Hace una década, a propósito del estreno de Pandillas de Nueva York (2002), el director inglés Peter Greenaway afirmó que, durante casi un siglo, los cineastas estadounidenses solo habían filmado El nacimiento de una nación (1915) una y otra vez. Así, con premeditación y alevosía, Greenaway daba paso a la controversia al tiempo que ubicaba el alfa y omega del cine estadounidense en el célebre retrato de la Guerra de Secesión norteamericana filmado por el pionero David W. Griffith.
El nacimiento de una nación anuncia unas patrióticas pretensiones desde su propio título. En el filme, Griffith recrea la historia de la mayor crisis política de su país mediante el enfrentamiento de dos familias del Norte y del Sur; filma con precisión de relojero suizo el asesinato de Lincoln, y culmina las acciones con una entusiasta apología del Ku Klux Klan.
Como consecuencia de esa visión abiertamente racista, El nacimiento de una nación derivó en una encendida polémica que, a su vez, propició un éxito de taquilla de dimensiones épicas. Griffith fue un cineasta de muchos talentos y pocos pudores, un creador autoproclamado “padre del cine moderno” que en sus horas paternales habría aconsejado a su discípulo más cercano: “Siembra tormentas y cosecharás utilidades”.
Su vocación de pionero en la sistematización de técnicas –como el montaje simultáneo y la profundidad de campo– hizo que Griffith fuera incomprendido por sus jefes de la Biograph, a quienes disgustaba su atrevido uso del primer plano, “que hacía aparecer a los actores sin cuerpo, como si estuviesen nadando”. Por esa misma razón, fue admirado por colegas como Orson Welles y Serguéi Eisenstein, quien una vez afirmó: “No hay un cineasta en el mundo que no le deba algo”.
Tal como apuntaba Greenaway, una legión de cineastas ha explorado con entusiasmo los rincones de El nacimiento de una nación; una multitud que incluye a directores clásicos como Victor Fleming, Michael Curtiz, Raoul Walsh y Howard Hawks; a inconformistas como John Huston y Sam Peckinpah; a actores convertidos en directores –como Buster Keaton y Robert Redford– y a cineastas extranjeros radicados en Estados Unidos, como Ang Lee y Anthony Minghella.
El último de la fila –aunque sólo por tiempo limitado, como anuncian las ofertas de todos los días– es Steven Spielberg: un director de primera línea cuando se trata de recibir las ganancias de la taquilla o la estatuilla del Oscar, y que desde sus primeros largometrajes ha sabido capitalizar –nunca mejor dicho– las enseñanzas de los cineastas clásicos de su país.
Que Spielberg filmara una película en torno al decimosexto presidente estadounidense es una noticia tan previsible que pronto ha dejado de serlo. Lo que parece difícil es que Spielberg no terminase filmando Lincoln (2012), considerando la fascinación que históricamente ha despertado entre los grandes productores hollywoodenses la Guerra Civil norteamericana y ante la evidencia de una filmografía que ha abordado las temáticas del racismo y la escla-vitud.
Seis actores en busca de un personaje. Daniel Day-Lewis aceptó el papel de Lincoln nueve años después de que “el rey midas de Hollywood” se lo propusiera y después de rechazarlo en un par de oportunidades. Para el actor, “era absurdo que un británico se pusiera en los zapatos del hombre que logró abolir la esclavitud antes de que se terminase la Guerra de Secesión. No quería ser la persona que le faltara al respeto a la memoria del presidente más grande de Estados Unidos”.
El reto consistía, además, en cambiar una imagen reconocida por el público –una imagen cotidiana, como el retrato señorial de Lincoln que está impreso en los billetes de cinco dólares– por la de un personaje complejo, con matices y verdades propias. Con este propósito, el actor inició un exhaustivo proceso que lo llevó a leer e investigar, a adoptar el acento rural de Kentucky y a vivir a tiempo completo la particular cotidianidad de la Guerra Civil norteamericana.
