Víctor Hurtado Oviedo
“Llamé Fata Morgana a la exposición porque contiene obras que insinúan espejismos”, dice Joaquín R. del Paso cruzando el aire de un salón luminoso, como pintado de verano. Habría que añadir: Fata Morgana (Hada Morgana) fue una hechicera y hermana del rey Arturo. Su engañoso recuerdo pasó a nominar una ilusión óptica que “pinta” castillos y barcos falsos sobre un mar. Parece que podemos llegar a ellos, pero es en vano.
Esa inquietante sensación de cambios y los abusos del poder político se suman para inspirar la exhibición que Del Paso ha abierto en la Galería Des Pacio, exposición distribuida en tres ambientes. En la primera sala se exhibe un video; en la segunda se reúnen ocho pinturas; la tercera es un cuarto que incluye una instalación.
“Una idea que da unidad a esta exposición es la del poder: quién lo ejerce y sobre quiénes. Por ejemplo, Costa Rica y toda Centroamérica giran como satélites en torno de los Estados Unidos. Nosotros les hemos asimilado desde el lenguaje hasta los malls”, opina el pintor.
El video se llama Birds en recuerdo de un dicho inglés: “Birds of a feather flock together” (“Pájaros de plumas iguales se reúnen en bandadas”, o más hispanamente: “Dios los cría y ellos se juntan”).
El video es una animación continua: rostros de expresidentes norteamericanos y de exdictadores de Hispanoamérica se transfiguran en caras de animales y monstruos.
La técnica del paso continuo de un rostro (de hombre) a uno distinto (de lobo) se llama “morphing”. Para el pintor, tales metamorfosis denotan “relaciones entre los poderosos y sus marionetas, y todas son caras de un mismo ser”.
Cerca, la instalación habita en un cuarto pintado de rojo. Del techo penden jarrones chinos invertidos, de porcelana, blancos y con dibujos en azul cobalto. Actúan como lámparas que irradian círculos sobre el piso, en el que hay otros círculos formados por cúmulos de sal.
“La sal tuvo un papel muy importante en el comercio, pero ya no: todo cambia. Nuestras relaciones con los Estados Unidos son ambiguas, e ignoramos cómo serán las que mantendremos con China. Arriba, los jarrones están invertidos: alusión a las diferencias de valores que hay entre los países. Toda instalación debe ser una metáfora visual, pero nunca obvia; ha de transmitir las ideas del artista, pero debe también dar motivos para que el espectador construya su propia interpretación: en esta apertura, las instalaciones se parecen a la poesía”, explica Del Paso.
Caras vemos. Los cuadros presentados se exhiben por primera vez. Del Paso no ofrecía una exposición en Costa Rica desde hacía seis años: “Sufrí una enfermedad”, precisa, y esta anotación es importante. A fines del 2007 se le manifestó un cáncer de lengua que le trastocó la vida. Joaquín se sometió a una operación y a un devastador tratamiento de rayos X que le robó la vitalidad física y la paz espiritual, y le impidió pintar durante mucho tiempo.
“Sentí que me deshacía, que me derretía”, recuerda el pintor, y este sentimiento de disolución se ha transmitido a los cuadros que ahora exhibe: rostros que se derriten como una cera; hamburguesas tentadoras que se tornan amenazas; una botella de bebida gaseosa que se enferma de algo; un billete de papel que se muta en cera fundida...
“En el 2011, cuando me recuperaba, leí el libro Modernidad líquida, del sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Él afirma que vivimos en sociedades cuyas estructuras se deshacen: en Europa y en Costa Rica, el Estado de bienestar se desmonta, la inseguridad nos amenaza, los partidos desaparecen o cambian de identidad, los inmigrantes no son nadie...”, sostiene Del Paso.
“Encontré una coincidencia entre mi desgaste personal y la disolución de los tejidos sociales. Sentí una metamorfosis similar; temí a la muerte, y más tarde me puse a pintar muchísimo. Si no hubiese sufrido el cáncer, no habría pintado estos cuadros”, añade.
