“Estoy convencido de que nos encontramos ahora en un punto de viraje en la filosofía y que estamos justificados objetivamente para considerar que ha llegado el final de los inútiles conflictos entre sistemas [']. No hay, pues, otras prueba y confirmación de las verdades que no sean la observación y la ciencia empírica. [']. No hay, además de esto, ningún dominio de las verdades ‘filosóficas’. ['] Pronto ya no será necesario hablar de ‘problemas filosóficos’ porque se hablará filosóficamente sobre todos los problemas; es decir, con claridad y con sentido”. Estas optimistas palabras las escribió el filósofo de la ciencia y fundador del Círculo de Viena, Moritz Schlick, en su El viraje de la filosofía.
Primeros años. Friedrich Albert Moritz Schlick nació el 14 de abril de 1882 en Berlín, Alemania. Provenía de una familia con amplios recursos económicos y estudió física en la Universidad de Berlín. Se instruyó en las teorías físico-matemáticas más modernas de su tiempo, y en 1904 presentó su tesis doctoral ante Planck. Esta investigación se intituló La reflexión de la luz en un medio no homogéneo. Además, estudió y analizó filosóficamente la teoría de la relatividad de Albert Einstein..
En 1922, Schlick fue nombrado en un novedoso puesto de la Universidad de Viena: la cátedra de filosofía de las ciencias inductivas. El gran físico Ernst Mach fue el fundador de la cátedra, y los también físicos L. Boltzman y A Stöhr lo sucedieron. Desde ese momento y hasta su muerte, el futuro líder del Círculo de Viena se dedicó a la actividad docente en esta universidad.
Schlick continuó la larga tradición en epistemología empirista que se había desarrollado en la cátedra. Además, se interesó en la teoría ética de corte hedonista, tema sobre el que escribió varios libros. Moritz Schlick poseía un gran conocimiento en filosofía. Pronto se le acercaron muchos pensadores con inclinaciones filosóficas similares. Estos estudiosos provenían de áreas intelectuales variopintas.
Ese grupo lo conformaron el sociólogo Otto Neurath, el físico Herbert Feigl, el filósofo Rudolf Carnap, el matemático Hans Hahn, el historiador Viktor Kraft y el prominente estudiante de filosofía Friedrich Waissman. Asimismo, el grupo mantuvo intercambio intelectual con H. Reinchenbach, K. R. Popper, K. Gödell y W. V. Quine, entre otros grandes filósofos de la ciencia y de la lógica-matemática.
En 1924, Waissmann y Schlick entraron en contacto con Ludwig Wittgenstein. Este encuentro fue de gran importancia para Schlick pues se consideraba profundamente influido por la obra Tractatus Logico-Philosophicus, de Wittgenstein.
Durante esos años, el Círculo de Viena realizó sus famosas reuniones de los jueves en la noche en un instituto cercano a la universidad. En su libro Parte de mi vida, el filósofo inglés A. J. Ayer cuenta que a un extremo de la mesa se sentaba Neurath; al otro, Schlick, y en el centro Carnap. El resto de los invitados se situaban en posiciones varias. Estos encuentros se extendieron por casi una década, y gracias a ellos se construyó toda una nueva corriente filosófica: el empirismo lógico.
La concepción científica del mundo. El grupo se consideró legatario del empirismo inglés clásico, de la Ilustración y de todos aquellos movimientos filosóficos que intentan estudiar la naturaleza terrenal (“el aquí y ahora”). En cambio, sus miembros estaban opuestos al pensamiento teologizante y dogmático que veían avanzar por el mundo germanohablante.
Por otro lado, afirmaron que dos eran los determinantes principales de su concepción: una visión empírica del conocimiento, y el uso del análisis lógico, desarrollado por Russell, Whitehead y Wittgenstein durante las primeras dos décadas del siglo XX.
