ALONSO MATA BLANCO
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Publicado el 13 de enero del 2013
Quien fuera el rey y centro de atención, el que ocupaba un puesto privilegiado en la casa, encantador de miradas y generador de sonrisas, ahora yace en una bodega junto a decenas de “congéneres” que tuvieron su misma suerte, momificado en una capa de plástico y con una etiqueta blanca que muestra su fecha de ingreso e ignora la de su salida.
Este televisor de pantalla plana de plasma, de 50 pulgadas, llegó a la casa de empeños La Cueva el 28 de diciembre pasado.
Max Artavia Quirós, asistente de gerencia de ese establecimiento, especula sobre lo que parece una obviedad: “Fue un regalo de Navidad, o alguien que lo compró en las promociones de diciembre. Casi no lo han podido disfrutar”.
Cada día, de este enero cuesta arriba , en el local La Cueva en San José, llegan en promedio unas 20 pantallas planas.
Justo al lado, en la joyería de la misma empresa, la dependiente Montserrat Rivera Montero muestra unos anillos de matrimonio de oro, de 14 quilates.
“Estas cosas se van como pan caliente, igual que los anillos de compromiso: vienen las parejas enamoradas haciendo planes de boda”, relata la muchacha.
Poco les importa a los tórtolos que esos anillos pertenecieran a unos esposos que se deshicieron de ellos, que los llevaron a empeñar y los dejaran perder a cambio del 30% ó el 50% de su valor.
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El reloj de Abel y los dientes de oro
La foto de don Abel Pacheco, sonriente y con la banda de Presidente, adorna uno de los estantes de la joyería de La Cueva en San José. La imagen de quien fuera mandatario del país entre el 2002 y el 2006 (último jerarca socialcristiano) acompaña a un reloj que fue de su propiedad y que alguien llegó a empeñar. Cuenta el asistente de gerencia, Max Esquivel, que Pacheco donó el reloj para que se hiciera una rifa, cuyas ganancias se destinarían a una obra de beneficencia. El muchacho que se “pegó” el número ganador prefirió intercambiar el recuerdo presidencial por dinero, en lugar de guardarlo como adorno o utilizarlo. Otros artículos singulares que se empeñan son las dentaduras de oro; de hecho, el pasado 7 de enero, un ciudadano llegó con una de estas planchas doradas, las cuales se funden y se venden a joyeros, si el cliente no las recupera. Trajes de buzo y carritos de golf también sobresalen en la lista de objetos insólitos. En una ocasión, un joven llegó a empeñar un juego de bicicletas para ‘spinning’, pero los dueños de La Cueva prefirieron comprárselo y así instalaron un gimnasio para los emplea- dos. Este opera en el cuarto piso del local, al lado de una de las tantas bodegas repletas de mercancía. En el apar- tado de “los más costosos” sobresale un reloj de marca Rolex por el cual se pagó a su dueño ¢2,5 millones; así como una cadena de oro (estilo rapero) a cuyo propietario se retribuyó con ¢10 millones. Quienes empeñaron estos dos artículos pagan los intereses mensuales sin retraso.
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“A la gente eso no le molesta, buscan algo bonito y a buen precio; no les interesa la historia de los anillos”, explica Montserrat, dándole una bofetada al mal
karma que, alguien podría presumir, acompaña a los objetos vinculados a amores desechos.
Max, quien lleva 13 años de laborar en empeños, comenta que son muchos los casos de
matrimonios rotos que llegan a dejar los anillos a La Cueva.
También, añade, son numerosos los arrepentidos que llegan a empeñar –sin intención de recuperar– anillos de compromiso, y hasta hay quienes, además del aro, se deshacen de la lavadora, la cocina y la refrigeradora que habrían comprado para el nuevo hogar que nunca se formó.
Unos pasos a la izquierda de la joyería está el mostrador de la casa de empeños, espíritu y esencia del local. Allí es donde los clientes llegan a mostrar un artículo para que los peritos les ofrezcan algo a cambio.
Presto a empeñar su guitarra estaba Martín Gerardo Barboza Navarro, un músico que quiere dejar de ser músico.
Después de muchos años de tocar en la antigua Esmeralda y ver que cada vez tiene menos suerte para recibir dinero a cambio de sus melodías, decidió deshacerse de lo que fuera su machete de trabajo.
Ahora, narra el señor de 50 años, se dedicará a la pintura de brocha gorda. No muestra tristeza; por el contrario, ve con positivismo su nueva vida, pues estará lejos del trago y de las trasnochadas.
