Por fin, el vitral del dios Baco como protagonista principal, realizado en 1956 por mi madre, la pintora Luisa González de Sáenz, llegó a mis manos. Durante toda su vida, doña Luisa sintió fascinación por el estudio y la ejecución del complejísimo arte del vitral (‘vidriera’ en buen castellano).
Una dama muy conocida de la primera mitad del siglo XX quería colocar un vitral en su nueva residencia en el centro de San José. En 1956, ella le encargó a mi madre que lo realizara. La figura dominante debía ser la del dios Baco.
Hace muchos años, alguien me informó falsamente de que se habían llevado fuera del país el vitral del Baco, pero afortunadamente no fue así. Han pasado 56 años desde que mi madre lo realizó y ahora lo tengo conmigo por una de esas extrañas circunstancias'
Alicia Zamora, la notable restauradora de obras de arte, me llamó al inicio de diciembre pasado para decirme que tenía “el Baco” en su taller para limpiarlo, restaurarlo y venderlo. Quedé apabullado. Salí corriendo despavorido hasta Montelimar. ¡Qué asombrosa impresión! Logramos adquirirlo mi hermana –la pintora Flora María Sáenz– y yo. Esperamos que, algún día, sea del Museo de Arte Costarricense, en La Sabana.
Joyas de catedrales. El vitrail (en francés) tuvo su apogeo en la Edad Media para contribuir a moderar la luz de los elevados ventanales de las nacientes catedrales góticas. Una nueva arquitectura se había creado en Francia para regir las espirituales catedrales de piedra del Medievo.
La primera catedral en construirse fue la de Chartres, iniciada en el año 1140; la siguieron la de Notre Dame de Paris (en 1160) y la Saint Chapelle, también en el París (siglo XII); todas ostentan los vitrales más admirables del mundo.
Cuando la arquitectura decidió tocar el cielo mediante la catedral de piedra, la elevó hacia alturas inconcebibles: especie de imagen perceptible de la ascensión del alma. La catedral gótica se llenó de misterio y de luz, pero de una luz transfigurada por la riqueza de los colores de pedrería de los vitrales. Son verdaderas joyas.
Cada vitral comprende un múltiple número de trozos de vidrio de diferentes colores. El color proviene de la fabricación de las láminas de vidrio. Los personajes y los ornamentos se pintan sobre estos fragmentos de vidrio, con un esmalte oscuro que luego se horneará a altas temperaturas.
Fundidas en el vidrio quedan las figuras que componen los temas de la obra. Posteriormente, de acuerdo con el diseño previo, cada sección de vidrio se fija a su vecino mediante venas de plomo soldadas entre sí. Finalmente, un cemento se aplica sobre la superficie total de la composición para darle mayor consistencia.
Volvamos a Baco. Es el dios del vino según la mitología romana; antes, en la griega se llamó Dioniso. Además, su culto es causante e inspirador de la tragedia y la comedia. Con Baco nace el teatro.
En el discurrir histórico de la mitología, Baco es de advenimiento tardío, presumiblemente procedente de la India. Pese a que es el último de los dioses en aparecer en el Olimpo de la antigua Grecia, su fascinación, poder y participación no alcanzan límites ni competencia.
De allí nace el acontecer artístico y triunfante de esta temática. De ella se nos revela y surge la compleja y perturbadora figura del dios Baco y sus acólitos, deidad que nos viene –como un espejismo– desde las lejanas e inasibles historias mitológicas de las antiguas Grecia y Roma.
Admirable unidad. Mi madre se dio a la tarea de estudiar las posibilidades de la composición para que la efigie predominante fuera la del dios. En la obra lo acompañan figuras relacionadas con su divinidad pagana.
En el centro del vitral, la hermosa cabeza dorada de Baco está llena de pámpanos. El rostro tiene una expresión entre soñadora y abstraída.
Baco es un mancebo andrógino rodeado de personajes y símbolos que participan en el mito: Sileno, el viejo maestro del dios; las Bacantes, sus eternas compañeras femeninas; el cornudo Sátiro, que escolta triunfante al orgulloso príncipe; el macho cabrío, símbolo de lascivia; la parlanchina urraca, y, como elementos decorativos, las hojas y los clásicos racimos de uvas.
Todos los componentes y las figuras se apoderan de su espacio, y es elocuente su participación para convertirse en una unidad admirable. Así quedó, ya montado en mi casa con legítimo esplendor, el vitral Baco de la pintora costarricense Luisa González de Sáenz.
La compleja parte artesanal de los vitraux (‘vitrales’ en francés) la realizaba mi padre, Adolfo Sáenz González, quien –aparte de empresario– era un insigne cortador de vidrios, habilísimo tallista y dibujante. En razón de ello, mi madre lo llamaba “socio”.
Don Adolfo horneó los vidrios pintados y los montó a la usanza de la Edad Media. Yo, joven, tuve siempre alguna participación artesanal en los acabados finales de los diversos vitrales realizados en casa. Concretamente, me ocupaba del firme amarre de los trozos de vidrio con venas de plomo soldadas mediante un cautín, y del cementado final.
Queda así, ahora bajo mi custodia, el vitral Baco como testimonio de lo que una artista costarricense con vocación y determinación sólidas, quiso, supo y pudo –además de sus óleos, temperas y dibujos– ejecutar, antes que nadie, notables vitrales en nuestro país.