Así, para el Círculo, la filosofía era más una actividad que un producto. Se intentaba descomponer lógicamente a las teorías científicas o filosóficas. Mediante este análisis se buscaba detectar pseudoproblemas y conceptos sin-sentido. Con esta navaja intelectual en sus mentes, el Círculo de Viena emprendió una crítica implacable contra multitud de corrientes germanas de pensamiento.
Las principales tesis del idealismo neokantiano y hegeliano y de la filosofía de Martin Heiddeger fueron analizadas y desechadas como metafísica carente de sentido. Para difundir sus ideas, utilizaron la revista de Schlick llamada Erkenntnis (Conocimiento).
En 1929, Schlick partió a la Universidad de Stanford (California) como profesor invitado. Al volver fue recibido por un manifiesto escrito por Carnap, Hahn y Neurath.
Ese texto se intituló La concepción científica del mundo: El Círculo de Viena y fue dedicado a Schlick “en señal de agradecimiento y de alegría por su permanencia en Viena”. Durante los años siguientes, el Círculo realizó varios congresos internacionales en asociación con otros grupos de filósofos y científicos, en busca de concretar su gran programa de “ciencia unificada”.
Sin embargo, los tiempos se complicaron para el mundo germano. La república democrática fracasó y fue sustituida por el autoritarismo. En 1933, el nazismo ascendió al poder en Alemania, y Austria cayó en 1938 ante su máquina militar. Científicos y filósofos huyeron de la guerra y de la persecución a la que se vieron sometidos por sus doctrinas. El Círculo de Viena se desintegró.
Irónicamente, Heidegger, viejo enemigo intelectual del Círculo, fue nombrado rector de la Universidad de Friburgo en 1933, aunque renunció al cargo un año después.
Últimos años de Schlick. Los integrantes del Círculo de Viena se retiraron de la ciudad que le daba nombre al grupo: Feigl partió en 1931 hacia la universidad de Iowa, y Carnap a Harvard. Waissmann y Neurat emigraron a Inglaterra y dieron clases en Cambridge.
El único que se quedó en Austria fue quien fundó el Círculo: Moritz Schlick. Durante estos años, el filósofo y científico vienés perseveró en sus clases, su filosofía y sus escritos. En 1935, Schlick recibió la visita de su excolega Feigl. Tiempo después, Feigl relataría que, durante aquella visita, Schlick expresó su consternación por los actos del régimen nazi. Es probable que Schlick haya sido políticamente un liberal moderado.
El 22 de junio de 1936, Moritz Schlick salió de su domicilio con dirección a la Universidad de Viena: debía impartir una clase. Al subir las escaleras universitarias fue interceptado por Johan Nelböck, un exalumno demente que se había obsesionado con la idea de que el filósofo le había arruinado la vida. Nelböck disparó dos veces contra Schick, y este murió pronto en las gradas de su universidad.
Nelböck fue juzgado por homicidio, pero la prensa y los medios oficiales corrieron el rumor de que Schlick era judío. La opinión pública se volcó entonces a favor del asesino y lo ensalzó como un luchador que combatía a los enemigos de la nación. Aunque el tribunal declaró a Nelböck culpable del crimen, agregó que no merecía pena alguna y fue liberado bajo palabra. A los pocos meses, el asesino se unió al partido nazi austriaco.
La Cátedra de Filosofía de las Ciencias Inductivas de la Universidad de Viena fue clausurada poco tiempo después de la muerte de Schlick. Luego, el régimen prohibió las obras del Círculo de Viena.
Sin embargo, la concepción científica de la filosofía no murió. Gracias a la actividad de los integrantes del Círculo que emigraron, sus ideas se extendieron y se cultivaron por multitud de seguidores extranjeros. Sus exintegrantes continuaron filosofando, aunque corrigieron y modificaron muchas de sus posturas iniciales. No obstante, mantuvieron invariable su defensa de una filosofía científica fundamentalmente empirista y ocupada en analizar teorías científicas y filosóficas.