En las pinturas exhibidas, la gente y las cosas se disuelven y pierden el maquillaje, pero el verdadero rostro no aparece tras el falso: el verdadero era y es la deformación de la cara y de las siluetas.
Irónicamente, Del Paso toma rasgos del pop art para devolvérselos: no coloridos ni alegres, sino inciertos y deformes.
Objetos fundidos. En One dollar, Mike nos mira el retrato de un amigo del artista, un veterano de Vietnam que le contó oscuras tragedias de las batallas. “La pintura fue idea de Mike”, afirma Joaquín.
El norteamericano también enfermó de cáncer, y su rostro está a la par de un dólar soluble, “símbolo del poder que lo envió a la guerra y que le fragmentó la vida”, interpreta Joaquín R. del Paso.
Desde otra pared nos invade Fat, una enorme hamburguesa que, para el artista, “es una forma de naturaleza muerta”. Casi pop art, este óleo parodia el arte visual publicitario. “La publicidad es una especie de hipnosis que nos empuja al consumo, y yo tampoco me salvo”, confiesa el pintor.
En el óleo Baby, you can drive my car (título de una canción de los Beatles) se estaciona diluyéndose la imagen del automóvil en el que asesinaron a John F. Kennedy. A la par se ve a su viuda, Jacqueline, en un retrato hecho a partir de una fotografía tomada poco antes del crimen: un rostro de premonición y amargura.
Tensoflex es el nombre de unos bastidores decorativos donde una tela se tensa, y también nomina un tríptico de helados, fría tentación. “El significado depende de cada espectador”, bromea Joaquín.
En otro cuadro (Cheap meat), la “carne barata” es una hamburguesa junto al rostro deformado del exgobernante panameño Manuel Antonio Noriega, mandón desechado como la misma comida rápida, en opinión del artista.
El título Yes, Coca Cola y good bye recuerda las únicas palabras inglesas que sabía un tío del pintor. Aquí, el rostro de “Tacho” Somoza Debayle y una botella comparten otra vez el síntoma de la disolución. Somoza se agazapa en un color grisáceo, mezcla equivalente a la tinta con la que se imprimen los dólares.
Buen año. Joaquín R. del Paso es un artista intelectual en dos sentidos: culto, fluente de ideas definidas, y también creador que reflexiona mucho antes de emprender una instalación o un cuadro.
Él describe: “No improviso sobre la tela. Primero defino la composición de un cuadro mediante fotografías de revistas, o empleo una computadora en la que hago variantes. Luego pinto la composición final con trazos gruesos, al modo de los impresionistas”.
“Yo creo en el golpe de vista. Una obra de arte nos conmueve o no: esto es lo importante; luego podremos analizarla”, sostiene.
Del Paso admira a Teodorico Quirós: “Un pintor-pintor”; entre los jóvenes, a Adrián Arguedas: “He aprendido mucho de él: el soltarme con el color, con la mancha. Hay que aflojar amarras”, dice. “He tratado también de seguir la fiesta del color del que Federico Herrero es un maestro”, agrega.
Del Paso estudió cerámica en la UCR. Más tarde partió a Nueva York, al Instituto Pratt, donde cursó un posgrado en diseño industrial. Ha expuesto en muchos países, andarín del mapamundi. Joaquín vive el día con optimismo, recuperando la energía perdida.
El 2013 será un año movido para este artista. Ahora se exponen también siete óleos suyos admirables y de gran formato en el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo. El creador llevará la instalación exhibida en Des Pacio a la Bienal del Sur, de Panamá, en abril.
Una galería rusa instalada en Londres lo ha invitado para que exponga en abril. Asimismo, exhibirá obras en Los Ángeles. Sí, para Joaquín, este será un buen año: pensando y pintando. El sentido de su crítica acompaña bien a su optimismo.