“Yo estoy contento de que ‘haigan’ arreglado el puente, pero mejor le hubieran puesto horcones, una solera y un techito para darle realce a la tradición. Con ese arco que le construyeron a la entrada para que no pasen los camiones, se pasearon en el puente”.
Sencillo, sincero, ataviado con un sombrero enorme y un machete colgando de su cintura, don Guicho Pizarro compartió su opinión sobre los trabajos de restauración en el Puente Real de Liberia.
Este boyero liberiano se aventuró incluso a dar algunas sugerencias para recuperar el puente por el que ha pasado cientos de veces en sus 64 años de vida. “Para el tabloncillo, la madera más recomendable es el níspero, y de dos pulgadas, porque es muy resistente. Hay que pensar que este puente ya se hizo pequeño para el montón de gente que pasa por aquí”.
Desde 1907 y con solo 50 metros de longitud, el Puente Real que cruza el río Liberia de norte a sur ha sido una vía de comunicación fundamental entre el centro histórico del cantón y las comunidades ubicadas al sur. Durante 106 años sus tablas de madera y su estructura de acero han soportado el paso de carretas haladas por bueyes, primero, y posteriormente por automóviles, camiones de carga, bicicletas, motos y peatones. Tráfico abundante, un clima muchas veces despiadado, el desgaste natural causado por la edad y los sismos frente a un mantenimiento raquítico fueron la fórmula que amenazó de muerte a este centenario de metal.
“Mi padre era un líder comunal muy activo que luchó por conservar este puente. Cada vez que se dañaba, él movía a todo el mundo para repararlo”, narró doña Ana María Castro, quien vive en una casa diagonal al puente. Ella afirma que, desde hace muchos años, al puente prácticamente lo fueron dejando morir. “Cuando mi papá se fue de Liberia en los ochenta, se descuidó mucho el puente hasta que quedó inservible: las tablas estaban podridas, las vigas que lo sostienen, despedazadas. Era un peligro”.
A pesar de que el puente es como un vecino más, y muy querido, su conservación o su demolición fue un punto de discordia entre varios sectores. En el mismo ring mostraron sus puños la Municipalidad de Liberia, el Centro de Patrimonio del Ministerio de Cultura, la Asociación para la Cultura de Liberia y los vecinos de barrios como el Peloncito, San Miguel, Santa Lucía y Daniel Oduber. “Creo que el principal problema fue la desinformación, pues los vecinos lo que querían era un puente en buenas condiciones y, al ver que ni la Municipalidad ni nadie hacía nada para resolver el problema, se sintieron desesperanzados”, declaró Nuria Castro, de la Asociación para la Cultura de Liberia.
Por su parte, doña Ana María confesó que ella y muchos de sus vecinos vieron con buenos ojos la idea de demoler el viejo puente para construir uno nuevo con doble vía, una propuesta defendida desde la Municipalidad, según consta en varias publicaciones de La Nación.
La declaratoria de patrimonio histórico-arquitectónico, en octubre del 2011, fue la que salvó, por ley, al puente de ser demolido. Tras una inversión de ¢120 millones, el Centro de Patrimonio logró “resucitar” la moribunda estructura y ahora puede ser usada sin ningún peligro por vehículos y peatones.
El arquitecto Gustavo Morera, del Centro de Patrimonio, y el ingeniero Julián Trejos, de la empresa Miguel Cruz y Asociados, explicaron que el trabajo más importante que se le hizo al puente fue un reforzamiento estructural.
El arco que no le gustó a don Guicho es una estructura de concreto nueva que se construyó para controlar el ingreso de vehículos pesados. “Con eso nos aseguramos de que ningún automotor que exceda ese peso va a transitar por el puente”, declaró Morera.