Otras disquisiciones / Una cierta teoría de la cursilería

Una cierta teoría de la cursilería

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com 12:00 a.m. 09/12/2012

Que filosofemos demasiado sobre lo cursi encierra el peligro de convertir nuestro análisis en parte del tema. Esto confirma cuán fácilmente podemos pasar del ensayo a la autobiografía.

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Todos hemos sido cursis alguna vez muchas veces: está en nuestra naturaleza, que, como la oposición, es débil. Recordemos que Friedrich Nietzsche aludió a lo “humano, demasiado humano”, aunque nos parece que se refirió a otras cosas.

Para detectar la propia cursilería, los cursis no tienen plan A, pero su plan B es el siguiente: cuando dicen algo cursi, notan que los demás miran al piso como si a todos se les hubiesen caído las llaves.

Hay objetos y circunstancias de cursilería ya garantizada, que solamente alguien muy deformado por la sobriedad podría desperdiciar: aprendamos algunos.

Es cursi llamar “Gabo” al señor Gabriel García Márquez; son cursis las falsas chimeneas; es cursi considerar “folleto” al libro Imposturas intelectuales; en los mítines, son cursis los gritos de “¡Con vos hasta la muerte!” (más sincero sería prometer “tu” en vez de “la”); son cursis los ataúdes cubiertos de peluche, creados tal vez por acatar un dictum del filósofo José Ortega y Gasset: “Lo cursi abriga”.

Los momentos estelares de la cursilería florecen en la oratoria, arte jabonoso donde resbalamos en pos de una bellísima frase que huye de nosotros –por algo será–.

Dentro de la oratoria, el subgénero más cotizado para ser cursi es el brindis: instante glorioso en el que nuestro superyó –freno estético– se va a tomar un trago mientras nos abandona ofreciendo otro. Ya lanzados enloquecidos hacia el barranco del brindis, lo que nos sale no es un discurso, sino un discursi.

Cada uno de nosotros podría escribir el censo de sus momentos-cumbre en los que se encontró del brazo del ridículo, y tan bien.

Ciertos libros son muy cursis; y a alguno lo habrían declarado el libro más frívolo del mundo, pero nadie se lo tomó en serio. Hay estudios dedicados a la cursilería, lo que tal vez revele, en sus autores, el esfuerzo en ser el primero en hallar ese defecto en los demás para que no se lo carguen a ellos.

En 1934, el escritor español Ramón Gómez de la Serna publicó el ensayo Lo cursi, en el que consta la idea aquella que don José Ortega y Gasset copió, sumándose así –por un instante– a la fe que irradia san Alfredo Bryce, santo patrono de los plagiarios y copioso escritor.

Ramón (así insistía en ser llamado, un tanto cursimente) divide la cursilería en buena y mala, pero esta clasificación subaristotélica no nos convence: lo cursi es cursi, y así piensa todo cursi que se respete. Ser cursi es un problema, pero ser mal cursi ya sería demasiado serio.

De todas las prosas, las líricas yacen más cerca de lo cursi. Si las cultivamos mucho, nos darán azucenas rosa-Barbie para floreros-elefantes. Hay calidez, sonrojo, en la cursilería pues lo cursi abriga.

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