Luego de la misión, ¡reflexionar y formarse!

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12:00 a.m. 22/07/2012

En la cercanía de las fiestas de Santiago apóstol (25 de julio) y de los padres de Nuestra Señora: Joaquín y Ana (26 de julio), vivimos este nuevo día del Señor. Al vivir este domingo no podemos dejar de pensar en Santiago y su condición de apóstol y enviado.

Celebrar a este discípulo de Jesús es una buena ocasión para renovar nuestro compromiso de ser, como pide el Papa en Porta fidei, testigos alegres y creativos de frente, sobre todo hoy día, a una sociedad que nos pide a diario razones de nuestra fe.

Por otra parte, celebrar a Joaquín y Ana nos lleva obligadamente a renovar con especial ilusión nuestro compromiso a favor de la familia y del matrimonio cristiano.

En estos tiempo es, como es fácil comprenderlo, este compromiso un asunto decisivo. “Familia, sé lo que eres”, había dicho Juan Pablo II en Familiaris consortio. Hoy lo repetimos junto a ese gran defensor de la institución más atacada en el último siglo.

Hoy día se nos pone ante los “apostoloi”, enviados por el Señor que ahora van regresando luego de cumplir con una larga y agotadora misión.

A diferencia del resto del evangelio que usa “discípulos” este pasaje se detiene en la condición de enviados de los Doce. Y se considera a ese grupo como una institución sobre la cual se ha de construir la Iglesia.

Ahora regresan, y el Señor desea hacer un alto. Se puede ver como descanso, como renovar la formación, como tiempo de oración y profundización.

Sea lo que sea, es una práctica sana que hoy, ciertamente, nos hace una gran falta: detenerse, retirarse, pensar. Todo cristiano debería retomar esta sana costumbre, esto es, experiencias de retiro, ejercicios espirituales, desiertos o, sencillamente, altos cortos en la ruta ante el Santísimo en la paz de alguna capilla o parroquia.

En medio de este mundo agobiado y cansado, superficial y tan aficionado a las ocurrencias, la costumbre cristiana de detenerse a pensar, orar, estudiar, es clave.

Solo así podremos recuperar fuerzas y enfrentarnos a tanta insignificancia que nos rodea en este momento oscuro de la historia, es más, de nuestra historia.

El plan de Jesús y los suyos, sin embargo, falla. Cuando se disponían a detenerse, de repente, las gentes abordan a Jesús y los suyos. Están necesitados. Les urgía una palabra de ánimo, y Jesús no lo piensa: se dedica a ellos y pospone el descanso.

Hoy día hay tantos y tantos que necesitan de una voz que les permita sentirse animados y acogidos, no condenados y excluidos. Jesús nos alecciona hoy. Pbro. Mauricio Víquez L.

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