Retumban las campanas de la bicentenaria parroquia La Inmaculada. Es la primera vez que suenan de esa forma en 18 años, con timbre de victoria y eco de campeón.
Fernando Vílchez, el cura párroco, se encarga personalmente de desatar el escándalo y cumple así un sueño cautivo desde que era monaguillo.
Una marea de color rojiamarillo desfila por media calle. Por fin escapa de las gargantas el alarido de campeón, prisionero desde julio de 1993.
El caso opuesto es el de Eduardo Rodríguez, probablemente el herediano más longevo, quien ha presenciado los 21 títulos de su amado equipo, pero vive este con un gusto especial. A sus 103 años de edad, pensó que a lo mejor la vida no le iba a alcanzar para vibrar otra vez con la gloria del campeón, pero ya ven... le alcanzó y ahora se prepara para ir al Rosabal Cordero y estrechar la mano de los jugadores.
La sirena de la soda El Testy, en el corazón de la ciudad, se suma a la fiesta. Es señal inequívoca de que la algarabía es total. Ese local que ahora vende tacos y empanadas arregladas, albergó al cine Isabel, un añejo recuerdo del cantón de las flores.
Antes, el sonido era para alertar a los espectadores sobre el inicio de cada función, mas ahora se reserva para celebrar los triunfos importantes del Club Sport Herediano.
Muchas lágrimas ruedan por las mejillas, pero ahora el llanto es de alegría: por fin llegó el título número 22 tras la agonía de una larga y sufrida espera, de ser el objeto de burla de morados y manudos.
Las escenas descritas no corresponden a hechos sucedidos sino a hechos proyectados. No es la premonición de algún vidente, ni la corazonada de un aguizotero. Es una estampa de cómo se imaginan los heredianos que sería la celebración de ese añorado título que tanto se les ha resistido.
Es una proyección hecha con los anhelos de seguidores tan devotos como esperanzados, el sueño colectivo de una afición ya acostumbrada a decepciones de último minuto, a derrotas inesperadas y a tristezas de tanda de penales.
Una vez más, el Club Sport Herediano se enfrenta a una final: será la cuarta en tres años. Los tres episodios anteriores tuvieron un final de cementerio. Los seguidores del Team pensaron que se emborracharían de gloria y más bien sufrieron la resaca del fracaso.
Una victoria y tres ‘strikes’
Julio, 1993
Herediano consigue su título número 21 ante el Club Sport Cartaginés, con un marcador global de 2-0.
Mayo, 2009
Herediano pierde la final ante Liberia Mía en su propio estadio (Rosabal Cordero), con un marcador global de 0-3.
Diciembre, 2010
Herediano pierde ante Alajuelense, en el estadio manudo (Morera Soto), en ronda de penales 3-4, tras un marcador global de 1-1.
Diciembre, 2011
Herediano pierde ante Alajuelense, en la cancha florense, por penales 5-6, tras un marcador global de 2-2.
En esta ocasión, el contrincante es el
Santos de Guápiles . Anoche, cuando ya esta revista estaba impresa, se jugó el primer partido, pero si algo nos ha enseñado con maestría el futbol es que, independientemente del resultado del primer marcador, cualquier cosa puede pasar.
Javier Roja s, experimentado periodista deportivo y referente del equipo herediano, advierte con serenidad y en contundente discurso, que cualquiera de los dos equipos puede volverse campeón. Considera que tanto los guapileños como los florenses tienen opciones y advierte que nunca hay que dejarse llevar por el resultado del primer juego, pues todo se define en el segundo round.
El que más los ha disfrutado
“Ninguno pudo con él, ninguno pudo con él, con el equipo Herediano, ninguno pudo con él... del futbol de mi nación, orgullo es el Herediano... El grito ensordecedor anuncia ya la victoria, Herediano el vencedor, se ha repetido la historia”.
A él lo entrevistamos justo antes de iniciar su programa ‘Actualidad’, en radio Columbia.
En las calles heredianas, desde la Gobernación hasta el Palacio de los Deportes, pasando por el Mercado y el parque Central, se respira un sentimiento de emoción y de victoria, pero al mismo tiempo, de precaución y de cautela. Los aficionados prefieren frenar su ilusión para no llevarse otro desencanto. Es mejor no bajar la guardia para amortiguar cualquier golpe y evitar así un
knock-out anímico.
