No sé qué nos ha pasado: si hemos perdido la verguenza o hemos perdido la cabeza; es decir, si el nuestro es, desde hace años, un problema moral o uno mental. El último capítulo –no el final– de tanta pena acumulada, de tanto sonrojo y disparate, se llama ley de tránsito.
Pongámonos de acuerdo. No se trata de ingobernabilidad. Este es un término demasiado solemne. Se trata de verguenza, el último bastión, según los griegos, de la ética que, cuando viene a menos, todo amenaza ruina. El diccionario la define como “turbación del ánimo, que suele encender el color al rostro, ocasionada por alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”. Muchos, casi legión, ya no se turban por alguna acción personal deshonrosa o vergonzosa. Por el contrario, todo lo justifican. La verguenza nos queda a los demás.
Nos regimos por una ley de tránsito vigente, por la anterior a la vigente y por una tercera ley in fieri o en potencia. De la primera solo quedan jirones, pues, elaborada y aprobada sin apego a la razón y a la realidad, la Sala Cuarta, con toda razón, la ha venido desgajando por desproporcionada y alocada. Así, poco a poco, la Sala Cuarta tiene que echar mano de la anterior, para no hundirnos en el vacío, lo que, al parecer, no ha entendido aún el MOPT, que culpa a dicho tribunal de sus propias fallas y de los entuertos de los diputados pasados.
A mitad del camino se halla la ley en estudio de una comisión legislativa, compuesta por todas las fracciones, trabajada con seriedad y responsabilidad, en la que todos ciframos nuestras esperanzas. Pero este proyecto, digno de un país civilizado, no avanza por la intolerancia de un diputado, basado en un reglamento interior legislativo infame, raíz de nuestras calamidades políticas, que le otorga poder de veto a cualquier legislador en cualquier pasaje del procedimiento.
En consecuencia, además de hacer el ridículo universal, al aplicarse las normas de la ley de tránsito anterior, floja y complaciente, los conductores ya no sienten el peso de la ley y ha vuelto a imperar la ley de la selva. La falacia de las sanciones desproporcionadas, derogadas poco a poco, ha dado lugar, como ocurre siempre que se pisotea la razón, al triunfo de los irresponsables, cuyo abanderado es hoy un diputado, culpable, por su intolerancia, del sufrimiento de numerosas familias, víctimas de la imposibilidad de contener los accidentes de tránsito por la falta de una ley razonable.
Si este diputado se proclama evangélico, bien haría en repasar las enseñanzas de la Biblia sobre la tolerancia y el respeto a la vida.