Un total de 22 reconocimientos distribuidos entre 31 ganadores fue el saldo que arrojó el anuncio de los Premios Nacionales de Cultura 2011, realizado en la mañana de ayer por el ministro de esa cartera, Manuel Obregón.
A diferencia de años anteriores, ninguno de los premios fue declarado desierto y cuatro de ellos fueron compartidos.
La literatura, en sus diferentes géneros, se vio favorecida por esa modalidad de premios compartidos. De este modo, el Aquileo J. Echeverría en novela quedó en manos de Warren Ulloa por su obra Bajo la lluvia Dios no existe, y de Alfonso Chacón por el libro El luto de la libélula.
En la que es su novela debut, Ulloa desnuda la decadente realidad de los adolescentes costarricenses de clase alta y les habla en su idioma. Chacón, por su parte, explora desde varios escenarios la nueva vida que debe enfrentar un cuarentón frustrado luego de divorciarse y de perder su empleo en una compañía transnacional.
El Aquileo en poesía también premió de modo compartido a dos autores: Juan Carlos Olivas, por su poemario Bitácora de los hechos consumados y Alfredo Trejos, por Cine en los sótanos.
“Olivas es un poeta que busca en cada palabra la revelación. Su poesía se acerca a lo sagrado como vivencia cotidiana. Al sentido existencial le sigue una profunda mirada hacia el oficio del poeta como una actividad humana carente de recompensas inmediatas”, opinó Gustavo Solórzano Alfaro, editor de la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
Por su parte, en Cine en los sótanos Alfredo Trejos hermana la poesía con el sétimo arte, al “traducir” en poemas las emociones que le despertaron 11 películas famosas, entre ellas El buscavidas (1961), de Robert Rossen; ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (1966), de Mike Nichols, y La pandilla salvaje (1969), de Sam Peckinpah.
En la rama de cuento, los galardonados fueron Faustino Desinach por su obra Balada clandestina, una colección de 22 relatos que se enmarcan dentro del “realismo sucio” y despliegan intrincadas historias de personajes envueltos en situaciones de violencia, prostitución, sicariato y narcotráfico.
El otro libro ganador es Puta vida, de Virgilio Mora, una serie de relatos de tinte autobiográfico que además plantea una crítica al sistema y al entorno cultural.
El Aquileo en ensayo premió las Obras completas de Claudio Gutiérrez, seis volúmenes publicados por la Editorial de la Universidad de Costa Rica que exponen el pensamiento de este reconocido filósofo e informático costarricense.
En la categoría de libro “no ubicable” resultó ganadora la obra Glaciaciones e interglaciaciones en Costa Rica, una investigación del geólogo Rolando Castillo Muñoz, en la cual indaga por qué, cómo y en qué lugares exactamente el hielo y la nieve cubrieron algunas montañas del territorio nacional.
Y el galardón en la rama de historia fue para el libro Las subsistencias en una coyuntura de crisis: producción, consumo y nivel de vida, Costa Rica: 1905-1925, de los autores Emmanuel Barrantes, Hilda María Bonilla y Olga Marta Ramírez.
La obra profundiza en los factores que incidieron en la crisis económica que azotó el país en los primeros 25 años del siglo XX, y cómo esa situación afectó el poder adquisitivo de las clases populares.
Triunfo entre acuarelas. Por su parte, el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en artes plásticas recayó en dos ganadores, por separado: la pintora Grace Herrera Amighetti y la Asociación Costarricense de Acuarelistas (ACA). Herrera atesora 35 años de trayectoria y, aunque ha recorrido la senda de la pintura con diferentes técnicas, la acuarela es, en definitiva, su “chineada”.
Herrera es integrante de la ACA, fundada hace diez años para promover la acuarela y hoy recluta a cerca de 30 miembros.