Se cuenta que, el 12 de abril de 1961, cuando el astronauta Yuri Gagarin estaba por despegar, lo único que pronunció fue un escueto: “¡Poyejali!” (¡Vayámonos!, en ruso). No se sabrá jamás si lo dijo como si fuese un viaje cualquiera o si conocía lo histórica que sería su sentencia. Lo cierto es que ese viaje fue el primero de muchos y determinó la llegada del ser humano al espacio exterior.
Había comenzado la era espacial, y una generación volvió su mirada hacia lo vasto y desconocido de la galaxia. Esta conquista marcó diversos aspectos de la vida cotidiana; así, los creadores se dedicaron a imaginar un futuro en el que la Tierra solo fuese un aposento más de la humanidad.
En esa década surgieron el fenómeno televisivo de Star Trek (1966) y el cinematográfico del largometraje 2001: Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Se produjo el apogeo del Googie en arquitectura y de los diseños geométricos del movimiento Op Art. La alta costura no se quedó atrás.
Tres diseñadores se inspiraron en el ímpetu de la investigación espacial: Pierre Cardin, Paco Rabanne y André Courrèges. Cada cual a su manera, procuró vestir a la mujer para que llegase a las estrellas.
Nívea sencillez. André Courrèges nació en 1923 en Pau (Aquitania, Francia). Con 25 años, siendo ingeniero civil, se mudó a París, donde empezó a trabajar para Balenciaga. No obstante, once años después le dijo a su mentor: “Es usted como una encina: bajo un árbol tan grande no crece nada” y tomó su propio camino en la moda.
Se lo considera tan revolucionario de la moda como Coco Chanel. Incluso, el semiólogo Roland Barthes se refirió así a su trabajo: “A Courrèges se le confieren las cualidades fabulosas del innovador absoluto: joven, tempestuoso, galvánico, virulento, fanático del deporte ['], amante del ritmo, temerario hasta la contradicción”.
Gracias a Coqueline Barrière, Courrèges analizó el modo de vida de la mujer moderna y propuso la colección Moongirl (Chica Lunar) o Space Age (Era Espacial) en 1964. Las minifaldas eran la regla en estos trajes minimalistas.
Algunos acreditan a Courrèges ser el verdadero creador de la minifalda, y no a Mary Quant, como ha establecido la historia. Para él, entre el cuerpo y la caída de la tela debía haber tres centímetros que diesen a la mujer la libertad de movimiento ausente en la moda previa.
El diseñador se inspiró en su idea del año 2000, en la que reinaban el blanco y los materiales sintéticos, y las siluetas geométricas, que algunos criticaron por aniñar a la mujer. En sus pasarelas, las modelos bailaban a un ritmo frenético de jazz calzando botas planas (“go-go boots”). Los trajes se complementaban con accesorios de policroruro de vinilo (PVC) y gafas de aros grandes que simulaban ojos de insecto.
Diana Fernández, directora de la Escuela de Diseño de Modas de la Universidad Véritas, expresa: “André Courrèges sí tuvo la intuición del creador: sabía que debía proponer un cambio. Sus seguidores se adecuaron a las transformaciones del consumo”.
Al modista le molestó que sus trajes fueran imitados, e introdujo, en 1969, enterizos de “segunda piel”, que utilizaban fibras transparentes y sintéticas, y contrastaban con sus diseños anteriores.
Listo para llevar. Pierre Cardin nació en Véneto (Italia) en 1922, pero su existencia giró alrededor de París, ciudad a la que llegó en 1945. Trabajó en el taller de Elsa Schiaparelli y Christian Dior, pero no se le permitió ingresar en el taller de Balenciaga, por lo que abrió su propia casa de costura en 1950. De allí en adelante se dedicó a franquear visionariamente los límites de la alta costura.
