Eran las 11:12 a. m.., en Malmö, Suecia, el avión despegaba del aeropuerto de Copenhague, Dinamarca, a las 12:10 p. m. Yo me encontraba en el asiento trasero y le acababa de preguntar al taxista que cuánto tiempo duraría en llegar hasta el aeropuerto. “Si vamos rápido, unos 40 minutos”, me indicó. “Podríamos estar llegando alrededor de las 11:45”. “Eso les daría unos 30 minutos para correr hacía el avión”, dijo la muchacha que estaba a mi lado. Mientras el taxista esperaba mi indicación para arrancar o abrir el maletero para bajarnos, volví la mirada hacía mi amiga costarricense que estaba junto a mí y ella con una mirada de preocupación me preguntó: “¿Qué hacemos?”.
En ese instante vino a mi mente todo lo que habíamos corrido para llegar a estar sentados en la parte trasera de aquel taxi. El autobús que nos llevaría hasta la estación de trenes simplemente no pasó, y, luego de unos 30 minutos de espera, habíamos tenido que arrastrar sobre la nieve nuestras maletas hasta otra parada de autobuses unas cuadras más adelante.
Cuando, por fin, habíamos llegado a la estación de trenes que nos permitiría tomar uno que atravesara bajo el estrecho del Oresund el mar y nos llevara de Suecia a Dinamarca, directamente al aeropuerto, sucedió que, después de otros 30 minutos de espera, ya desesperados y mirando el reloj impacientemente, se me acercó una persona y me dijo: “Ese tren ya no va a pasar, lo mejor es buscar unas cuantas personas y tomar un taxi hasta el aeropuerto”. Volteé mi mirada impaciente y observé a dos desconocidos. El intercambio de miradas fue muy explicito: “Sí, corramos por un taxi”. Ahora, estábamos allí, los cuatro en el taxi. El costo total del viaje de unos 40 kilómetros aproximadamente sería de 120 euros, así que mi amiga tica y yo pagaríamos 60 euros entre los dos por intentar alcanzar un avión que en ese preciso momento, a las 11:12 a. m., ya estaría por cerrar la puerta de abordaje.
Perder ese avión hacia Edimburgo era también perder otro dos días después de Edimburgo a Dublín, y otro de Dublín a Bruselas, además de las reservaciones en ambas ciudades. El plan era llegar a Bruselas para de allí viajar a París y cumplir con el compromiso de encontrarnos con unas amigas allí.
El plan parecía venirse al suelo. Había que evaluar rápidamente el costo/oportunidad. Mi amiga me dijo: “Son 60 euros por el taxi, pero, ¿y si perdemos el avión aún así?”. Estábamos jugándonos un chance: que algo divino sucediera, pues, en condiciones normales, ese avión ya estaba perdido. Nunca olvidaré ese instante. La miré de nuevo y le dije: “Si nos bajamos del taxi, perdemos el avión; eso es definitivo. Nos quedaríamos aquí y tendríamos que ver qué hacer, como intentar conseguir otros tiquetes que nos saldrían carísimos, o nos tendríamos que olvidar de Escocia e Irlanda y buscar vuelos directos a Bélgica o Francia en pleno invierno, más todo el dinero que perderíamos de este vuelo y los otros que no tomaríamos. En cambio si no nos bajamos y lo intentamos, puede que lo logremos”.
Esta historia me recuerda mucho lo que estamos viviendo como país. Ese día aprendí que hay momentos en la vida en los que una corazonada vale más que cualquier aparente certeza absoluta. Ese día pagamos uno de los taxis más caros de nuestra vida, logramos llegar al avión, por alguna divinidad, coincidencia o destino. El vuelo, al igual que el autobús y el tren, se había atrasado por motivo de la nieve. Nuestro intento valió la pena.
Nuestro país se encuentra en ese punto crítico, ese momento de quiebre en el que tenemos que tomar decisiones trascendentales. El 2011 fue un año lleno de turbulencias económicas, políticas y sociales. Pareciera a veces que este taxi no va a llegar a tiempo, por lo que lo mejor sería bajarnos. Incluso a veces pensamos que este taxi no va hacia ningún lado. Mi mensaje es que estoy completamente seguro de que este es el momento preciso en el que nuestro país más que nunca necesita que creamos en él. No nos bajemos de este taxi llamado Costa Rica. Debemos intentarlo.
Intentar ¿qué? Hacer de este 2012 el año de la unión nacional, el año de empezar a aterrizar ideas, propuestas, y, sobre todo, soluciones, el año en el que nos diremos a nosotros mismos que si bien parece que el viaje es costoso y quizás no lleguemos a tiempo, si no lo intentamos, automáticamente nos quedaremos atrás y seguiremos viendo cómo ya otros países de la región nos están empezando a adelantar en este viaje hacia el desarrollo. El momento es ahora, debemos despertar y creer en que Costa Rica aún puede ser un país desarrollado, que aún podemos ordenarnos como país, cambiar nuestras actitudes, mejorar nuestros modelos de gestión, ser mucho más positivos, y sobrevivir a esta crisis para no perder ese vuelo hacía el desarrollo y sacar este país adelante. Después de todo, el no intentarlo es automáticamente perder la oportunidad de lograrlo.
Pablo Acuña. Consultor, asesor administrativo y estratégico-organizacional.Desarrollador de proyectos