que ganaba eran mil pesos por semana para mantenernos siete, pero nunca me faltó nada. Había veces que nos levantábamos y lo que teníamos era agua para tomar, pero siempre llegaba algo a la casa. Y así hemos ido creciendo. Yo no me quedo sentada en la macetera, yo voy de peldaño en peldaño. Así ha sido mi vida, luchándola siempre.

Y con esa frase, Rosalía resumió, sin estar consciente de ello, la esencia de lo que se vive en el cantón que está en el sótano del desarrollo del país más feliz del mundo: “Peldaño a peldaño... luchándola siempre”.

Excluidos, con pocas opciones laborales, limitada oferta educativa, mucha pobreza y cientos de tugurios, los habitantes de esta tierra se cansaron de reclamarle al Gobierno central su desamparo y se pusieron a trabajar en comunidad, en solidaria ambición, para mejorar su calidad de vida.

Si algo está claro es que el norte de los alajueliteños, al menos de la mayoría, no es emigrar del cantón, sino quedarse para mejorarlo, embellecerlo y hacer que suba andamios en el índice de desarrollo cantonal (IDC). En este registro, Alajuelita ocupa hoy la última casilla de los 81 municipios. En ese indicador, presentado por el Programa de Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD) en diciembre, este cantón tuvo un puntaje de 0,596, muy lejos de Santo Domingo, que está en el primer lugar con 0,961.

La carpintería a cargo de construir esa escalera hacia el progreso está compuesta por 25 asociaciones de desarrollo y por el Plan Cantonal de Desarrollo Humano, un proyecto en el que el ayuntamiento y el propio PNUD definieron una serie de estrategias ejecutables en un período de diez años.

Alajuelita no es un caso aislado; es el reflejo de decenas de cantones marginados –estigmatizados e ignorados–, que apuestan a la acción comunal como remedio a la enfermedad de la indiferencia, esa que proclama egoísta: “Si no es conmigo, no me interesa”.

Una muestra

Alajuelita es reflejo de la desigualdad de Tiquicia y de la fuerza comunal que le hace frente.



Rosalía Astúa Cascante viste una camiseta color naranja, al igual que 14 mujeres más y tres hombres. Es su uniforme de guerra, con el que salen a recoger basura, chapear terrenos, reciclar y vigilar que los niños no sean alcanzados por el peligro.

Su objetivo es contribuir a tener un ambiente más sano, devolverle espacios públicos a la gente y lograr que los chiquitos puedan jugar tranquilos.

Ellos integran la brigada de “Manos a la obra”, de la comunidad de García Monge, en el distrito de San Felipe.

Por medio de este proyecto, el Instituto Mixto de Ayuda Social brinda un apoyo económico a las personas en extrema necesidad (los más pobres de los pobres), a cambio de que realicen labores comunales como las citadas. La limpieza de maleza que efectuaba Rosalía, por ejemplo, fue en el jardín del salón comunal.

La iniciativa se extiende por los diferentes barrios de los cinco distritos –San Felipe, San Josecito, La Aurora, San Antonio y Concepción– en los que se dividen los 21,17 kilómetros cuadrados que mide el cantón.

El pago es de ¢100.000 mensuales, para lo cual se deben laborar jornadas de ocho horas, cinco días a la semana.

Bellanira Obregón Aguirre, de 46 años y residente desde hace 17 años en Alajuelita, es la coordinadora del grupo de Tejarcillos, también en el distrito de San Felipe.

Dice que el trabajo los mantiene unidos, les da dignidad y compromiso, que no es lo mismo recibir plata como “ayuda” a que se la den a la gente por contribuir al barrio, por ser útil.

“Vieras qué montón de mujeres jefas de familia hay trabajando, sacando adelante a sus hijos. Los vagos y los que andan en malos pasos son los menos”, dice la madre y abuela, quien lleva un estricto control de los que participan en el programa.

Tierra de excluidos

Para el alcalde Víctor Hugo Chavarría tampoco es cuestión de vagancia, sino de oportunidades restringidas.

