En el principio fue Atala (1801), la novela de Chateaubriand, que sentó el precedente de “la noble salvaje” americana hecha personaje literario, convertida en heroína romántica para alimentar los nuevos intereses literarios y culturales de los europeos, que así como tenían en esa época un gran interés por Oriente, también lo ponían en América, con una gran diferencia: mientras que Oriente tenía que ver sobre todo con el pasado, con el origen, América tenía que ver más bien con el futuro, con la Tierra Prometida. Para usar una metáfora de Osama (no de Obama), Atala es la madre de todas las novelas con heroínas indígenas.
María Fernández de Tinoco. Poco más de un siglo después de publicada Atala, en Costa Rica surgía Zulai (con i latina, no con ye, como luego se impuso), y lo hacía de la pluma de María Fernández de Tinoco, una de las primeras escritoras nacionales. Esto fue en 1907, cuando doña María publicó su historia en la revista teosófica local, Virya, con tan buena recepción de lectura y comentarios que continuó con una segunda parte titulada Yontá. Lo hizo como si quisiera llevarle la contraria a don Ricardo Fernández Guardia, que se burlaba de las posibilidades literarias de una india de Pacaca.
El éxito de Zulai llegó, tanto que dos años después, en 1909, la autora la publicó como libro, con una segunda edición diez años después, en 1919 (justo antes de salir al exilio con su esposo, Federico Tinoco), y una tercera en 1945, ya de vuelta al país, con prólogo de García Monge. Zulai es el nombre de nuestra “personaja” indígena, dulce y suave, como una novia, como una madre. La autora escribe una alegoría teosófica con base indígena americana, con elementos de la arqueología incipiente de la época, que tanto le interesó, y sobre la que escribió algunos textos con pretensión científica, como Apreciación sobre un motivo indígena en lítica deCosta Rica precolombina o también Chira, la olvidada cuna de aguerridas tribus precolombinas, texto en el que narra una expedición a esa isla del golfo de Nicoya, en 1935, que combinaba aventura y arqueología, y en la que iba también Max Jiménez, a quien llama “el caballeroso poeta”. Dos artistas ricos, doña Mimita y Max, interesados en el alma indígena nacional y que, cada uno a su manera, llevó a su arte, una en clave de modernismo teosófico, el otro en clave vanguardista.
El indigenismo místico de doña María reencarnó en otra novela: Arausi (Editorial Gutenberg, San José, 1929), de Diego Povedano, quien también combinó historia, arqueología, ficción indigenista y teosofía, centrado en el personaje femenino del título, que es delicada, bella, sabia' y guetar. El libro viene con ilustraciones hechas por el pintor de origen español Tomás Povedano, padre del autor. También Zulai estaba ilustrada con dibujos suyos. Pese a sus altibajos de recepción y valoración, Zulai es una novela que se ha mantenido en la memoria literaria, incluso con una edición de la EUNED de no hace muchos años, a diferencia de lo que pasó con Arausi, que desapareció del mapa narrativo nacional.
Yo, que la conocía por las referencias de Abelardo Bonilla en su Historia de la literaturacostarricense, tuve la fortuna de encontrar un ejemplar empastado en una librería de viejo en Madrid, que conservo como un tesoro bibliográfico: Arausi. Novelahistórica referente a los indios guetares de Costa Rica y a los mayas del Yucatán, México. Tiene una carta-prólogo del poeta Rogelio Sotela, quien, entre otras cosas, dice alabar “las descripciones de los ritos y costumbres de las razas que poblaron estas secciones de América. En todo se ve su amor por estas cosas y se le estima más a usted al ver su afán de ennoblecer y ser justiciero con esos indios, tan poco comprendidos por los que se hacen llamar hombres de esta civilización”.
La rueda literaria siguió dando vueltas, pasaron las décadas, y, ahora, en un nuevo siglo, en otro contexto, con otras preocupaciones, reaparece la indígena de papel en la última novela de Dorelia Barahona, Ver Barcelona (Uruk, 2012), solo que ya no se indigenizan sus nombres, como pasaba con Zulai y Arausi, sino que se actualizan con otras influencias: el turismo, el narcotráfico, la política nacional e internacional. La nueva indígena se llama Forever, (por/para) siempre en inglés, señal de los tiempos que corren. Ya no sufre sus desgracias en la selva propia, sino en una ciudad ajena, Barcelona, adonde llega por medio de las mafias de tráfico humano, no importa si es para prostitución, mercado de órganos o servicios domésticos, como es su caso. Tras perder a su hija por robo, retorna a Talamanca. Mientras tanto, la niña, Soledad, crecerá catalana de cultura y bribri de apariencia, y en la búsqueda de su identidad viaja al centro del laberinto verde de su historia, adonde la aguarda su madre Forever. Atrás quedó la ingenuidad histórica y psicológica de sus antecesoras literarias, aunque siga colándose algo de idealización del mundo indígena. La ilusión del “buen salvaje” de Rousseau sigue vigente, aunque atemperada.
Novela memorable. Lo que empieza como una historia más bien intimista, poco a poco se abre a otras direcciones, crecen sus ramificaciones, como los colores y figuras en las pinturas de Gloria, la madre adoptiva de Soledad, con alusiones políticas, sociales, ecológicas, artísticas (las referencias a la pintura), lo cual conforma un tejido narrativo notable, que viene a confirmar la calidad del trabajo literario de Dorelia desde su novela inicial De qué manera te olvido (1990). Mucha agua, muchos textos suyos han pasado desde entonces bajo el puente de su pluma, y ahora nos llega esta novela memorable y entretenida.