Es clarísimo que el cierre del Sínodo de los obispos ha implicado un verdadero reto para toda la Iglesia.
La búsqueda de caminos que se vivió en los días de asamblea sinodal se han de traducir en labor incansable en cada diócesis y en toda instancia eclesial.
Es cosa de todos: laicos, consagrados y clérigos.
Seguimos en la ruta el Año de la Fe y hemos de mantener conciencia de marcha.
Ello es clave y nos ha de animar a continuar de cara a madurar en la fe para ser, de una vez, testigos más decididos y audaces. Sin complejos ni temores.
Vale la pena recordar los imperativos del Papa al cierre del Sínodo: cuidar y renovar los sacramentos de la iniciación, potenciar la misión “ad gentes” y favorecer iniciativas pastorales creativas y eficaces.
Hoy, se nos pone ante un texto de Marcos. Tenemos, por una parte, a los escribas con su ostentación externa y religiosidad superficial que se dirige a aprovecharse de los fieles piadosos.
Por otro lado, aparece en escena la situación de una mujer sencilla y generosa. Los escribas habían diseñado un tipo de ropajes que, llevados a diario, resultaban fuertemente llamativos.
Esas ropas tan peculiares acentuaban su poder e influencia.
En tiempos de Jesús ocurría que algunos de estos escribas eran también autoridades que mediaban en conflictos y administraban bienes de las viudas.
Esto les reportaba grandes ganancias personales. La viuda es un fuerte contraste. Su disposición de corazón y su capacidad de ser generosa hace que, las dos moneditas (lepta), que eran las más pequeñas en circulación, dejaran de tener importancia por ellas mismas: lo clave es la actitud, su piedad, su deseo de ser solidaria con el Templo y agradar a Dios.
Dar lo que tenemos y lo que necesitamos es lo que tiene mérito y no lo que sencillamente nos sobra. Esto es clave en la vida diaria, en la caridad y en lo que ofrendamos al servicio de la Iglesia (tiempo, dinero, carismas). Pbro. Mauricio Víquez.