África del norte encara el lado oscuro de la primavera árabe

Región se está tiñendo de peligrosa inestabilidad, similar a la de Siria

Crisis en Malí podría propagarse y contagiar a sus países vecinos

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Robert F. Worth The New York Times@nacion.com 12:00 a.m. 03/02/2013

Washington. Cuando quedó rodeado por el levantamiento, el dictador libio Muammar Gadafi advirtió que si caía habría caos y una guerra santa en el norte de África. “La gente de Osama Bin Laden vendría a imponer rescates por tierra y mar”, dijo a reporteros. “Regresaríamos a los tiempos de Barbarroja, de los piratas, de los otomanos que imponían rescates a los barcos”.

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Recientemente, esa desquiciada profecía ha adquirido una triste vigencia. Este mes, llegaron paracaidistas franceses a Malí para combatir el avance de una fuerza yihadista que ya controla una zona del doble del tamaño de Alemania. En Argelia, un bandido tuerto e islamista organizó una toma de rehenes en un complejo internacional gasífero, incluidos más de 40 estadounidenses y europeos.

Al producirse apenas cuatro meses después del asesinato de un embajador estadounidense a manos de yihadistas en Libia , esos ataques han contribuido a generar una sensación de que el norte de África –de tiempo atrás un lugar remoto de al-Qaeda–, se está convirtiendo en otra zona de peligrosa inestabilidad, muy parecida a Siria, donde hay una guerra civil cada vez más sangrienta.

El caos en esta vasta región desértica tiene muchas raíces, pero también es un recordatorio aleccionador de que el derrocamiento eufórico de dictadores en Libia, Túnez y Egipto ha tenido un precio.

“Es uno de los aspectos más oscuros de los levantamientos árabes”, señaló Robert Malley, director para Oriente Próximo y el norte de África del Grupo Internacional de Crisis. “Es posible que su naturaleza pacífica haya dañado ideológicamente a al-Qaeda y sus aliados, pero logísticamente, en términos de la nueva porosidad de las fronteras, la expansión de zonas sin gobierno, la proliferación de armas, la desorganización de la policía y los servicios de seguridad en todos estos países, ha sido una verdadera bendición para los yihadistas”.

No es factible que termine pronto la crisis en Malí pues los extremistas se están acomodando entre los lugareños y están cavando fortificaciones. También podría poner a prueba al nuevo y frágil gobierno de Libia y sus vecinos, en una región donde cualquier intervención militar occidental revive amargos recuerdos coloniales y les da un reclamo unificador a los islamistas.

Aun cuando funcionarios del gobierno de Obama prometían perseguir a quienes tomaron a los rehenes en Argelia, enfrentaban el reto agregado de un panorama yihadista desalentadoramente complejo en todo el norte de África, que desmiente la etiqueta fácil de “al-Qaeda”, con múltiples facciones que operan entre los grupos étnicos, clanes y redes criminales que se traslapan.

¿Incomprensión? Los esfuerzos por identificar y castigar a los responsables del ataque en Bengasi, donde asesinaron al embajador J. Christopher en setiembre, se han empantanado en medio de una confusión similar.

El panel revisor independiente que investiga el ataque en Bengasi culpó a los organismos estadounidenses de espionaje por no haber comprendido a las “muchas milicias que se disuelven, se separan y se reforman constantemente” en la región.

Aunque ha habido indicios de alianzas transfronterizas entre extremistas, pareciera que tales vínculos son fugaces; además, es frecuente que a sus blancos los dicte la oportunidad, como parece haber sido en los casos de Bengasi y la gasera de Argelia.

En el más largo plazo, el gobierno de Obama y muchos analistas están divididos sobre el tipo de amenaza que presenta la explosión del extremismo islamista en todo el norte de África para Estados Unidos. Algunos han llamado a este país a tener un papel más activo y hacen notar que la toma de rehenes en Argelia demuestra cuán difícil puede ser evitar involucrarse.

Otros advierten contra una respuesta demasiado potente.

