En sus años de frustración, los propios dirigentes del Partido Demócrata de los Estados Unidos se adjudicaban la invención del pelotón de fusilamiento circular. Con esa nota de humor criticaban las mutuas recriminaciones después de cada derrota y el carácter fratricida de las luchas internas. En esos años, el Partido no conseguía sustituir la contradictoria alianza, de profundas raíces históricas, entre un ala conservadora sureña y los liberales del norte y el oeste.
Las tensiones raciales de los años sesenta resquebrajaron la alianza y luego de la renuncia de Lyndon B. Johnson a una segunda candidatura, el Partido Republicano se alzó con la Presidencia hasta la victoria de Bill Clinton, con la salvedad del malogrado cuatrienio de Jimmy Carter. Los demócratas perdieron cinco de las siete elecciones siguientes a la presidencia de Johnson, pero lograron reinventarse mediante una gran coalición de las minorías. A partir de Clinton, ganaron, con la del martes, cuatro de las últimas seis elecciones presidenciales y estuvieron a punto de una quinta victoria con Al Gore.
Son ahora los republicanos quienes organizan pelotones de fusilamiento circulares. Los primeros caídos suelen ser sus candidatos y las heridas se infligen en vísperas de las elecciones, durante las primarias. John McCain fue víctima del fenómeno, pero Mitt Romney es un ejemplo insuperable. Su historial es el de un republicano moderado, apto para captar votos independientes sin los cuales ningún candidato puede soñar con la Casa Blanca. Su discurso, sin embargo, fue el de un hombre considerablemente más radical.
Romney, el político, pudo resultar atractivo para un país en busca de la salida definitiva de su crisis económica. Romney, el candidato, no podía capitalizar esas cualidades. Como gobernador de Massachusetts, estado tradicionalmente liberal, se le adelantó a Obama en la ampliación de la seguridad social, pero, llegado el momento de disputar la candidatura republicana, se desdijo y juró derogar la reforma promovida por el presidente, muy similar a la implantada por él en Massachusetts.
Los republicanos, con George W. Bush a la cabeza, fueron los últimos en intentar la reforma migratoria anhelada por una creciente minoría hispana. Ellos mismos se encargaron de derrotar la iniciativa y le cobraron al candidato McCain su apoyo al plan del mandatario. Romney tomó nota y en aras de ganar la candidatura, se apartó de toda moderación. Prometió una política tan drástica que muchos inmigrantes se “autodeportarían”. Obama no es sorpresa, transformó el voto hispano en clave de su victoria.
Caído el país en la peor crisis económica desde la Gran Depresión, la administración Bush, ya en sus postrimerías, promovió costosos programas de rescate del sector financiero y otros afectados. Obama siguió sus pasos y diseñó un plan para recuperar la industria automotriz. Romney se congració con los extremos de su partido en un artículo de opinión donde recomendaba la quiebra para las firmas incapaces de salir del abismo por sus propios medios. El plan de rescate fue exitoso y Obama ganó Míchigan, estado natal de su contrincante y centro de la manufactura de autos. También se echó en el bolsillo al decisivo estado de Ohio.
Hasta el surgimiento de sus aspiraciones presidenciales, Romney se pronunció a favor de dejar en manos de las mujeres la decisión de interrumpir el embarazo. En el 2007, cuando intentaba ganar por primera vez la convención republicana, aprovechó un debate para rectificar y convertirse en adalid de la posición imperante en la base partidaria. En conjunto con sus desafortunadas declaraciones sobre la participación de las mujeres en el mercado laboral, el cambio explica por qué Barack Obama sacó más de diez puntos de ventaja en el voto femenino.
Es usual en la política estadounidense que los precandidatos enfaticen su comunión con los valores de la base partidaria y luego, ganada la convención, migren hacia posiciones más moderadas. Ocurre en los dos polos del espectro político, pero los republicanos son hoy rehenes de las posturas extremas representadas en el Tea Party, un movimiento radical cuyos impenitentes voceros más bien atribuyen la derrota de Romney a su intento de gravitar hacia el centro. Nunca lo logró, porque los compromisos exigidos por las bases en las primarias lo llevaron a un extremo de donde es difícil regresar.
En consecuencia, el apoyo para Romney salió fundamentalmente de los hombres, los blancos, la derecha religiosa y las zonas rurales. Es una base importante, pero insuficiente para ganar, aun frente a las aspiraciones de un mandatario que preside sobre la crisis económica y no consigue reducir el desempleo del 7,9%. Es necesario tomar la “regla” con un grano de sal, pero ningún mandatario desde Franklin D. Roosevelt logró reelegirse con más de 7,2% de desempleo. Ronald Reagan lo consiguió con ese porcentaje en 1984.
Quizá la elección sirva para extirpar el radicalismo del Partido Republicano, como en su momento los demócratas perdieron (y casi expulsaron) a George Wallace y otras figuras del mismo talante conservador.
En las condiciones imperantes, es debatible si Obama consiguió una estrecha victoria o los republicanos se infligieron una apretada derrota.
El pelotón de fusilamiento circular ya está en formación.