“Hace 20 años , había un colegio; ahora hay dos. ¡En 20 años, ganamos un colegio! ¿Sabe cuánto ha crecido la población? No hay lugares dónde trabajar, no hay industria. Los jóvenes no tienen espacio para recrearse ni hacer deporte”, critica, y añade que los servicios de salud son insuficientes, que la cantidad de policías es insuficiente y que el interés del Ejecutivo es insuficiente. También es insuficiente el terreno, pues el cantón vive una crisis habitacional que se traduce en 4.700 familias en condición de precario, es decir, viviendo en tierras invadidas. El dato lo proporciona la Comisión de Vivienda y Lucha contra la Pobreza en Alajuelita (Colupoa), instancia comunal encargada de buscar techo digno y terreno propio para los alajueliteños.

Si multiplicamos ese número por cuatro (presumiendo que en cada familia hay esa cantidad de integrantes), la suma nos da 18.800, lo que representa casi un 14% de los 137.990 habitantes que el Instituto Nacional de Estadística y Censos dice que residen en ese municipio.

Tal crecimiento poblacional desmesurado hizo que el cantón número diez de la provincia de San José, cuyo nacimiento se remonta a 1909, pasara de ser una tierra de tradiciones, folclor y montaña, a una saturada urbe marginal.

De ahí el puntaje negativo en el IDC . La medición mide tres dimensiones relacionados con un nivel de vida digno: salud, bienestar material económico y conocimiento (alfabetización y matrícula). En el primero, el cantón anda muy bien. Su esperanza de vida es envidiable aun en países desarrollados: 79 años. Pero en los otros, la calificación se torna roja y preocupante.

La tasa de matrícula general es de un 48%, lo que quiere decir que la mitad de los niños y jóvenes entre 6 y 17 años, no está en el sistema educativo; mientras que la variable del bienestar material económico ha empeorado cada año desde el 2009: la pobreza y la extrema pobreza son molestos inquilinos del municipio.

Chavarría explica que todo empezó en la década de los 80, cuando se desarrollaron múltiples proyectos de vivienda de interés social en el cantón. Tal acción –critican tanto el alcalde como los diferentes líderes comunales consultados– se hizo sin un planeamiento adecuado, ni un enfoque de largo plazo.

Lo anterior generó una sobredemanda en los servicios y necesidades (tierra, estudio, trabajo), y tuvo como consecuencia el crecimiento de la inseguridad y la estigmatización del cantón y de su gente, por parte de muchos. (Vea nota aparte)

Alajuelita no está encapsulado; el problema no se va a quedar encerrado aquí. Si no tenemos apoyo, si no hay solidaridad, se va a expandir a otros municipios”, advirtió el alcalde del cantón, que colinda al norte con San José, al este con Aserrí y Desamparados, al oeste con Escazú y al sur con Acosta.

Gilda Pacheco Oreamuno, oficial del programa de gobernabilidad del PNUD, destacó que la situación que vive el municipio representa un reto para evitar que se perpetúen las desigualdades entre distintas zonas. “No podemos avanzar en el desarrollo si el progreso no se garantiza de forma igualitaria y equitativa para todos los cantones”, dice, haciendo ilusión a que en algunas comunidades se viva como en Finlandia y en otras, como en las regiones más pobres de Centroamérica.

Tierra de trabajo

Gilda Pacheco destaca la necesidad de trabajar de forma conjunta: Gobierno central, municipio y ciudadanía, para rescatar el barco de la tormenta.

Es por ello que el PNUD, junto con la Alcaldía, desarrollaron un programa de consulta y participación ciudadana para ejecutar un plan de desarrollo. La iniciativa se inició en el 2007 y tiene un plazo de 10 años.

De tal forma, los vecinos definieron las principales necesidades, las acciones prioritarias y las estrategias para llevarlas a cabo.

“La gente tiene dos opciones: echarse a morir o subirse las mangas y trabajar por un cambio”, manifestó Pacheco, quien aplaudió el interés y entrega de los alajueliteños.

Desde ya las asociaciones de desarrollo martillan con fuerza para construir los peldaños de la superación.

El avance se nota cuando una decena de niños invade el parque infantil de la comunidad de García Monge, en Tejarcillos. Juegan en los pasamanos, toboganes y columpios, resguardados por una malla y vigilados por Jenny Castro Acuña, presidenta de la Asociación de Desarrollo comunal.

