Literatura

Las otras páginas de Julieta Dobles

Julieta Dobles Tanto su escritura como su lectura están marcadas por una búsqueda del sentido de la vida

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Melissa Hernández Sánchez mhdezsa@gmail.com 12:00 a.m. 03/02/2013

Al ruido de una llave al otro lado de la cerradura sigue la sonrisa de Julieta Dobles. “¡Buenas!”, dice y acaba con la pesadez de esta tarde nublada de enero: “Tenemos la palabra, / como decir, los mundos” expresa uno de sus poemas, Falacia patética. Existen mujeres dignas de admirar, y Julieta Dobles es una de ellas: por una prolífica carrera literaria –que le ha valido el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en cinco ocasiones, y un accesit del Premio Adonais–, y también por una vida entregada a la enseñanza de la poesía y otros juegos con el lenguaje.

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Julieta Dobles Izaguirre nació en San Pedro de Montes de Oca en 1943, estudió Biología en la Universidad de Costa Rica y Literatura Hispanoamericana en la Universidad del Estado de Nueva York. Fue coordinadora del Taller Literario del Círculo de Poetas Costarricenses y una de las personas que escribieron el Manifiesto trascendentalista en 1977.

Su vida se ha trazado en varios paisajes, como los de Israel y los Estados Unidos; pero el eje al que siempre regresa es San José. Reside en Curridabat, donde se dedica a escribir, enseñar y disfrutar de su familia.

Cual centinelas de las memorias de su habitante, dos libreros de madera reciben a quienes visitan el domicilio de Julieta Dobles. El primero es de roble y perteneció a su abuela; en él guarda diccionarios, la Enciclopedia de las maravillas, de Laureano Albán, y libros infantiles que lee a sus nietos.

El segundo estante atesora los libros que la poetisa rescató del deterioro: “En la casa donde vivía antes, tenía muchos libros que se llenaban de polillas, así que los doné a bibliotecas; ahora tengo muy pocos libros”, advierte Julieta.

El día en que descubrió la Antología poética de León Felipe infestada de gusanos, decidió que otras personas debían disfrutar de sus libros: “Ya los había leído, algunos varias veces, y probablemente ya no iba a tener tiempo para releer porque hay otros que llegan”, cuenta la escritora.

Infancia plena de poesía. “Siempre fui una ‘ratita de biblioteca’; leía todo lo que me caía”, comenta la escritora, quien aprendió a leer a los cinco años bajo la enseñanza de su madre, Ángela Izaguirre, maestra. Ángela quiso aplacar así la insaciable curiosidad de su hija mayor por conocer historias y canciones.

“Ella me compró el silabario de Emma Gamboa, y Paco y Lola, que hacía poco había salido y era una revolución”, explica.

La poesía llegó a su vida a la misma edad pues a los cinco años se aprendió el poema Cultivo una rosa blanca, de Versos sencillos, de José Martí. “Uno se engolosina con las palabras; por esto a nadie le pareció raro que a los ocho años escribiese mi primer poema”, relata.

Su mirada parece declamar los versos de su poema Ronda del niño interior: “Y esa porción de niño que aún ríe /desde estos, nuestros años plenarios, la que nos da la cumbre, o el delirio / del poema inacabado”.

El resto de su infancia y su juventud giró alrededor de la literatura: “Gracias a mi madre, yo vivía en un mundo de poesía cuando era pequeña”, añade sonriendo, y enumera las publicaciones que fueron parte de sus primeros años: las revistas Billiken y las de la Colección Marujita, y libros de Julio Verne. Poco después llegaron a sus manos novelas juveniles, como las de la editorial española Molino y los seis volúmenes de la serie francesa Christine.

Otras de sus querencias fueron los autores del Siglo do Oro, a quienes conoció en el colegio gracias a Estrella Cartín de Guier: “Era una profesora excelente; nos declamaba poemas de Garcilaso y Quevedo: ¡una belleza! Me aprendí de memoria el monólogo de Segismundo, por ejemplo”, manifiesta Dobles.