Sentimiento y pasión
“¿Cómo explicar la pasión por una camiseta, por un club de futbol, a quienes no la entienden? No sé, ni me importa. Puedo decir esto: tiene algo de amor y se sabe que siempre hay un poco de locura en el amor; pero se sabe también que siempre hay un poco de razón en la locura”. Así describe el poeta Luis Chaves su relación con el Team florense, lo hizo en un texto publicado por la revista electrónica Paquidermo a propósito de la última derrota del equipo herediano en una final. Es difícil describir lo que sienten los heredianos por su equipo. Muchos de los consultados no supieron expresarlo. ¿Cómo sentir pasión después de tantos y tan dolorosos tropiezos?
Para el padre Vílchez, párroco de La Inmaculada, es algo que se lleva en la sangre: “Antes de hacerme saprissista o liguista, yo prefiero hacerme musulmán”, dice medio en broma y medio en serio, al proclamarse ferviente seguidor del Herediano.
Añade que la simpatía por el Team responde a lo que Luis Dobles Segreda llamaba “heredianidad”, un sentido de pertenencia con la ciudad, en que el equipo es parte de la idiosincrasia del pueblo.
En sus misas, antes de despedir a los feligreses, este sacerdote le dedica unas palabras a su equipo. Si aún no ha jugado, se aventura con un pronóstico; si ganó, comparte su dicha con los presentes, y si perdió, pide fortaleza para seguir adelante.
Su sueño, asegura, es tocar las campanas de la parroquia para anunciar la conquista del campeonato. Esta es una tradición antiquísima, pero lleva 18 años y 10 meses guardada en el fortín de los recuerdos. Nunca antes ha pasado tanto tiempo sin que se escuchen sus repiques.
“Recuerdo el triunfo de 1978 (campeonato nacional conquistado tras vencer a Puntarenas); yo estaba en quinto grado, y todavía puedo oír el estruendo de las campanas y ver la emoción y la felicidad de todos... Imagínese que ahora me toque a mí, un herediano de cepa y fiebre seguidor del equipo, tocar las campanas después de tanto tiempo. Sería fenomenal”, afirma con ojos de emoción y sonrisa de niño en Nochebuena.
En la final anterior, la que Herediano disputó contra Alajuelense en diciembre, en el Rosabal Cordero, cuenta el padre que él tenía las llaves del templo en la mano y estaba listo para subir volando a tocar las campanas... Se quedó con las ganas, envuelto en frustración tras la derrota de los rojiamarillos en los tiros de penal.
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La maldición del sacristán
Aunque no muchos la conocen, en Heredia existe una leyenda que cuenta que Manuel Paniagua, sacristán durante 50 años en la parroquia de La Inmaculada, le lanzó una maldición al club por razones que se desconocen. También se repite que, antes del alcanzar el título de 1978, el padre Mata Oreamuno le había echado un maleficio al equipo. No obstante, la mayoría de los heredianos, aunque sí reconocen la mala suerte del ‘Team, aseguran que son puras habladurías y que la única maldición la sufre el Club Sport Cartaginés por el famoso ‘muñeco enterrado’. Por cierto, muchos florenses opinan que los cartagos son, como ellos, una afición muy sufrida y muy fiel.
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Él no es el único sacerdote ‘fiebre’ en la provincia de las flores. En Santa Rosa de Lima, en Santo Domingo, está el padre Gerardo Badilla, popularmente conocido como
Capulina, quien incluso fue capellán del equipo en la era de Isaac Sasso.
A él lo intentamos entrevistar, pero se negó rotundamente. Este es un extracto de la conversación:
Badilla: “Gracias, pero yo no puedo salir en su reportaje”.
Periodista: “¿Por qué no?”.
Badilla: “Porque para la final pasada me entrevistó otro periódico”.
Periodista: “¿Y qué tiene?”
Badilla: “Que la vez pasada perdimos”.
Periodista: “No entiendo”.
Badilla: “Diay muchacho, que si perdemos otra vez, me voy a hacer fama de ‘gato negro’”.
En cuestiones de futbol, la gente es algo creyencera y aguizotera. La mejor muestra es el propio director técnico del Herediano, Odir Jacques , quien desde que asumió las riendas del club, usa la misma gorra y la misma camisa negra en todos los partidos, amuletos con los que nunca ha perdido un juego.