El efecto Gadafi. En cierto sentido, tanto la crisis de los rehenes en Argelia como la violenta batalla en Malí son consecuencias de la caída de Gadafi en 2011. Al igual que otros hombres fuertes en la región, Gadafi había mantenido a raya a las diversas facciones étnicas y tribales, en su mayor parte, suprimiéndolas brutalmente o cooptándolas para luchar por su gobierno. Actuó como tapadera, manteniendo reprimidos a los elementos inestables.

Una vez que se quitó la tapa y que las fronteras reforzadas por gobiernos poderosos se volvieron más porosas, hubo mayor libertad para que diversos organismos –rebeldes, yihadista o delictivos– se unieran e hicieran causa común.

Por ejemplo, en Malí, están los tuaregs, un pueblo nómada, étnicamente distinto tanto de los árabes, que forman a los países del norte, como de los africanos que habitan al sur del país y controlan al gobierno nacional. Pelearon por Gadafi en Libia, luego cruzaron de vuelta la frontera después de que cayó, se juntaron con bandas de islamistas para formar un fuerza combatiente muchísimo más formidable. Trajeron con ellos armamento pesado y una nueva determinación para derrocar al Gobierno malí, al cual combatieron en forma intermitente durante décadas en una lucha por mayor autonomía.

Hasta el ataque contra el complejo gasífero en Argelia –el cual sucedió cerca de la frontera libia, y es posible que hayan participado extremistas libios– refleja el caos que ha prevalecido en Libia en los dos últimos años.

No obstante, la caída de Gadafi fue solo el punto crítico, dicen algunos analistas, en una región donde el caos ha ido en aumento durante años, y los hombres que luchan con la bandera de la yihad han acumulado reservas enormes de dinero con el contrabando y otras actividades delictivas.

Si la retórica de los extremistas islámicos que hoy combaten en todo el norte de África se trata de la guerra santa, la realidad con frecuencia se acerca más a una batalla entre gánsteres que compiten en una región donde la autoridad gubernamental ha sido desde hace mucho débil.

Sobresalen dos nombres entre esos personajes: Mojtar Belmojtar, el caudillo que dirigió el ataque contra la gasera argelina, y Abdelamid Abu Zeid, dirigente de la rama norafricana de al-Qaeda.

“La fuerza motriz detrás del yihadismo en la región del Sahara es la competencia entre Abu Zeid y Belmojtar”, dijo Jean Pierre Filiu, analista especializado en Oriente Próximo en el Institut d’Etudes Politiques en París.

Belmojtar ha generado millones de dólares para el grupo de al-Qaeda mediante el secuestro de occidentales y el contrabando de tabaco, por lo que lo apodaron Señor Marlboro. Sin embargo, a Belmojtar le enoja la autoridad, por lo que su rival lo obligó a abandonar la organización, añadió Filiu.

“Ahora, Belmojtar respondió organizando el ataque contra la planta de gas en Argelia, y fue una especie de golpe maestro en el que demostró su capacidad”, explicó.

Ambos hombres son argelinos, un semillero de extremismo islámico. Al-Qaeda en el Magreb Islámico, como se conoce a la rama regional, se originó con islamistas argelinos que pelearon contra su gobierno durante el sangriento conflicto civil en los 1990 en ese país.

Francia y otros países occidentales ven ahora al gobierno autoritario de Argelia como un intermediario muy importante para tratar con los extremistas islamistas en el norte de África; sin embargo, los argelinos han mostrado renuencia a involucrarse demasiado en una amplia campaña militar que podría ser muy arriesgada para ellos.

La acción internacional contra la toma del poder por parte de los islamistas en el norte de Malí podría hacer retroceder a los extremistas al sur de Argelia, donde empezaron. Eso anularía años de una lucha sangrienta por parte de las fuerzas militares de Argelia, que en gran medida lograron sacar a los yihadistas de sus fronteras.

Los argelinos también tienen poca paciencia ante lo que ven como ingenuidad occidental en cuanto a la primavera árabe, dicen analistas.

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