EDITORIAL

Egipto encara un colapso

Mohamed Mursi ha intentado gobernar con una fachada pluralista, pero ha sido dictatorial en su praxis y sus derroteros

La Primavera Árabe no ha finalizado, y lo que ocurra en Egipto podría significar el final del orden político establecido en ese y otros países

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12:00 a.m. 03/02/2013

La elección de Mohamed Mursi como presidente de Egipto, el año pasado, abrió un torrente de esperanzas reprimidas durante décadas de autoritarismo y ausencia de oportunidades para el progreso de la ciudadanía. Mursi, uno de los líderes de la Hermandad Musulmana, movimiento islamista proscrito a raíz del asesinato del primer ministro Muhamad Nukrashi Pasha, en diciembre de 1948, ha demostrado ineptitud para el ejercicio del poder en una democracia. Pulido en los conciliábulos de un aparato subterráneo, ha intentado gobernar con una fachada pluralista, pero ha sido dictatorial en su praxis y sus derroteros.

Una cascada de pasos desafortunados, como fue el intento de abarrotar la cúpula con figuras islamistas, seguido por el desatino de autorrecetarse facultades omnímodas, colmaron la paciencia de la oposición política. El tránsito abarcó la adopción de una Constitución que impuso de buenas a primeras la Sharia islamista como legislación predominante y exclusiva en Egipto.

En todo caso, el remolino sociopolítico que Mursi alentó desde los inicios de su presidencia le explotó en las manos. Primero fueron manifestaciones conexas al movimiento de protesta de la plaza Tahrir que se trajo abajo la dictadura de Hosni Mubárak hace dos años. Seguidamente, el desborde de Tahrir tomó nuevos bríos a finales del año pasado y logró desenvolverse con autonomía de la política partidista. Las más recientes peticiones del movimiento de la calle comprenden la dimisión de Mursi, la anulación de la Constitución pro islámica, y una limpieza exhaustiva de los órganos configurados por el presidente para escudar su marcha hacia una dictadura islamista.

Mucho del torrente de quejas contra la Presidencia proviene de los intentos de Mursi para depurar la burocracia estatal, los cuadros de seguridad y policía, además de los mandos intermedios del Ejército, consolidados en las tres décadas del riguroso autoritarismo de Mubárak.

Durante la última semana, las protestas han crecido, a pesar de las frustradas acciones represivas de la seguridad estatal. La intensidad de este movimiento, que ha incorporado a ciudadanos de todos los credos y partidos, llegó a un punto en que el jefe del Ejército dictaminó frente a la prensa que Egipto peligraba colapsar.

De la mano con este alarmante curso de acontecimientos, Mursi ha acrecentado su imagen de ineptitud con su conducta inexplicable. Por ejemplo, con bombos y platillos anunció una gira por Europa la semana pasada para obtener el apoyo de Francia, Alemania y Gran Bretaña. Sin embargo, el plan debió restringirse en último momento a Alemania porque Francia y Gran Bretaña se resintieron por recientes declaraciones insultantes de Mursi contra sus gobernantes.

Asimismo, en el Capitolio en Washington se observa un creciente malestar por la conducta extraña de un jefe de Estado que insulta a Estados Unidos al tiempo que le exige cuantiosa ayuda financiera. De igual manera, los organismos financieros multilaterales han debido salir al paso de los erráticos pronunciamientos de Mursi, quien parece, con sus declaraciones, ignorar reglas básicas de la conducta del mandatario de un país que demanda complejos arreglos financieros.

Entanto, la disidencia interna se ha extendido de El Cairo a las ciudades de Suez, Port Said e Ismailía con pérdidas cuantiosas de vidas humanas. Ante este alarmante desarrollo, Mursi ha decretado el uso de medidas extremas previstas en normas de la época de Mubárak.

Con todo, y ante la ausencia de concesiones políticas significativas del régimen, no es dable visualizar un rápido descenso de la violencia. Observadores calificados han apuntado otro desarrollo: la deserción de simpatizantes del oficialismo que se enrumban a la oposición.

La posibilidad de un golpe militar no puede ser descartada. Este desarrollo toma en consideración la distancia creciente entre los partidos políticos de oposición y la dinámica de la calle, divorciada de las tesis y proclamas partidarias.

La dispersión del espectro político perfila tormentas para Mursi y sus aliados musulmanes. La Primavera Árabe no ha finalizado y lo que ocurra en Egipto podría significar el final del orden político establecido en ese y otros países. La forma casi subrepticia en que la Hermandad escaló a la cima en Egipto también ha sido señalada como un alto riesgo en el entorno del Cercano Oriente.

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comentarios

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Juan Montero Aguilar 07:30 3/2/2013

Las revoluciones en Túnez y Egipto tienen rasgos de autenticidad muy diferentes a las revueltas en Siria y Libia. Se puede decir que la revolución en Egipto está aun en proceso. En Libia y Siria son el resultado de un intervencionismo interesado de potencias extranjeras. De todo esto saldrá algo en claro y será determinante al final la posición que adopten ante esos grandes intereses que mueven a la política mundial.

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