Washington. AFP El presidente estadounidense, Barack Obama, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, deben encontrar una fórmula para acercarse y no socavar los históricos nexos entre sus países si el político de Israel es reelegido el próximo martes, a pesar de sus diferencias sobre el programa nuclear iraní manifestadas en el 2012.
La relación entre Obama, que mañana jurará su segundo mandato, y el jefe israelí, favorito en las encuestas para las legislativas de la semana que viene, no ha ido más allá del mero contacto entre dos mandatarios, a diferencia de otras épocas.
Roces. En marzo del 2010, el presidente estadounidense prefirió cenar en familia que con Netanyahu después de haberse reunido con él en la Casa Blanca para discutir sobre la colonización israelí.
Poco más de un año después, en mayo del 2011, el primer ministro israelí rechazó en el Despacho Oval, ante las cámaras de televisión y frente a un Obama impasible, la propuesta de un Estado palestino sobre la base de las fronteras de 1967.
En setiembre del año pasado, Obama, que nunca ha realizado una visita oficial a Israel, evitó con mucho tacto encontrarse con Netanyahu durante la Asamblea General de la ONU en Nueva York.
En la tribuna y ante mandatarios de todo el mundo, el líder israelí reclamó a su homólogo estadounidense fijar “líneas rojas” al controvertido programa nuclear de Teherán, amenazando con llevar a cabo ataques preventivos.
Obama no cedió y sigue priorizando las sanciones económicas contra Irán, además de promocionar las negociaciones.
Irritado por el presidente demócrata, Netanyahu, líder indiscutible de la derecha israelí, que vivió mucho tiempo en Estados Unidos y que presume de “hablar republicano”, no disimuló su preferencia por el adversario de Obama en las presidenciales de noviembre, Mitt Romney.
El último golpe entre ambos dirigentes es de esta semana: Netanyahu declaró que “los ciudadanos israelíes son los únicos que deciden quién representará fielmente los intereses vitales del Estado de Israel”.
A pesar de ello, ambos países alardean constantemente de “sus relaciones más fuertes que nunca” por ser aliados históricos y porque Estados Unidos acoge a la mayor comunidad judía de la diáspora. De hecho, las relaciones bilaterales e institucionales no habían sido nunca tan sólidas, según analistas.