Otras disquisiciones / Historia del aura y la corona

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com 12:00 a.m. 25/11/2012

La novela corta es un cuento largo al que le sobran páginas. La novela corta sufre conmovedores problemas de identidad; o sea que es como el político de centro, pero hecho narrativa, de modo que la novela corta no sabe dónde ponerse para que la vean cuando llegan becarios europeos en pos de temas urgentes para sus tesis y se ponen a clasificarnos la narrativa nacional.

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Algunos se ríen de la novela corta: de su ambición de hincharse en trilogía; de sus sueños frustrados de ser novela de verdad, gorda, inmueble, que empezaron tan bien en la primera página, pero que fueron esfumándose conforme el autor era el primero en aburrirse de su argumento, o según se le morían los personajes (dejar el manuscrito abierto lo expone a deletéreas corrientes de aire); o cuando el autor (versión escrituraria del acuarelista de domingos) debía tornar de vacaciones a su puesto de empleado bancario, como si fuese un T. S. Eliot cualquiera.

La novela corta es “lo que pudo ser y no fue”, de modo que, aunque no sea novela romántica, siempre le cae bien ese verso de bolero.

Pese a todo, el vero asunto es la calidad; así, una novela corta puede ser literariamente mucho mejor que una saga de vampiros a la que le van creciendo y creciendo los capítulos y los dientes, y cuyo autor no tiene sangre en la cara.

Precisamente, una novela corta y de gran calidad es Aura, del mexicano Carlos Fuentes, que aduna realismo y fantasía, normalidad y terror. Aunque sea novela corta, no podemos resumir su argumento pues se nos acabaría antes esta columna horizontal o artículo.

Más bien, podríamos desviarnos por la tangente del título: Aura, nombre de un personaje, pero también palabra casi mágica en las historias de las culturas.

‘Aura’ es un viento suave, mas se le ha añadido el significado de ‘aureola’: brillo dorado (de ‘aurum’, oro); así, ‘aura’ es un viento y un brillo, hechos ajenos entre sí (polisemia: mala cosa).

La palabra ‘aura’ se pronuncia en las zambas argentinas: “¡A la voz de aura [ahora]!”, pero es un caso de mala ortografía musical.

“El aura” debería decirse “la aura” pues es algo lógico, mas se nos cruza una prohibición linguística que amarga la vida a los escolares.

La aureola se representa con rayos (> radios de un círculo); proviene de la mitología griega y pasó a la iconografía cristiana. Juan Cirlot afirma que “la aureola es un resto del culto al Sol” (Diccionario de símbolos, sub voce “Aureola”).

La ciencia moderna ha detectado cierta “aura” o brillo aparecido alrededor de las personas, pero este es solo el producto de la electrificación del vapor. Se llama “efecto corona” y curiosamente se presenta más en la política cuando alguien quiere ser presidente porque su papá, su hermano o su tío ya lo fue.

Tales pretendientes creen tener corona y aura, pero nunca son brillantes: en realidad, una pena.

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