El pasado 12 de enero, el Gobierno promulgó un reglamento que eliminará gradualmente la comida chatarra que reinaba confianzuda en las sodas de las escuelas y colegios públicos. Además, promueve el consumo de alimentos más sanos y modifica requisitos y responsabilidades para asegurar una mejor nutrición de las y los estudiantes (Decreto Nº 36910-MEP-S). ¡Magnífico!
La medida ha enfurecido a más de uno. Al día de hoy se han lanzado cinco críticas contra ella. La primera es que “no hay alimentos malos sino malos hábitos alimentarios” y, por tanto, que el decreto está mal. Dicen que nunca se ha visto a una empanada grasienta matando a nadie a plena luz del día. Ciertísimo, pero este no es el punto. La cuestión es que los malos alimentos elevan sustancialmente los riesgos para la salud, con graves y evitables costos personales y sociales. ¿No son los malos alimentos una parte medular de los malos hábitos alimentarios?
La segunda crítica dice que en vez de prohibir lo que hay que hacer es educar. ¡Claro que hay que educar! pero “a Dios rogando y con el mazo dando”. Los que hoy defienden el “chatarrismo” alimentario en escuelas tuvieron décadas para promover la buena nutrición. Soledad macondo, hicieron nada o muy poco y hoy nos enfrentamos a una severa emergencia: una generación de jóvenes obesos. Una tercera crítica es la maximalista: acusar a la nueva política de no resolver el problema de manera integral. Por supuesto que esta no es integral y así debe ser, pues hay otras cosas que son responsabilidad de los padres o las empresas. Por algo se empieza.
La cuarta crítica hace una apelación filosófica desenfocada. Dice que el Gobierno no debe meterse en el tema porque cada uno tiene derecho a comer lo que le da la gana, perro caliente a diario incluido. Sin embargo, en los centros educativos públicos, el Gobierno tiene la potestad para regular lo que ahí acontece, en estas y en otras materias. Además, la regulación alimentaria se limita a la escuela, donde el fin es educar a estudiantes: que aprendan a comer (y coman) bien es sumamente importante. Lo que pasa antes y después no es objeto del decreto. La quinta crítica es de inspiración neoclásica: que la prohibición de comida chatarra generará un lucrativo mercado negro. Equivocado: no se está prohibiendo la comida chatarra en Costa Rica, simplemente no se venderá en las sodas escolares.
Ya se anuncian “carretadas” de recursos legales contra el reglamento. Lo de siempre. Sinceramente espero que no peguen. Pero hay otro peligro: que la medida sea una amenaza con la vaina vacía y que el Gobierno no tenga capacidad de ejecución y supervisión, como pasa con el MOPT. Ahí sí nos jodimos.