El 40% de niños costarricenses padece sobrepeso. De ellos, la mitad sufre obesidad. La hipertensión infantil es un mal de diagnóstico cada vez más frecuente y dejó de ser un padecimiento casi exclusivo de niños afectados por malformaciones congénitas. El abuso de calorías “vacías”, encontradas en ciertos refrescos, golosinas y comidas rápidas, se une al sedentarismo para explicar el fenómeno, propio de sociedades como la nuestra, insertas en la modernidad y beneficiarias de un significativo grado de desarrollo económico, aunque sea en términos relativos.
El costarricense tiene a su alcance alimentos que en el pasado fueron menos accesibles, y las exigencias de la vida moderna restringen las oportunidades de ejercitarse, especialmente al aire libre. Los entretenimientos electrónicos llenan el espacio destinado a la recreación. El país está en la encrucijada de un desarrollo suficiente para alterar los hábitos de conducta, pero insuficiente para construir la infraestructura requerida por el deporte y la sana recreación.
El hogar tiene una importante cuota de responsabilidad en las alarmantes estadísticas de sobrepeso y obesidad, pero reconocerla no excluye la necesidad de impulsar políticas públicas destinadas a mejorar los hábitos alimentarios. La educación nutricional es una de ellas, pero de poco sirve si a la hora del recreo, la soda escolar contradice en todo las lecciones aprendidas.
En aras de la coherencia, los ministerios de Educación Pública y Salud diseñaron un nuevo reglamento, aplicable a las sodas instaladas en escuelas y colegios. La normativa excluye alimentos y bebidas ricos en azúcares y grasas para estimular la ingesta de productos más saludables. La medida enfrenta la oposición de importantes sectores de la industria alimentaria, materializada en una demanda interpuesta ante la jurisdicción contencioso-administrativa.
Ninguno de los alimentos distribuidos hasta ahora en las sodas escolares es dañino en sí mismo. El daño lo produce el exceso. En eso llevan razón los demandantes. Las grasas y los azúcares, por lo demás, son necesarios para el crecimiento. La buena o mala nutrición son consecuencias de la ingesta de alimentos en determinadas cantidades y proporciones. En ese sentido, son producto de libérrimas decisiones del consumidor, a quien corresponde asumir las consecuencias.
Sin embargo, los mostradores de las sodas en escuelas y colegios atraen a un consumidor de características especiales, cuya inmadurez para la toma de decisiones justifica una tutela asignada primordialmente a los padres. Son ellos quienes determinan cuáles alimentos consumen sus hijos fuera del centro educativo, pero rara vez están presentes a la hora del recreo escolar. En ese horario, la tutela está en manos de las instituciones educativas, su personal y las políticas del Ministerio de Educación.
Confrontada con las estadísticas, la industria alimentaria reconoce el problema de salud y recomienda educar al consumidor. En el caso de los menores, no hay, ni podría haber, objeciones a la tutela familiar. Antes bien, voceros de la industria hacen hincapié en la necesidad de mejorarla, pero es imposible cumplir ese propósito en ausencia de los padres.
Al abogar contra los excesos y en favor de las buenas prácticas, la industria se une a la ciencia para reconocer la existencia de ambas. Si los padres no están presentes para frenar el exceso y estimular las conductas deseables, la decisión queda en manos de un consumidor voluble e inmaduro, momentáneamente alejado de la tutela familiar.
Los responsables de la salud y la educación no exigen la ingesta de determinados alimentos. Se limitan a definir la oferta disponible para el joven consumidor en los centros educativos. Corresponde a los padres decidir, fuera de la escuela, si sus hijos ingerirán otros alimentos y con cuánta frecuencia.
Países avanzados y democráticos de América, Europa y otras regiones del orbe, entre ellos España, Francia, Estados Unidos, Corea del Sur y Finlandia, adoptaron políticas similares. En América Latina, Costa Rica se suma a una lista que incluye a Brasil, Chile y México. Estamos, pues, a tiempo de hacerlo antes de enfrentar problemas tan agudos como los que motivaron el cambio en algunas de las naciones citadas.