Era la noche del 2 de setiembre del 2005. “Ustedes, los ticos están bien organizados”, me dijo un amable taxista en Ciudad de Panamá.
“¿Lo dice por nuestras ligas menores?, le pregunté.
“No, lo digo por los aficionados. La Federación (de Panamá) dijo que tenía disponibles para ustedes 3.000 entradas, pero aquí hay más de 8.000 ticos”.
A primera entrada, el dato me sonó desmesurado y aunque creo que algún gesto me delató, guardé silencio para no contradecir al contertulio.
Junto a otros 11 compañeros de La Nación, me embarqué en la aventura de viajar –en una excursión terrestre– a Panamá para el que, hasta la fecha, ha sido el último partido premundialista de nuestra Sele en Panamá, el 3 de setiembre del 2005.
Jairo Villegas (en la actualidad editor de Al Día) se encargó de reclutar al grupo de entusiastas viajeros, del que formé parte junto a mi entrañable amigo José Alberto Gatgens.
Hoy creo que los cálculos de aquel taxista –cuyo nombre no soy capaz de recordar– eran ciertos... o se quedaron cortos.
Tiquicia en Panamá. Gracias a la multitud –que quedó atrapada en la frontera de Paso Canoas debido a los trámites migratorios–, el viaje a Ciudad de Panamá tardó 21 horas. Desgastados por la larga travesía y con ojeras que casi llegaban al piso, hallamos un caos en el hotel: las habitaciones no estaban asignadas y detrás nuestro venían otras excursiones ticas.
Durante tres días, cada habitación disponible en esa ciudad fue ocupada – o al menos pretendida– por algún coterráneo.
Imposible comer en restaurantes; por todas partes los ticos hacían fila.
Imposible visitar algún rincón sin toparse conocidos. Saludé algunos en el Mall Albrook, en el Canal, en el centro comercial Los Pueblos, durante los recorridos turísticos... ¿Es que acaso no se quedó nadie en Costa Rica?
Pero aún más evidente fue durante el partido, el 3 de setiembre, cuando una enorme mancha roja –que competía con el rojo de los de casa– tomó por completo una gradería para apoyar a la Sele.
A mi derecha, a mi izquierda, arriba, abajo..., ticos por doquier. A mi espalda, cuatro panameños cuyos gritos se ahogaban en medio del griterío de los nacionales. Aquel día, que terminó con una victoria tica 1-3, la afición tricolor que visitó el estadio Rommel Fernández agitó el graderío con la potencia de una turbina de avión.
Un detalle aparte. Los panameños nos dieron una lección de nobleza. Ni un solo insulto, ni un solo desagravio, siempre una sonrisa para compartir... ¡Qué país tan maravilloso!