Este año cumpliré 38 años de haber llegado a esta bendita tierra. Fui de los primeros exiliados que llegaron a Costa Rica, proveniente de Chile, en sus aciagos días que procedieron al golpe militar del 11 de setiembre de 1973.
Atrás quedaron nuestros sueños, nuestras familias, nuestros amigos, nuestra querida larga y angosta faja de tierra, que vivió 17 años de oscurantismo en términos de libertad y democracia.
Desde que pisamos suelo costarricense, comenzamos a sentir la calidez natural del costarricense. Tanto de las autoridades de Migración como del periodista anónimo de LaNación, que no solo nos orientó, sino que bondadosamente nos guió en su buseta hacia la Pensión Tala-Inn para pernoctar, ubicada en ese entonces a un costado de lo que es hoy el edificio del INS.
Llegamos no solo con el alma destrozada, sino que además teníamos recursos muy escuálidos. Teníamos interrogantes de cómo ibamos a subsistir en el futuro. En la pensión, recibimos algunos saludos protocolares de algunas agrupaciones políticas afines a nuestras quimeras. Pero, además de los saludos protocolarios, tuvimos la dicha de recibir la visita de un costarricense, que como muchos, se ganó el corazón de la colonia chilena. Me refiero al entonces sacerdote Javier Solís.
Al percatarse de nuestras penurias económicas, de su propio peculio nos alquiló una vivienda en los altos de las Cocinas Nury en Zapote. Allí acudieron voluntariamente algunos grupos cristianos, que nos proveyeron de los enseres básicos para subsistir, colchones, ollas, una plantilla de cocinar, escobas, sillas, etc. La ayuda de Javier fue determinante para obtener cupones del IMAS, para obtener alimentos básicos, arroz, frijoles, azúcar, café.
Así fue como, día a día, comenzamos a sentir esa amistad tan cálida de cientos de costarricenses: desde el chofer del bus al lustrabotas del parque Central, de los vendedores de piña, papaya en sus humildes carritos pues muchas veces nuestro almuerzo consistía de ello: un banano, un pedazo de piña y un jugo de naranja. A ese pueblo costarricense tan generoso, tan humilde, tan bondadoso, millones de gracias; nos brindaron mucho más que servicios o alimentos, nos fueron devolviendo, sin darse cuenta, el poder recuperar la fe, la alegría de vivir.
Yo no sé si efectivamente Costa Rica es el país más feliz de la tierra, pero de lo que no tengo dudas, es que es uno de los países más humildes y bondadosos del planeta.
Muchísimas gracias, también, a los diferentes Gobiernos que hemos tenido en estos 38 años, a las diferentes organizaciones del gobierno, a las diferentes universidades, a cientos de pequeñas, medianos y grandes empresas que nos abrieron enormes posibilidades laborales, educativas y de salud, que nos han permitido vivir con dignidad y con holgura. Muchísimas gracias, también a los cientos y quizás miles de hogares que nos abrieron sus puertas y nos brindaron esa calidez hogareña que nos hacía tanta falta.
También quisiera pedir excusas a muchos costarricenses pues, en el deseo de colaborar o de retribuir tanta bondad y hospitalidad, y debido a nuestras precipitaciones y estrés, a veces asumimos roles que no nos competían; pasamos a llevar jerarquías y personas que obviamente se sintieron afectadas. Mil perdones; nuestra intención era y es simplemente retribuir esa acogida y esos afectos recibidos.
En el transcurso de este período, muchos compatriotas retornaron a nuestro querido Chile. Otros se quedaron e incluso formaron o consolidaron sus núcleos familiares. Algunos también dejaron en estos hermosos parajes sus restos, y sé que también desde el más allá agradecen su acogida y vuestros desvelos.
Costa Rica, al igual que muchos países de América Latina, atraviesa hoy en día por momentos difíciles. Pero no me cabe ninguna duda de que la gallardía, la bondad, la fuerza y la inteligencia de sus habitantes y en especial de sus nuevas generaciones, sabrán enfrentar esta coyuntura y, al igual que en el pasado, lograrán que germine la semilla de la paz, de la solidaridad y de la igualdad, en una forma muy heterodoxa, muy a la tica, muy pura vida.
Muchísimas gracias por acogernos, por haber permitido que parte de la generación del exilio se desarrolle en estas hermosas tierras y que muchos de nuestros hijos se hayan unido a los vuestros, y de esta forma ampliar y consolidar los innumerables lazos históricos que unen a Chile y Costa Rica.