‘Salvatandas’
Las casas de empeño son casi tan viejas como la maña de pedir fiado. Son la caja chica de quienes tienen una emergencia económica.
Con 43 años de vida, La Cueva es el principal referente. Además del establecimiento central, situado en San José, tiene cinco sucursales. Su nombre se debe a que inició como un pequeño y escondido comercio, el cual parecía una cuevita.
Otra que también tiene canas es La Internacional, ubicada cerca del mercado josefino Paso de la Vaca.
Hace 12 años se sumó a la competencia Prestafull, la cual tiene 23 tiendas, y también está Prestamás, entre otras.
Pero así como surgen nuevas, otras desaparecen y muchas han mutado a
compraventas , la cuales se dedican, tal y como su nombre lo explica, a vender y comprar artículos usados.
En las casas de empeño, en cambio, se otorga un préstamo prendario con desplazamiento. Básicamente, el cliente recibe un crédito por el cual da como garantía un artículo que sigue siendo de su propiedad.
Kevin Serrano Arroyo, encargado del establecimiento de Prestafull en San José, indicó que al cliente se le paga entre un 30% y un 50% del costo del producto. Cada artículo es evaluado e inspeccionado por peritos (empleados del comercio) para detectarle fallas o defectos.
El cliente debe
pagar intereses mensuales por el producto, lo cuales van de un 5% a un 20% (dependiendo del local) del crédito concedido. Si pasan tres meses consecutivos en que no se cancele tal pago, la mercancía se vende o remata.
De hecho, las casas de empeño tienen productos en exhibición, como cualquier otra tienda o joyería. En algunas de estas tiendas hasta dan garantía por el producto, pese a que sea usado.
Ahora bien, si se pagan los intereses religiosamente, el artículo puede seguir guardado durante años.
Para este primer mes del año, las urgencias de dinero hacen crecer el volumen de los artículos en un 15%. Pagar el marchamo, costear la entrada a clases (universidad, escuela o colegio) y saldar deudas nacidas en diciembre, son las clásicas razones que ponen a muchos a correr.
Movidos
El Día de la Madre y el de San Valentín disparan los empeños
Serrano, de Prestafull, y Esquivel, de La Cueva, coinciden en que lo que más se llega a empeñar es oro, seguido por televisores, aparatos de DVD, Blu-Rays, electrodomésticos y computadoras.
Entre la lista de artículos que no se reciben, figuran armas, radios de carro y teléfonos celulares, ante la duda de que estos puedan ser robados (
ver recuadro). Por lo demás, casi todo puede negociarse, desde dentaduras de oro hasta acordeones, la lista de productos insólitos es realmente variopinta.
Pensiones y fiesta
A las casas de empeño llegan todo tipo de personas: abogados, médicos y hasta diputados, según comentan los encargados de los locales. No obstante, el grueso de clientes son obreros, comerciantes y jefas de hogar.
El martes pasado, en el local de La Cueva en Desamparados, con cara triste y afligida, una trabajadora de supermercado llegó por primera vez a una casa de empeño. En una bolsa, llevaba un televisor de pantalla plana de 24 pulgadas.
Habla con los peritos, quienes examinan el producto. Ella dice que lo compró en diciembre y que le costó ¢170.000. Le responden que pueden darle ¢35.000. Ella reflexiona. Su rostro se pone en pausa, queda muda, congelada... hasta que por fin asiente desganada con la cabeza. Se llama Hilda y tiene 33 años. Cuenta que el dinero es para su hijo de un año, a quien debe comprarle leche.
Intenta explicarme que el papá del chiquito le quedó mal con
la pensión , que hace tiempo no le da nada, que ya se fue a quejar a los juzgados, pero que no le dan solución. Todo eso quiere explicarme mientras cuatro lágrimas se deslizan por sus mejillas, corriéndole el maquillaje, al tiempo que se le quiebra la voz...
Luego llegó un sujeto a empeñar un lujoso y llamativo reloj; no quiso dar su nombre, pero en La Cueva aseguraron que era un cliente frecuente. Les cuenta a todos que el día anterior lo asaltaron y necesitaba plata.
Dice que los ladrones se aprovecharon de que estaba “enfiestado” (tomado) para hacer de las suyas. “Por eso no hay que llevar plata cuando uno sale a tomar guaro”, asevera.
“O mejor no salir a tomar guaro”, le responde Josué Soto Pérez, encargado del local.
