Han pasado tres años, largos años, del terremoto de Cinchona. Experiencia traumática y dolorosa para nuestra familia. Dios nos permitió no perder vidas humanas en el núcleo familiar de nuestra querida tía Eida, pero sí las casas de ella y sus hijos, que con tanto esfuerzo se habían construido.
Pasa la tragedia y la vida continúa; un pueblo se vuelca en ayudas y un Gobierno asume la “emergencia”.
Pero, al contrario de lo que se podía pensar, fue el movimiento “Un techo para mí país”, quienes rescataron a mi tía y su familia de la intemperie. Cuando la visitamos, la casita nos da la bienvenida, se siente un cálido abrigo, mientras se oye persistente la lluvia en el techo de zinc.
Después de esperar tres años, mi tía recibió la noticia de que por su edad, más de 70, no puede concursar para que el Gobierno le dé una vivienda.
Por esfuerzo personal. Atrapada por su situación y acompañada por la incertidumbre, asombro, dolor, pero no “fuerzas”, esta mujer viuda, que sacó a sus once hijos adelante, que trabaja en el campo y vende quesos para subsistir, con su trabajo y el apoyo de su descendencia inauguró el pasado 14 de enero su nueva vivienda y compartió con toda su familia un almuerzo, café y muchos abrazos.
Después, llegó la hora de ir a ordeñar, pues para esto no hay descanso. Se le observa ponerse las botas de hule, se despide de nosotros y nos abraza tanto, que casi nos deja sin aliento, la vemos caminar casi al anochecer a su trabajo. Rechaza los halagos y los cumplidos, y amanece anhelando el nuevo día para empezar de nuevo.
Pienso que debería advertirle que no trabaje tanto, que es hora del descanso, que ya pudo “solita” realizar su sueño, pero omito hacerlo. Es su vida, es su vínculo con la naturaleza y su trabajo, y de eso depende seguir viviendo.