Llegado este punto de la historia, la Julieta Dobles del Círculo de Poetas Costarricenses toca la puerta. ¿Qué leía en esos años? Ella comenta que entró a formar parte del taller en 1963, cuando ingresó en la Universidad de Costa Rica. Su poesía brotó inspirada en versos vanguardistas, como los de Miguel Hernández, Pedro Salinas, Rafael Alberti y García Lorca.

Una vista rápida a su librero permite comprobar que los versos de la española Generación del 27 siguen siendo aquí de cabecera. También tiene lugar lo que Julieta Dobles llama “la huella de su madre”; es decir, los modernistas Rubén Darío y José Martí. Otro de sus autores es Pablo Neruda. Dobles cuenta que en su último viaje a Chile fue a hacer “peregrinación” por las tres casas del autor de Estravagario.

A lo largo de los años, Julieta Dobles incorporó a su obra las lecturas de creadoras como Juana Ibarbourou, Alfonsina Storni y Delmira Agustini: “Fueron las primeras poetas que se manifestaron como ellas mismas, no como las románticas que debían imitar moldes masculinos”, relata Julieta.

La búsqueda de sentido. Ante su larga trayectoria en las letras, con más de 12 títulos publicados, una pregunta es ineludible: ¿Qué piensa de la poesía luego de una vida entrega a su creación? Julieta Dobles lo resume de la siguiente manera: “La poesía trabaja con lo esencial de la lengua. No me gustan los juegos mentales que dicen que son poesía y nadie entiende”.

Esta opinión se compagina con lo que confiesa cuando se le pregunta por la prosa. Piensa que las novelas “a veces tienen demasiadas palabras”; por esto se siente más a gusto leyendo cuentos: “Al igual que un poema, en poco tiempo se deben decir cosas sustanciales”, describe Dobles, quien se confiesa seguidora de los cuentos de Julio Cortázar.

Su apertura a la prosa es evidente: ahora escribe un libro que llamará Cuentos para sentirse bien. La razón del título surge de una filosofía de vida: “Hay muchos libros que nos deprimen y cuentan lo peor del ser humano; entonces, las pasiones más hermosas quedan relegadas. Si yo empiezo un libro y veo que es deprimente, no desperdicio mi tiempo ni mi vista”, añade.

Dobles prefiere “no decir nombres” de los autores que tratan lo que rechaza en la literatura: “El suyo es un mundo sin esperanza, y no se dan cuenta de que la vida es un don y estamos aquí para cumplir algo”. Esta búsqueda de sentido está presente en el libro que acaba de concluir por décima vez: El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl; también se evidencia en los versos de su Concierto de vida y muerte: “Abrid más la ventana, / quiero vibrar, contagiada de mundo, / sensible de belleza hasta el dolor”.

Julieta Dobles nos ofrece una biblioteca pequeña pero heterogénea, donde los prejuicios no tienen lugar. ¿Qué piensa de la literatura light? Levanta la mano y, enumerando con los dedos, explica: “De un libro quiero que me enseñe, me transporte, me divierta o que me haga reflexionar. Si no tiene ninguna de esas cuatro cosas, no me interesa. Si un libro profundiza un poco en la vida y en los sentimientos, es para mí”.

¿Qué libros han profundizado así para que merezcan ser releídos? “Los autores favoritos varían según lo que uno vaya necesitando”, asegura; sin embargo, siempre regresa a las novelas de Ángeles Mastretta; a Asalto al paraíso, de Tatiana Lobo, y a las obras de sus compañeros del Círculo de Poetas: Jorge Debravo, Laureano Albán, Ronald Bonilla y Carlos Francisco Monge.

Más allá de sus dos libreros, las múltiples historias que se tejen en torno a sus lecturas revelan que para Julieta Dobles existe una inmensa biblioteca: la memoria, cuyas repisas están colmadas de recuerdos.

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