Otras disquisiciones / Un chico de buena familia

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com 12:00 a.m. 23/12/2012

Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

No es cierto que olvidemos las promesas de año nuevo, y la prueba de que siempre las recordamos es que formulamos las mismas en el año siguiente. Las promesas de fin de año son el programa de gobierno que se escriben las personas, de modo que trazarse promesas y no cumplirlas es la forma que el ciudadano ha descubierto de meterse en política con él mismo. Lo que ocurre es que los años cambian, pero muchos seguimos siendo iguales.

Así, a algunos, el tiempo pasa y ya ni los saluda. Son personas que viven existencias anodinas; quienes sufren una innecesaria conciencia de sí mismas y cuya presencia deja un gran vacío. La filosofía del anodino es el inexistencialismo, y su problema consiste en que siempre –pero siempre– lo espera un gran futuro.

En esa inquietante sensación de ignorar para qué sirve uno andaba el joven Charles Robert Darwin a los 17 años, en 1826, en la fría ciudad de Edimburgo. Su padre lo había enviado allá para que estudiase medicina, actividad que eludía como si fuese otro invierno, por su temor a las artes de la cirugía.

Una tarde, el profesor John Audubon recomendó a Charles que visitara a John Edmonston, un taxidermista de aves. El joven fue a encontrarse con él, “probablemente el único hombre de raza negra que vivía en Edimburgo”, anota Tim Berra en el libro Darwin, historia de un hombre extraordinario (cap. I).

John Edmonston era un esclavo fugitivo de la Guyana y adiestró a Charles Darwin en la taxidermia, pero debió de enseñarle más cosas, como el arte de la curiosidad por conocer países ultramarinos, fieras de nombres mágicos, aves que nadie veía dos veces, y selvas ocultas a las miradas del Sol, peligrosas como intrigas de la naturaleza.

A su vez, algo debió de enseñar Darwin a Edmonston: la existencia de británicos de raza blanca y de dinero y corazón generosos, capaces de amar el odio contra la esclavitud. Charles habría así de narrar a John la vida de su abuelo, Erasmus Darwin, médico, poeta, ideador intuitivo de la evolución de las especies, abolicionista de la esclavitud e inglés que defendió la independencia de los Estados Unidos.

Darwin también habría contado a Edmonston de su abuelo materno, Josiah Wedgwood, quien invirtió miles de libras en financiar la lucha contra la esclavitud en las colonias británicas. La madre y los hermanos de Charles también censuraron la “peculiar institución”. “Todas las mujeres Wedgwood se implicaron en la actividad antiesclavista”, anota otro biógrafo de Darwin, Adrian Desmond (artículo Darwin, el abolicionista, 2009).

Darwin crearía otro abolicionismo, el total: la supresión del mito de que los blancos y la gente “de color” no solo forman razas diferentes, sino especiesbiológicas distintas. La ciencia lo llevó a aquella verdad, pero quizá hubo en Darwin un gusto secreto: haber pagado otra vez las clases de un esclavo fugitivo.

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