Cardin fue el primero en llevar una colección a la China y al Japón. El pintor Miguel Casafont explica: “Su éxito como diseñador de ropa para la empresa Pakistan International Airlines hizo que muchos otros incursionaran en el diseño de modas para la tripulación de vuelos”. Este hecho fue antecedido por otro de los desafueros (a los ojos de los conservadores de la alta costura) habituales del modista. En 1959 fue excluido de la selecta Chambre Syndicale de la Haute Couture por diseñar para grandes almacenes, lo que poco después se llamaría “prêt-à-porter” (listo para llevar).
Casafont define este tipo de prendas como “la ropa creada para venderse en almacenes, fabricada a gran escala pero con nombres de diseñadores”. Ejemplos de este tipo de ropa están presentes en las colecciones Cosmocorps (1963) y Cosmos (1965), en las que Cardin utilizó colores vivos en prendas femeninas y masculinas. En ambas colecciones abundaban los tejidos brillantes y sintéticos con estampados geométricos.
Cardin revalorizó la comodidad antes que la sofisticación. La investigadora del vestuario Marjorie Ross comenta: “En los diseños de Cardin reinaban los vestidos de ‘línea A’, que eran sumamente cortos. Se caracterizan también por una falta de definición en la cintura. Son una modificación del traje trapecio de Balenciaga, que tenía una forma triangular más pronunciada. Se usaban con botas blancas brillantes, de vinil, sin tacones”.
El Metalúrgico. Paco Rabanne nació en 1934 en el País Vasco (España) y su vida estuvo marcada por las disímiles realidades de sus progenitores: su madre era costurera en el taller del prestigioso Balenciaga; su padre era un general del ejército republicano y murió fusilado por las tropas franquistas en la Guerra Civil española. Rabanne debió exiliarse en Francia, donde estudió arquitectura en la Escuela Superior de Bellas Artes de París.
Francisco Rabaneda Cuervo (su nombre real) no vistió a la mujer: la usó como estructura para experimentar con los más novedosos materiales, uniendo así sus conocimientos arquitectónicos con la alta costura. Después de haber elaborado accesorios con motivos Op Art para Givenchy y Dior, Rabanne creó, en 1966, la colección 12 trajes imposibles de llevar elaborados con materiales contemporáneos.
El modista presentó vestimentas que parecían de otro mundo: utilizó placas de aluminio y “rhodoïd” (un material plástico). Con respecto al desfile de los 12 trajes..., Miguel Casafont agrega: “Paco Rabanne fue el primero en utilizar música para sus pasarelas ya que los desfiles de modas se hacían antes en absoluto silencio y las modelos posaban como maniquíes vivientes”.
Sus herramientas no fueron el hilo y la aguja, sino un martillo para formar verdaderas corazas con las que tapizó el cuerpo femenino. El impacto causado por sus obras fue tal que la mítica Coco Chanel lo bautizó “el Metalúrgico”. Entre 1967 y 1971, Rabanne extremó sus cambios e incluyó cuero, botones, lentejuelas y papel en sus vestidos y enterizos.
Debido a su fama, Rabanne vistió a las musas de la cultura popular. Desde el corto vestido de lentejuelas que Audrey Hepburn lució en Dos en la carretera (1967) hasta los trajes con los que Jane Fonda dio vida a una agente espacial en el largometraje Barbarella (1968).
Como señala Marjorie Ross, “Cardin, Courrèges y Rabanne diseñan con base en una realidad que se rebela contra el statu quo de la década anterior. En los años cincuenta en Occidente existían una rígida estructura social y un formalismo estricto en códigos de etiqueta, lenguaje y vestimenta”.
En los 60, esos tres diseñadores respondieron a la libertad, el futuro y la juventud para crear. Parecía que las esperanzas se hallaban en el mañana y en sus inquilinos, los jóvenes, quienes reclamaron el derecho a ser libres y hacer suyo el “¡Poyejali!” de Gagarin. Cabe imaginar que fue la apoteosis de la alta costura porque fue tan alta que rebasó a la Luna.