El área de juego fue obra de este grupo. Costó ¢38 millones, abrió en setiembre y podría ser la envidia de cualquier play ground de restaurante transnacional de hamburguesas.

“Lo que había antes en este lote era un charral, llegaba gente a drogarse y era un peligro. Los chiquitos no tenían dónde jugar, pero ahora, vea qué felices que están; es otro mundo”, cuenta Jenny.

Además, en las próximas semanas, se abrirá una biblioteca en el salón comunal, lugar donde también se dan clases de informática a amas de casa y jefas de hogar, con computadoras compradas en un café Internet.

“Vamos poco a poco, con las uñas, pero para delante”, comenta Jenny sonriente.

Daniel Quesada, presidente de la Unión Cantonal de Asociaciones de Desarrollo de Alajuelita, nos recibió con un vasito de chinchiví para enumerarnos todas las acciones comunales, como la del parque infantil. (Vea nota aparte)

Otras de las obras de los últimos años incluyen proyectos deportivos dirigidos por los exfutbolistas Try y Jewisson Bennett, y de la organización Futbol por la Vida ; así como un centro de terapia física para personas de escasos recursos, remodelaciones en escuelas y la construcción de gimnasios.

Colupoa, por su parte, tiene un proyecto con el que dotará de vivienda a 500 familias que viven en un precario. La construcción se iniciará en el 2014.

Uno de los integrantes de esta organización es Marcelo Ramírez quien, en diciembre pasado, increpó a la presidenta Laura Chinchilla en una actividad del Ejecutivo en el cantón. Él le reclamó la falta de vivienda, la mandataria lo dejó hablando solo y el video se tornó viral en Internet.

Muchos anhelos

Otros alajueliteños han apostado todas las fichas a la inversión. Ese es el caso de Modesto Alpízar, director de la escuela Abraham Lincoln, en el centro del cantón. Con semblante joven y porte moderno, este profe parece calcado de las películas gringas en las que un docente llega a una institución conflictiva y les cambia la vida a todos.

Al exponer sus ideas, parece ser de otro planeta, ajeno al molde de la “pedagogía tradicional”, de incapacidades y huelgas.

Modesto, en alianza con la junta educativa de la institución, ha logrado que la escuela pública parezca privada . Un centro de cómputo, un zoológico de corral –con faisanes y pavos reales– y un consultorio odontológico son parte de los logros. Además, en las próximas semanas se abrirá un moderno centro de idiomas para toda la comunidad.

Modesto confiesa que el proceso amenaza con perderse cuando el niño se gradúa de sexto grado, pues no hay seguimiento en los dos únicos colegios del cantón. La deserción es un obstinado mal (de ahí que la tasa de matrícula global sea del 48%). Muchos alumnos optan, o se ven obligados, a dejar las aulas para ir a trabajar y otros se ven envueltos en vicios y “malas juntas”.

El chinchiví

Es espumoso y muy dulce, suculento, aunque no recomendable para aquellos que se empalagan fácilmente. Así es el chinchiví, la bebida tradicional del cantón de Alajuelita, que se prepara a base de jugo de caña. Carlos Retana Retana, un alajueliteño de cepa, narra que la bebida la trajo un alemán allá por 1800, cuando Alajuelita era pura montaña. El europeo preparaba la bebida en unos barriles y cuando le preguntaban ¿qué era?, él respondía que “ginger beer” (cerveza de jengibre), pero cual si fuera ‘teléfono chocho’ y por derivación fonética, de boca en boca, se rebautizó chinchiví. La receta se guardó celosamente; se la pasaron familias de Alajuelita de generación en generación. Los principales atractivos turísticos de Alajuelita incluyen este bebida, el santuario del Cristo Negro de Esquipulas –segundo en importancia en el país– y el monte de La Cruz.



Para afrontar esto, Alpízar propone la instalación de colegios técnicos y vocacionales, para que el muchacho se gradúe con un oficio, de modo que, una vez egresado, pueda costearse los estudios universitarios.

“Aquí la gente quiere salir adelante, pero tenemos que ayudarles”, manifestó el profe.

