Teatro

30 años susurrando historias

Teatro Vargas Calvo La pequeña sala ha acercado el público al arte escénico

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Andrea Méndez Montero andreamendez.tncr@gmail.com 12:00 a.m. 16/12/2012

“Decidimos hacer el experimento, y por lo visto funcionó bastante bien”, afirma entre risas el dramaturgo Daniel Gallegos cuando recuerda el día en el que recibió una llamada de la entonces directora del Teatro Nacional, Graciela Moreno. Ella le pidió que definieran juntos cómo debía distribuirse un pequeño pero privilegiado espacio.

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Era el año de 1982 y, según asevera don Daniel, existían pocos lugares donde los artistas y el público costarricenses podían compartir espacio y emociones en la intimidad que ofrece un “teatro de bolsillo”. Por ello, doña Graciela cambió su idea inicial de crear una nueva sala de exposiciones y se decidió por iniciar la construcción del Teatro Vargas Calvo, denominado así en honor al músico costarricense José Joaquín Vargas Calvo.

Tras varios meses de trabajo, la sala abrió sus puertas el 12 de diciembre de 1982 –hace 30 años– para presentar La dama del perrito, obra del dramaturgo ruso Antón Chéjov y dirigida en aquel histórico momento por el uruguayo Júver Salcedo. Lilian Olhagaray, Carmen Bunster y el mismo Salcedo interpretaron la historia de una relación adúltera entre una joven y un banquero. La obra se ofreció durante diez funciones

Un espacio ideal. Meses más tarde llegó un nuevo título a la cartelera del Vargas Calvo: Punto de referencia, el primer montaje escrito y dirigido allí por un costarricense: Daniel Gallegos. La propuesta llevaría a las tablas a Haydée de Lev, Leonardo Perucci y Lenin Vargas para dar vida a un drama psicológico que abordaba las relaciones de pareja a partir de un triángulo amoroso.

Daniel Gallegos recuerda cómo, al presentar su historia, confirmó que se había creado un espacio idóneo para que, desde cualquiera de las butacas, el público fuese parte de la obra con plena ilusión de realidad.

El propósito se había cumplido: los costarricenses disponían de 75 lugares para que les susurrasen historias al oído, y el Teatro Nacional tenía bajo su tutela un sitio dedicado a “valorizar más el objeto artístico de las puestas que los fines lucrativos que se pueden obtener de ellas”, como lo indicó doña Graciela en la inauguración de la sala.

Con el pasar del tiempo, actores, actrices, escenógrafos, luminotécnicos, directores y dramaturgos continuaron llenando de historias aquella pequeña sala, mientras el Teatro Nacional encaminó sus esfuerzos hacia la consecución de acciones que estimulasen la excelencia en la producción del teatro de cámara en Costa Rica.

Así, en el 2005 se creó el Concurso de Dramaturgia Nacional Inédita, invitación a los dramaturgos costarricenses para que escribiesen historias.

Estas se presentarían en una temporada de 32 funciones en el Teatro Vargas Calvo. Desde el 2008, las obras elegidas se premian con una gira por distintas localidades del país.

Protagonistas sobre las tablas. Hoy, cuando el Teatro Vargas Calvo alcanza los 30 años de existencia, puede nombrarse un centenar de historias narradas entre sus paredes, esas que, según Mariano González –el director con mayor cantidad de obras presentadas–, siempre exigen al director el mejor manejo del espacio y retan a los actores a volverse “cómplices” del público.

Límite de velocidad, del autor costarricense Guillermo Arriaga, fue el primero de los 18 títulos que Mariano González dirigió en la sala. Según afirma, allí aprendió que, como director, “hay que pelear de la mejor manera con el espacio para lograr el desplazamiento deseado de los actores”.

“Cuando dirijo en esa sala, me gusta sentarme en los diferentes lugares para convertirme en público y percibir lo que la obra proyectará; así, parto del principio de un director-público”, asegura Mariano González

Él continúa dirigiendo, y, apenas en junio pasado, en la pequeña sala presentó el montaje de Las heridas del viento, del dramaturgo español Juan Carlos Rubio.

González añade: “Trabajar en el Vargas Calvo es una experiencia en la que uno puede graduarse como director pues se reta a manejar a los actores cara a cara con el público”.

Por su parte, la actriz Rosita Zúñiga afirma: “En un escenario, la mirada siempre está llena de significados, más aún cuando el escenario es el Teatro Vargas Calvo”.

“En este escenario no se permite el error. Los otros nos observan tan de cerca, que escudriñan al milímetro lo que hacemos y qué dicen nuestras miradas”, señala la actriz, quien se presentó en este espacio en el año 2002 bajo la dirección de Mariano González en el drama Volver.

Según Rosita Zúñiga, “en esta sala, el público siente el aliento de los actores; la mirada toma una gran importancia: trasciende lo que es verdad o mentira, y la historia podría perder total credibilidad si no expresase lo que dicen el texto y el subtexto”.

“No se permite mirar al público porque lo que sucede es ficción, y una mirada, aunque solo se la dirija a una persona, rompería la magia de la ficción”, revela la artista.

Un papel sin terminar. El escenario del Teatro Vargas Calvo continúa convocando miradas: las que, según Adriana Collado, directora del Teatro Nacional, “son prueba de que su oferta artística sigue siendo un sinónimo de calidad y de excelencia; de que se mantiene presente en la memoria del sector teatral de Costa Rica”. Las 75 butacas con las que se inició la sala son ahora 51 tras adaptarlas para ofrecer al público mejores condiciones ergonómicas y de accesibilidad.

Ahora, una mayor cantidad de grupos independientes y nuevos espacios enriquecen la oferta cultural. Sin embargo, Adriana Collado asegura que “el Teatro Vargas Calvo ocupa un lugar especial como un pionero en el surgimiento del teatro de cámara en nuestro país”. “El Teatro Vargas Calvo representa hoy la memoria de lo que se hizo bien en el teatro costarricense; a la vez, es una muestra de la importancia de seguir promoviendo este tipo de espacios en Costa Rica”, expresa Adriana Collado.

“La historia ha definido al Teatro Vargas Calvo como un espacio dedicado al teatro de cámara que, después de 30 años, apuesta por mantener el mismo espíritu con el que fue creado: ser una pequeña sala con un gran papel en la promoción de la cultura, un pequeño recinto para grandes historias”, enfatiza la directora del Teatro Nacional.

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