“¡Ah, eso sí que no!”, brinca el cliente, quien con los ¢50.000 que le dieron por su reloj se encaminó de nuevo a “la fiesta”.
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Policía vigila locales de cerca
La forma más fácil de que un ladrón pueda vender un objeto robado es llevándolo a una casa de empeño o una compraventa, afirma, tajantemente y sin rodeos, Marcelo Solano, Jefe de la Policía Municipal de San José. Justo en ese cantón se concentra gran cantidad de locales dedicados a dicho negocio, concretamente, en la calle 10, avenida 3. Pero, aclara Solano, esto no significa que se deba satanizar a las casas de empeño, pues no todas son cómplices del hampa. Generalmente, son las más pequeñas, las que funcionan en forma similar a un chinamo, al margen de la ley y sin nombre comercial. Aquellas más grandes y consolidadas, como las citadas en este reportaje, suelen ser objeto de más controles y fiscalizaciones, detalló Solano. Junto con el Organismo de Investigación Judicial (OIJ), la Policía Municipal josefina realiza bimensualmente barridas en estos locales para tratar de dar con artículos robados. La estrategia consiste en verificar códigos o números de serie de los objetos y ver si coinciden con los que las autoridades judiciales tienen reportados como robados. En el caso de que tales señas coincidan, se inicia una investigación contra la persona que vendió o empeñó el producto, pues es indispensable que el cliente, al hacer la transacción comercial, se identifique con su cédula. El número de identificación de esa persona queda en los registros del local. Si por algún motivo se carece de este dato, la investigación del OIJ se dirige al dueño de la casa de empeño o compraventa. Pedir el recibo original del producto a la persona que lo empeña o quiere vender, no es un requisito legal. Representantes de La Cueva y Prestafull explicaron que, para evitar problemas de este tipo, además de solicitar la cédula, no aceptan teléfonos celulares, armas ni radios de carros, pues es lo que comúnmente roban los delincuentes. Además, cuando un cliente muestra una actitud sospechosa o el producto es de dudosa procedencia (que llegue un televisor sin su control remoto, o una computadora con el logo de una empresa) lo rechazan. Tampoco hacen negocios con menores. Las casas de empeño, de igual forma, están en el ojo del hampa; el pasado 5 de enero se registró un asalto armado en uno de estos locales en Desamparados.
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Como este sujeto, hay muchos... Los días en que más llega gente a empeñar, por lo general son los sábados (para tener dinero y poder irse de fiesta o de paseo) y los lunes (porque todo el dinero se gastó precisamente en la fiesta o el paseo).
Vimos también a Daniel Vindas, un desempleado urgido de comprar un medicamento, quien llegó a empeñar un DVD por ¢10.000. “Con esto no me alcanza, pero voy juntando poco a poco”, dijo de prisa y angustiado.
Cuenta saldada
Las caras de nostalgia al dejar un objeto son compensadas –dicen los trabajadores de las casas de empeño– por la alegría, o al menos satisfacción, de las personas cuando lo recuperan.
Tanto en La Cueva como en Prestafull aseguran que, en el 70% de los casos, el artículo retorna a su propietario.
Josué Soto destaca además que con los créditos que se otorgan, las personas pueden iniciar un pequeño negocio o estudiar.
Varios muchachos empeñan su
play station y otras consolas de viideojuego para pagar la matrícula de la universidad; luego, con el tiempo, con el salario o con alguna beca, lo recuperan.
La convicción de los clientes por no perder sus pertenencias es otro elemento esencial.
Muestra de ello es que, en La Cueva de Desamparados, hay un lote de cadenas de oro que fue empeñado por ¢17.000 en mayo del 2008. Cada mes, su dueño paga los ¢1.700 de intereses. Han pasado 55 meses, por lo que, en total, esta persona ha cancelado ¢93.500.
Actualmente, el lote de cadenas tiene un precio que ronda los ¢80.000. ¿Por qué su propietario no paga los ¢17.000 para retirarlo? Nadie lo sabe...

Popular. Las pulseras y anillos de oro son de los artículos más populares (se pagan según su peso); también destacan las herramientas de construcción y los equipos de sonido. Foto: Jorge Castillo

Repletas. Las bodegas de las casas de empeño están llenas de televisores de pantalla plana. En un mismo local se reciben hasta 20 al día. Tambien se empeñan muchas computadoras, tabletas y equipos de sonido. Foto: Jorge Castillo
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