Malí, una de las naciones más pobres del mundo, es hoy nuevamente escenario de la violencia y el dolor que han marcado su historia. Los ensayos democráticos en la excolonia francesa, a partir de su independencia en 1960, resultaron débiles.
Si algo destaca en este período es la corrupción en los cuadros dirigentes, proceso que se tradujo en el continuo debilitamiento de las emergentes instituciones republicanas. El fenómeno quedó más que claro en marzo del 2012 con motivo del golpe militar que precedió por pocos días las elecciones constitucionales.
A pesar de este trasfondo, en años recientes la economía de Malí dio señales de expansión de la mano con la minería, principalmente del oro, y la producción agraria destinada a la exportación. Con todo, los beneficios de esos esfuerzos fueron presa de la codicia de los dirigentes políticos, entre ellos los militares, quienes, a su vez, crearon fama sirviendo en las legiones armadas de naciones vecinas, particularmente Libia.
La ausencia de solidez y legitimidad institucional en la extensa y desértica zona al norte del país atrajo en la última década un elenco alarmante de islamistas en el que destacaban terroristas veteranos de las luchas en Afganistán. Desde luego, prevalecían condiciones innegables de vacío gubernamental y comunitario que fueron aprovechadas por radicales experimentados en la criminalidad más lucrativa: robos y secuestros. Peor aún, entre los terroristas que llegaron también abundaban admiradores y cultores de al-Qaeda con extensas conexiones en el vecindario norteafricano.
Las consecuencias de este panorama asomaron esta última semana cuando tropas insurgentes se lanzaron hacia el sur de Malí con miras a capturar Bamako, la capital. Ante estos intentos, y de modo oportuno, Francia despachó modernos cazabombarderos y un contingente de 500 oficiales para apoyar al Gobierno constitucional.
La intensidad de los combates con los insurgentes obligó al envío de mil legionarios adicionales. Asimismo, gestiones ante foros regionales se tradujeron en aportes importantes de soldados, sobre todo de Togo y Nigeria, cuyo despliegue ya comenzó. En total, alrededor de cinco mil soldados africanos serán la vanguardia en esta campaña. Algunas naciones europeas y Estados Unidos también han empezado a proporcionar apoyo técnico a Francia, mayormente equipos de comunicación.
El balance de estas acciones fue el repliegue de los insurgentes hacia el norte, donde continúan las batallas. Precisamente, al tiempo que los combates en Malí se intensificaban, un sorpresivo escenario surgió en la vecina Argelia. Al sureste de esa nación, y procedentes de Malí y Libia, formaciones de militantes islámicos capturaron una importante planta de gas operada por empresas internacionales. Secuestraron, asimismo, a varios centenares de técnicos europeos, norteamericanos y japoneses.
El factor sorpresa formó parte del complejo plan coordinado con los extremistas musulmanes establecidos en Malí. Como especificó el ministro de Comunicación argelino, Mohamed Said, “una multinacional terrorista procura involucrar a Argelia en el conflicto maliense, para desestabilizar al Estado argelino y destruir su economía”.
Parte de la estrategia ha sido mantener fluido e incierto el renglón de los rehenes tomados en la planta. De igual manera, y desprendiéndose la careta, el mando terrorista ofreció negociar con Francia para que cese sus operaciones en Malí.
Quien observa el mapa regional cae en la cuenta de la existencia de una zona que se extiende por el sur argelino y comprende el norte de Malí, de Burkina Faso, Libia y Níger. En esa amplia franja territorial ha venido operando la internacional del islam. El más experimentado líder de ese conjunto terrorista, el argelino Mohtar Belmohtar, veterano de Afganistán apoyado por las filiales de al-Qaeda en el Golfo, comanda el operativo Argelia-Malí.
Este conjunto de factores pone de relieve lo que tantos expertos y militares de la región subestimaron: un golpe conjunto de los extremistas islámicos que menoscaba la soberanía de las principales naciones afectadas en la crítica área de las fronteras, aquellas que no parecen existir en los planes de los pupilos de bin-Laden.
La otra, y quizás más relevante situación, es la actitud negligente de tantos Gobiernos, en cuenta el de Malí, que ignoran zonas críticas para la estabilidad de sus respectivas naciones. Huérfanas de control y presencia oficial, devienen en refugio y base de operaciones para temibles criminales.
¿Qué ocurrirá en Argelia y Malí? En una atmósfera de incertidumbre, pensamos que los vaticinios carecerían de indicadores ciertos. De lo que no cabe duda es de que cada día surgen nuevas revelaciones de lo que se hizo mal o no se efectuó del todo. Reconocer estas realidades sería el primer paso para derrotar o evitar las amenazas que se ciernen sobre la humanidad.