Ambos son puntarenenses y han dedicado gran parte de sus días a la investigación: uno a comprender cómo el cuerpo humano se expresa a través del movimiento y el otro, a explorar la diversidad de la vida misma desde la biología.
El tercer aspecto que el coreógrafo Rogelio López López y el científico Rodrigo Gámez Lobo tienen en común es ostentar, de manera compartida, el Premio Nacional de Cultura Magón 2011.
Por decisión unánime, los miembros del jurado acordaron otorgar el galardón a los dos, “conscientes de que en la actualidad el abordaje del concepto de cultura implica tanto el área de las prácticas artísticas como de las científicas. (...) Innegable es la contribución y excelencia de los galardonados en sus respectivas trayectorias”, reza el fallo.
Esta es la segunda vez en la historia de los Magón que se entrega este galardón compartido. El primer Magón bajo esta modalidad se dio en 1965 y fue para el abogado e historiador Hernán G. Peralta y el escritor Carlos Luis Fallas.
“Con esta decisión queremos apoyar el trabajo y la investigación en dos grandes ámbitos que conforman la cultura: las artes y las ciencias”, afirma el fallo.
El jurado del Magón 2011 estuvo integrado por Dorelia Barahona, Amalia Chaverri, Doriam Díaz, Alexandra Meléndez y Rafael Méndez. La ceremonia de premiación se realizará el 15 de mayo en el Teatro Nacional.
La vida es una danza. “Usted nunca va a llegar a bailar” fueron las palabras que Rogelio López, para entonces un veinteañero lleno de ilusiones, escuchó de una conocida profesora mientras estudiaba en la recién formada Escuela de Danza Contemporánea, fundada por la bailarina Mireya Barboza. La profesora le auguró un fracaso en la danza, pues, según ella, el muchacho reproducía torpemente uno de los movimientos de la técnica Graham (formulada por la estadounidense Martha Graham).
“Ella me criticaba porque yo me movía demasiado y el ejercicio era muy rígido, pues así lo dictaba la técnica. Yo solo hacía lo que sentía, quería ponerle sabor al movimiento”, recuerda López, de 63 años.
La crítica le golpeó el ego, pero, en vez de desanimarlo, lo motivó a buscar su propio camino, ya que no lograba encajar con lo que académicamente se conocía como “danza”. Desde que era un muchachito que corría libremente a la orilla del mar de Puntarenas, López descubrió que lo suyo era la “bailada”, sin importar el ritmo ni el lugar.
“Como mis papás no tenían con quién dejarme, me llevaban con ellos al salón de baile Los Baños, en Puntarenas, y ahí aprendí a sentir la danza como una expresión natural de las personas”, declaró.
Y fue ese mar en el que se deleitó durante su infancia el que le despertó esa pasión que luego convertiría en su modo de vida. “El gestor de todo este amor que he tenido y sigo teniendo por la danza es el mar y su incesante movimiento. Las olas van y vienen, y siempre están ahí”.
Para López, la danza es algo más que un arte o una profesión. “Bailar es parte de mi cotidianidad. Es como comer, dormir o hacer el amor, es algo muy importante”.
Desde que se entregó el Premio Magón por primera vez en 1962, nunca se había galardonado a un artista relacionado con la danza. En su fallo, el jurado reconoció en López “una vida dedicada al quehacer dancístico. Se inició a los 13 años en el Conservatorio Castella y ha desarrollado una sobresaliente labor durante 30 años como bailarín, profesor y coreógrafo”.
Colegas y discípulos manifestaron su satisfacción: “Rogelio es un pilar de la danza en el país. Me siento orgulloso: fue mi maestro durante los ocho años que estuve en Danza U”, dijo Jimmy Ortiz, director del Taller Nacional de Danza.
En 1975, López fundó Danzacor, agrupación alejada de purismos técnicos y orientada a la experimentación. Ese fue el semillero para crear en 1978 la compañía Danza Universitaria en la UCR.
Durante 28 años –de 1978 al 2006– López se convirtió en el maestro de varias generaciones de bailarines. “Este premio es una apuesta para la danza costarricense. Rogelio dejó todo lo que hacía para seguir su intuición, y eso le dejó al país una de las compañías más prolijas, una agrupación que se ha transformado y que transformará la danza en el país”, opinó Hazel González, directora de Danza Universitaria.
Actualmente él divide su tiempo entre las compañías Terpsicore (Perú) y Módulo (México).
Hombre de ciencia. Hay pasiones que son lógicas. De niño, Rodrigo Gámez Lobo solía recorrer el paisaje como una especie más en medio del bosque. Consecuentemente, esa admiración a la naturaleza se transformó en una vocación.
Es más, él se enteró ayer de su nombramiento como Premio Magón 2011 mientras estaba en medio de la naturaleza. “Estábamos en el Refugio Nacional de Vida Silvestre Curú, adonde me vine con toda la familia. Ahí recibí la noticia, en un lugar muy apropiado”, comentó Gámez, quien se confesó sorprendido con su designación.
El jurado del Magón 2011 reconoció en el agrónomo y biólogo una trayectoria científica de 50 años en el campo de la biodiversidad y la ecología, unos 40 premios en materia ambiental y más de 120 publicaciones, entre ensayos, libros y artículos de investigación.
Asimismo, su nombre figura en la fundación de instituciones como el Centro de Investigación en Biología Celular y Molecular, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicit), la Universidad Estatal a Distancia (UNED) y el Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio).
Ana Lorena Guevara, viceministra de Ambiente, reconoce en Gámez a un visionario que trascendió su quehacer científico como individuo para dotar a todo un país de una visión de conservación y desarrollo sostenible.
Esta es la segunda vez en que se le otorga el Magón a un científico. El primero, en 1977, fue Rafael Lucas Rodríguez, botánico y fundador de la Escuela de Biología de la UCR. “Eso lo vuelve más significativo porque fue uno de mis maestros más queridos”, dijo Gámez.
Visionario, creativo, entusiasta, apasionado, innovador, humilde y buena persona. Así describen al científico sus colegas y amigos.
“En la vida siempre tiene que haber arte y ciencia. Las cosas que uno hace en ciencia tienen que ser analizadas con mucha objetividad, pero también hay inspiraciones y aspectos de creatividad que se acercan mucho al ser artistas. Se comparte el imaginar cosas nuevas y buscar hacerlas una realidad”, reflexionó Gámez.
“A veces se olvida que las ciencias son importantes y son cultura. Debe reconocerse a aquellas personas que han dedicado su vida a una producción científica tan grande como la de don Rodrigo”, dijo Alfio Piva, vicepresidente de la República, exfuncionario del INBio y amigo de Gámez.
A sus 75 años, Rodrigo Gámez sigue siendo aquel niño vestido de boy scout que amaba la naturaleza y un día se propuso llegar a conocer la biodiversidad de Costa Rica. La diferencia es que hoy tiene un Magón.