El lunes 19 de este mes, en una de las secciones del programa El chinamo denominada “Cámara escondida”, los productores tuvieron la ocurrencia de perpetrar una broma pesada a uno de los periodistas de Canal 7, grabarla y reproducirla con el propósito de entretener a su teleaudiencia.
La comedia no pudo ser más desafortunada. Con el concurso de las autoridades del noticiero, o a espaldas de ellos, se envió en horas de la madrugada a uno de sus profesionales a cubrir el allanamiento de una vivienda donde se guarecían unos sospechosos de haber asesinado a una pareja días anteriores. Un equipo de supuestos representantes de la Ley con pasamontañas y debidamente armados irrumpieron en la vivienda, pero, sorpresa, el sospechoso, lejos de huir, les hizo frente arma en mano.
Con la ayuda de otros cómplices, toman de rehén al periodista que cubría la noticia y lo reducen a la impotencia con un arma en la cabeza vociferando que les van a volar los sesos si las autoridades no arrojan sus armas. A todo esto, solo el equipo de producción sabe que se trata de una broma, pues el resto de la comunidad que presencia la acción es presa del terror que impera en estas circunstancias, máxime que en esos eventos las balas perdidas terminan impactando personas inocentes, recordando un pasado no muy lejano en que un sainete de esta naturaleza casi termina en verdadera tragedia al ser presenciado por un agente de la ley ajeno a la broma.
Ética y comunicación. El uso indebido del miedo, la mala noticia, la sorpresa inaudita, como motivo de diversión ya de por si debe ser tema de reflexión para los medios de comunicación, las comisiones de ética y los profesionales en salud mental. ¿Cuál es el límite para la broma, la muerte de una madre, de un hijo, el incendio de su casa, el diagnóstico de una grave enfermedad...? Espero no estarles dando nuevas ideas.
Lo que los partidarios de esta modalidad de entretención no consideran es que el sistema nervioso reacciona de forma similar ante la realidad que la ficción; el trauma es inevitable y las secuelas psicológicas resultan impredecibles.
Por esa razón, este asunto, lejos de verse como un desliz o una broma pesada, debe circunscribirse a una análisis profundo de nuestra realidad nacional. ¿Estaremos evadiendo nuestra incapacidad para solucionar un problema cuando lo convertimos en mofa? ¿Se habrá convertido el infortunio de miles de víctimas, como se ha acusado, en caldo de cultivo para alimentar el amarillismo y combustible para sustituir el ingenio, al punto que la ligereza termina desbordando la sensibilidad?
La violencia y la inseguridad ciudadana han dejado una secuela de síndromes postraumáticos de los que no se escapa prácticamente ninguna familia costarricense: asesinatos, secuestros, asaltos, irrupciones en los hogares en presencia de niños, padres, ancianos, los cuales son agredidos y amenazados sin diferenciación alguna, ha sido la tónica de los últimos años.
Alambre navaja, armamentismo, amurallamiento, han sido tema de diagnóstico por expertos, organismos internaciones, autoridades de gobierno y la sociedad civil, sin que a la fecha se hayan logrado medidas concretas que mitiguen esa escalada de violencia.
Urbanizaciones convertidas en guetos, campañas de autodefensa de las comunidades, inversiones millonarias en personal de seguridad y avituallamiento, todo parece caer en el abismo de la incongruencia, lo asistemático, cuando por otra parte se irrumpe en los hogares mediante la televisión con un guion insano, en horarios aun apropiados para los mismos niños a quienes la sociedad les ha invitado a cambiar sus juguetes bélicos por otros inofensivos.
Falta de sensibilidad. ¿A quién se le habrá ocurrido que esa parodia representaría un regalo navideño, un motivo de algarabía para la familia costarricense? Cuánto echamos de menos los filtros de la sensatez, de asesoría especializada, del amor al prójimo y de la solidaridad con las miles de víctimas que esa noche revivieron sus propias experiencias, sus pérdidas, su insomnio, su terror y su perplejidad al observar cómo se podía hacer escarnio de lo que para los suyos significaba una tragedia.
Más que la reflexión acerca de una broma infortunada, con este comentario, pretendo invitar a la cavilación, aprovechando estos días navideños y de esparcimiento, para observar hasta dónde hemos llegado y qué nos hace falta para reaccionar proactivamente, para que la cordura prime en el pensamiento y la paz y el amor regresen a los hogares costarricenses.
Si la gerencia de Canal 7 en un acto de humildad y expiación enviara una disculpa pública a todas y todos los que se hayan podido sentir agredidos con esa burda broma, sería, como la estrella de Belén, un buen augurio de que el 2012 venidero se anuncia como un año venturoso, al menos, en el importante quehacer de los medios de comunicación.