En palabras del propio Day-Lewis, “lo fascinante de Lincoln es que, cuando uno lee los libros que se han publicado sobre él, y sus propios escritos, su vida queda expuesta de tal manera que se convierte en alguien muy accesible”. Como método de trabajo, el actor devoró buena parte de los muchos libros que existen alrededor del personaje y excluyó el visionado de sus múltiples versiones cinematográficas.
En un minucioso estudio publicado en 1998 bajo el título de Abraham Lincoln en la pantalla, el investigador Mark Reinhart comenta alrededor de 200 textos audio-visuales que abordan la vida del célebre personaje, entre largometrajes de ficción, documentales, dibujos animados y series televisivas.
Desde su primera aparición cinematográfica en 1903, y durante todo el período silente, la figura de Lincoln ejerció una fuerte fascinación en el público. Entre 1913 y 1915, un prolífico director, hermano y mentor de John Ford dirigió 7 cortometrajes en los que interpretaba al célebre gobernante. Su nombre era Francis Ford: el primero del cine estadounidense, algunas décadas antes de Coppola.
Entre 1911 y 1920, Ralph Ince filmó y protagonizó 8 cortometrajes en torno a la figura del presidente. Esa faena fue superada con creces por Benjamin Chapin, quien filmó y protagonizó 14 breves biografías dedicadas a Lincoln.
Después llegaron los años del cine sonoro y el “star system”, con grandes intérpretes, como Walter Houston y Henry Fonda, quienes protagonizaron los “biopics” más recordados sobre el gobernante: Abraham Lincoln (1930), dirigido por Griffith, y El joven Lincoln (1939), filmado por ese otro emblema del cine patriótico estadounidense llamado John Ford.
Abraham Lincoln es la primera película sonora de Griffith y su penúltimo largometraje. El filme retrata al protagonista desde su juventud campesina, muestra su proceso de transformación en abogado exitoso, lo acompaña durante las elecciones que lo convirtieron en presidente y se adentra en los días difíciles de la Guerra de Secesión.
Previsiblemente, Griffith evade los entretelones de la abolición de la esclavitud, en los que se concentra, precisamente, el Lincoln de Spielberg.
Reinvenciones. Lincoln recrea los últimos cuatro meses de gobierno del más recordado presidente estadounidense, durante el tiempo en el que intenta conseguir en el congreso los votos necesarios para aprobar la abolición de la esclavitud, antes de que concluya la Guerra de Secesión.
Esa base argumental nos introduce en los entresijos de un proceso democrático regido por el cabildeo y por las pequeñas transgresiones que lo sustentan. En palabras de Spielberg, “en nuestra democracia hay mucho movimiento a espaldas del público y muchas negociaciones entre bambalinas. Esa política de finales del siglo XIX prologa la política estadounidense del siglo XX”.
La apuesta que le da un tono particular al filme está cifrada en un relato de pocos espacios y muchas palabras y en el perfil picaresco de un personaje que ha sido representado tradicionalmente desde el elogio y la solemnidad.
En ese Abraham Lincoln entrañable, tan aficionado a las historias ejemplares como necesitado de los votos de sus opositores, descansa la necesaria reinvención del personaje y de uno de los momentos críticos de la historia estadounidense.
En el contexto contemporáneo, en medio de una crisis económica y de una encendida discusión sobre la tenencia de armas, es casi imposible no leer entre líneas un argumento que subraya la importancia de la palabra y la necesidad de la negociación.
Con Lincoln, Spielberg se inclina por un cine de interiores por encima de la mecánica de los afectos y del gran espectáculo que tantos réditos le han deparado.
El resultado tiene forma de cálculo balanceado entre la necesidad de renovar el legado de los grandes directores clásicos, y la corrección formal e ideológica que conforma la amplia zona de seguridad del filme.
Spielberg es un gran conocedor de los amores y caprichos de la industria cinematográfica de su país. Así lo sugieren los $3.000 millones que ha recibido por la taquilla de sus películas. Es así, además, un heredero del cine masivo y monumental que no ha requerido de grandes polémicas para atraer al gran público. Es, y Lincoln parece confirmarlo, el más ingenioso aprendiz de brujo que Griffith podría haber imaginado.