Allá en Heredia cada quien tiene su propio rito para invocar a la fortuna. Luis Arias, herediano insigne de 71 años, dueño de la joyería y relojería Eloga, posee la particular costumbre de quitarse una media y ponerla detrás del almohadón contra el que está sentando mientras ve el partido. Según él, esto le da buena suerte al Team.
Entretanto, los números más vendidos esta semana por los chanceros son el 21 y el 22... “El 21 es porque quieren despedirlo (al título) y el 22 para darle la bienvenida (al nuevo título)”, explica Luis Chacón, del tramo La Florencia, en el mercado central herediano.
Hace seis años, Chacón confeccionó una bandera herediana y, cada año que ha pasado sin que su equipo campeonice, él le agrega un metro más de tela. De más está decir que actualmente la bandera mide seis metros... Su confianza es que no habrá que añadirle el sétimo metro.
Angustia y llanto
Esa “heredianidad” se construye también a partir de las derrotas acumuladas. Las del Team son caídas especialmente dolorosas, pues han ocurrido cuando todos los pronósticos los señalan como favoritos.
Para el ingeniero civil Juan Zúñiga Calvo, la derrota más sufrida fue la más reciente, contra Alajuelense en penales . Esa vez el Herediano había hecho un extraordinario torneo y era el puntero de la tabla general.
Desde hace 13 años, Zúñiga, de 27, ha ido a casi todos los partidos en que Herediano juega de local. Solo le ha faltado asistir a siete, ya fuera por enfermedad, porque estaba fuera del país o porque debió ir a la boda de su hermano.
Todos en su familia, su novia, sus suegros y sus amigos más cercanos son seguidores del Team. Él sostiene que morados y manudos no comprenden su pasión.
Aquel día, en la fatídica final, Juan fue de los pocos heredianos que se quedaron hasta el epílogo para aplaudir a los jugadores cuando recibieron las medallas de subcampeones. Recuerda que su novia y su cuñada lloraban desoladas, mientras la barra liguista celebraba a todo pulmón.
“Me quedé porque quería agradecerle a los jugadores su esfuerzo; fueron el mejor equipo... Esa vez me empezaron a llegar mensajes al celular, uno tras otro. Al principio, pensé que eran manudos jodiendo, pero era gente que me vio por televisión aplaudirle a mi equipo, y me felicitaban por lo que estaba haciendo”.
A su hermano, Diego, ingeniero industrial de 25 años, casi tan florense como él, la final que más le ha dolido fue aquella contra Liberia en el torneo de Verano del 2009.
El estadio, rememora Diego, estaba a reventar de heredianos unas cinco horas antes de que empezara el partido. En el primer juego, en Liberia, el marcador había terminado empatado a cero goles, con un claro dominio florense, por lo que se presagiaba una cómoda victoria en el encuentro de vuelta.
A dos horas del pitazo inicial, cayó un aguacero como vaticinando una fatalidad. Ese día también hubo lluvia de goles: tres dianas de Liberia sepultaron al Team... en las gradas, enojo, ira y decepción.
Pero pese a esos tragos amargos, los hermanos Zúñiga visten con orgullo la camiseta rojiamarilla. No tienen alternativa, confiesan... “Un verdadero herediano nunca abandona al equipo. Siempre lo apoya, pase lo que pase”, dice Juan, quien ha prometido que se lanzará a la fuente del parque Central de Heredia cuando el Team quede campeón.
El anhelo de ese triunfo número 22 es también enorme para Mario Parreaguirre, quien nació en 1993 –el último año en que Heredia fue campeón– por lo que nunca ha saboreado un título.
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El que no ha celebrado ninguno
Mario Parreaguirre tiene más de 20 camisetas del ‘Team’, y cada vez que hay una victoria repite la casaca. Cuando llega la derrota, es señal de que la suerte ya se acabó y es hora de cambiarla.
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Desde niño, asiste al estadio. Su fiebre por el Herediano le viene de la familia. Al principio, iba con su padre y ya a los 14 años, empezó a ir con un grupo de amigos. Lo importante es no faltar a ningún juego, apoyar siempre al ‘Team’.
Nació en 1993, el mismo año en que el Herediano levantó la Copa por última vez, por lo que nunca ha vivido un festejo de campeón, ni ha saboreado el anhelado título. Lo único que conoce son los relatos de sus familiares, los resúmenes que, de cuando en cuando, dan por la televisión, recortes de periódico y, por supuesto, la esperanza de que algún día termine la sequía.
