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El fin de la historia

El fin de la historia

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12:00 a.m. 18/11/2012

En esta ruta del Año de la Fe llegamos a este nuevo día del Señor. Un día además apropiado para revisar –en el marco del Año Eucarístico– cómo vivimos cada domingo: hemos de rescatar el domingo del mundo del comercio.

Ha de ser, de nuevo, día de la familia, el descanso, la caridad y, sobre todo, de la eucaristía.

En la dinámica del verdadero y actual método teológico (no solamente el moderno y de contrarreforma –como algún columnista ha afirmado– que basado en el uso del silogismo, a esta altura de la historia eclesial y de la teología, está mas que superado), el Papa nos invita a profundizar en estos meses desde la revelación y de un modo constante en lo que es propio del saber cristiano y, por supuesto, en su implicación práctica específica.

Estamos hoy ante una descripción apocalíptica de algo que va mas allá de la descripción de la destrucción misma de la ciudad de Jerusalén.

Eso sí, lo que se viene tiene tales características que, sin lugar a dudas, exige del cristiano una preparación adecuada y profundidad y para describir lo que vendrá se recurre a puras imágenes que encuentran su asidero en el Antiguo Testamento.

No hay ninguna referencia a fechas (esto es importante en este momento de rumores y fechas absurdas) y todo se enmarca en el género propio de esta sección: la apocalíptica.

Desde Dn 7,13 el autor sagrado hace su gran afirmación: la visión del Hijo del Hombre.

En este caso se mueve hacia los seres humanos (no hacia el anciano como en Daniel) y trae consigo un juicio que, como se sabe, no es condenar a nadie sino confirmar las decisiones en la vida de las personas.

Todo se cierra con un llamado a la vigilancia (muy en la línea de esta parte del año litúrgico, pues está muy cerca el inicio del adviento).

Ese llamado es válido siempre pues el fin no tiene fecha posible, ni el Hijo la conoce.

El tema es prepararse y además, hacerlo siempre. De cara a este Año de la Fe esto significa varias cosas: potenciar nuestra conversión personal, vivir mejor la vida litúrgica, renovar nuestra vocación cristiana a diario, formarnos, ser luz y hacer creíble nuestra fe de cara a los alejados o no creyentes. Es todo un programa y un reto.

Nos queda poner manos a la obra. Pbro. Mauricio Víquez.

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