Siempre con miras al desarrollo, el municipio ya solicitó ser la sede de los Juegos Nacionales para el 2015, lo que fomentará el deporte y promoverá la inversión en infraestructura.

Otro plan que está a punto de concretarse es la edificación de dos redes de cuido para que las madres trabajadoras puedan dejar a sus niños mientras laboran.

Un plan más ambicioso es la instalación de un teleférico que una el centro de la ciudad con el legendario monte de La Cruz, así como la generación de proyectos turísticos en torno a ese lugar y al santuario nacional del Cristo Negro.

La apuesta es que todas estas nuevas actividades le generen trabajo a los del cantón, abran oportunidades y, a la vez, promuevan que personas ajenas al municipio lo conozcan y se quiten esa idea de que el lugar es feo y peligroso.

Tal vez aún falta mucha escalera para esto, pero la comunidad camina, poco a poco hacia arriba, peldaño a peldaño, luchando siempre.

 

Inseguridad:  un inquilino más

Los retenes de la Fuerza Pública adornan el camino de ingreso a Alajuelita en la cuesta de curvas que se recorre entre San José y el cantón del chinchiví. Las patrullas detienen a  automóviles, sobre todo de marcas Hyundai y Honda, para requisar a sus ocupantes: jóvenes vestido al estilo “chata”.


Para muchos, este municipio es sinónimo de inseguridad, delincuencia y drogas, males que surgen como consecuencia de la desigualdad y la exclusión.


Datos del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) procesados por el equipo de investigación de La Nación, revelan que en los primeros seis meses del año pasado ese cantón registró un total de 70 incidencias entre robos a vehículos, asaltos a viviendas y agresiones.


El análisis arrojó que la tasa de criminalidad en ese período,  fue de 90,2 por cada 100.000 habitantes. La medición no incluye la venta de drogas.


Aunque la cifra parece pequeña, las autoridades explican que muchos de los crímenes son de “baja monta” en áreas específicas. Además, dicen, los delincuentes tienen zonas controladas, por lo cual nunca se formulan las denuncias.


El alcalde Víctor Hugo Chavarría, criticó la falta de policías, pues asegura que se tiene una cantidad inferior a la que se tenía en el año 2000. “¿Cómo es posible que mientras más habitantes hay, tenemos menos policías?”, cuestionó.


Ante tales aseveraciones, Jimmy Cervantes, Jefe de Puesto de la Fuerza Pública de Alajuelita, manifestó que tienen la cantidad suficiente de efectivos, aunque pidió no revelar el número, por razones estratégicas en la lucha contra el hampa.


“Tratamos de  utilizar al máximo los recursos que tenemos; definitivamente se podría mejorar en equipo y en personal, pero hay que estar conscientes de las limitaciones a nivel nacional”, agregó el policía.


Lo más paradójico en el tema de seguridad es que la Asociación de Desarrollo Comunal de Concepción y la Dirección Nacional de Desarrollo Comunal lograron edificar un local nuevo para la Policía en dicho distrito y este cuenta con el visto bueno del Ministerio de Seguridad Pública.

  • Los hermanos Ledezma juegan en el precario Los Pinos. Foto: Adriana Araya

    Los hermanos Ledezma juegan en el precario Los Pinos. Foto: Adriana Araya

  • Tina Sirias hace arroz con leche en el precarios Los Pinos. Foto: Adriana Araya.

    Tina Sirias hace arroz con leche en el precarios Los Pinos. Foto: Adriana Araya.

  • María Rivera y su nieto Gilbert venden chinchiví.  Adriana Araya

    María Rivera y su nieto Gilbert venden chinchiví. Adriana Araya

  • El grupo Manos a la obra, de San Felipe. Foto: Adriana Araya

    El grupo Manos a la obra, de San Felipe. Foto: Adriana Araya

Opine sobre este artículo

¿Es usted miembro? Ingrese al sistema

O regístrese utilizando Facebook


No logueado ..

Solo necesita su usuario y contraseña de Facebook.

Correo electrónico:

Contraseña:

 

Olvidó la contraseña ?

Presione aquí para registrarse gratis en nacion.com si aún no lo ha hecho. / Este sitio requiere Cookies