Guápiles. La presencia de miles de aficionados marcó el ambiente anoche en la final de futbol, esos hinchas colapsaron las carreteras e hicieron explotar el Ebal Rodríguez, su perímetro y más allá.
Celebración herediana
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Todo era válido, desde lucir lo más sencilllo –como una camiseta– hasta andar con peluca o pintarse el rostro de los tonos del Herediano, o dibujarse la cara de un tigre.
Lo cierto del caso es que si en alguien recayó la responsabilidad de avivar el ambiente fue en la afición rojiamarilla.
En la entrada al cantón del Pococí, una operativo para cerrar las calles aledañas al recinto provocó grandes congestionamientos al ingreso de los vehículos que se dirigían al partido.
Ya en las fueras del recinto santista, las calles fueron inundadas por personas como pocas veces sucede en esta comunidad guapileña. Eran escasas las camisetas santistas, pero con valentía y pasión se mezclaban con la cuantiosa afición herediana que rápidamente se adueñó del lugar.
Otro grupo de seguidores se ubicaba en una esquina del estadio para presenciar el partido, a través de una pantalla de televisión instalada para aquellos que no podían ingresar. Cientos fueron los aficionados que tras no conseguir una entrada, o no querer pagar el alto precio de la reventa, optaron por observar el juego en ese lugar.
Vibró. Tras el pitazo inicial y la caída de la malla del sector oeste del Ebal Rodríguez, las gradas del recinto vibraron.
En el sector general del estadio, la “Garra” aderezaba con sus cantos. La misma algarabía mostraron los pocos santistas que llegaron, todos se unieron en un grupo en la gradería norte de la cancha.
Con la llegada del primer gol del Santos, los florenses se quedaron atónitos , los fantasmas del pasado parecían asustarlos.
Pero en la segunda parte, con la anotación de Cancela, se disiparon en la caliente temperatura de la noche caribeña.
La segunda diana del Herediano fue solo una razón más para celebrar de sus aficionados. Ya el título 22 era casi un hecho, los florenses volverían a celebrar tras 19 años de espera por un título.
Resonó el pitazo final y la locura fue inminente. Cientos de florenses se metieron a la gramilla.
Algunos hasta se arriesgaron a sufrir una lesión al tirarse del muro del sector oeste, donde habían arrancado la malla.
Centenares de ellos lloraban, otros besaban la grama artificial mientras que el resto disfrutó con sus familias en las graderías.
La fiesta apenas empezaba.