Los saprissistas y liguistas de su misma edad, quienes han sido campeones en varias ocasiones, lo molestan y chotean, pero eso a él no lo importa: ser Herediano es un sentimiento.
El día que el ‘Team’ campeonice, “se pegará” una fiesta de días, adelanta, a sabiendas de que tal festejo estará más que justificado....
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Lo que más desea, y lo dice sin dudas, es festejar un campeonato. Asegura incluso que la fiesta “que se va a pegar” es tan grande que no piensa llegar a su casa en varios días.
“Es algo que he esperado toda mi vida; ser campeón debe ser lo máximo” relata.
Para este aficionado, el momento más duro de ser herediano fue en la final de verano del 2010 , en el estadio Morera Soro contra Alajuelense. Los locales vencieron en tanda de penales, tras un empate 1 a 1.
En esa ocasión, solo pudo conseguir una entrada en la gradería donde se ubica la Barra 12, razón por la cual se puso una camiseta blanca –en casa quedó su casaca rojiamarilla de la suerte– y se filtró entre los manudos. No pudo festejar el gol herediano, pues si los rivales se enteraban de sus verdaderos colores, lo podían linchar... De tanto disimular, fue aceptado entre los miembros de la hinchada liguista, como si fuera uno más de ellos.
“Cuando perdió Heredia sentí que el mundo se me venía encima, pero todos los liguistas celebraban conmigo y me abrazaban eufóricos. Ni modo, tuve que ocultar mi tristeza”, narra.
Eduardo Rodríguez, al contrario de Parreaguirre, ha celebrado los 21 títulos del Team. Es el herediano de mayor edad, pues en octubre cumplirá 104 años.
Pese a su edad, luce fuerte y sus palabras están llenas de elocuencia. Analiza las posibilidades de su equipo y destaca que tiene méritos suficientes para levantar la Copa. “Si por algo Dios me ha mantenido fuerte, es para celebrar un nuevo campeonato”, asevera.
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El que los ha celebrado todos
La verjas de su casa son de color rojo con amarillo, los mismos colores que él propuso para el uniforme del equipo que fundó, junto con un grupo de heredianos, en 1921.
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Sus 103 años de edad no le impiden caminar ni defender sus argumentos con solidez y convicción.
Don Eduardo Rodríguez Zumbado es el herediano de mayor edad y uno de los más fiebres seguidores del ‘Team’. Ha celebrado todos sus 21 títulos y aún quiere más... Dice que la vida lo mantiene fuerte para ver al Herediano campeonizar una vez más. “Tenemos un gran equipo, tengo una gran opción de festejar otra vez”, sostiene convencido.
En la provincia, es todo un símbolo. De hecho, fue declarado Ciudadano de Honor de la ciudad de Heredia, y a menudo jugadores y exjugadores pasan por su casa para saludarlo, rendirle respetos o pedirle consejos. Él se los da gustoso.
Para la afición herediana, la recomendación principal es: “Festejen con cautela, sin tomar licor”.
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‘Aunque mal pague’¿Y qué pasa si Heredia vuelva a fallar?, ¿y si, una vez más, se queda la ciudad de las flores vestida y alborotada?
El poeta Luis Chaves lo dijo con dolor: “El subcampeonato es más aparatoso que descender a segunda división. Es peor, no tiene garbo, ni heroísmo; es fallar a medias. Como los miedosos, los que llegan tarde, en lugar de no llegar del todo”.
Mas, pese a ese dolor, la pasión y el amor a la camiseta se mantienen. En la licorera Tauros, en Santa Lucía de Barva de Heredia, hay un letrero que aterriza ese sentimiento de fidelidad: “Herediano aunque mal pague”, versa el rótulo.
Mario Parreaguirre dice que si no llega el título 22, no le quedará más que resignarse. Jura que aunque Herediano pierda la final contra Santos, él estará en el estadio para ver el primer partido del próximo torneo.
“Parece que esa es la vida del aficionado herediano: sufrir, recuperarse y seguir siendo más herediano”.
Los hermanos Calvo, de igual forma, ven una posible derrota como un obstáculo, no como el fracaso.
“Siempre nos dicen: ‘Es ahora o nunca, es ahora nunca’. Pero siempre hay una nueva oportunidad”, reflexiona Juan, convencido de que cada vez se está más cerca, y de que algún día, irremediablemente, el cántaro tendrá que romperse.