Sonó como arpa vieja el alcalde de Pérez Zeledón. Cerca del 26% de los electores de ese cantón fue a votar el domingo en el plebiscito para decidir si le revocaban o no su mandato y, de estos, más del 80% le “dieron los veinte”, lo mandaron a comer tamalitos como personaje histórico, con el premio de ser el primer político en Costa Rica que la ciudadanía quita del puesto por decisión democrática. Como se cumplieron con creces los requisitos exigidos por el artículo 19 del Código Municipal, esos tamales son amargos: al señor le pasó una aplanadora por encima.
Quizá porque ha sido fuera del Valle Central, o por la euforia de la final del futbol o por el gordo navideño, este ejercicio no ha recibido mucha atención por el resto del país. Sin embargo, es un acontecimiento político importante, una expresión de que, afortunadamente, hay una rica vida democrática más allá de los penosos espectáculos que casi todos los día da aquí en San José un sistema político disfuncional e incapaz de decidir sobre nada, paralizado por los múltiples vetos y poderes fácticos. Allá, la ciudadanía tomó una decisión democrática radical, nada menos que cepillarse a la cabeza de su gobierno local.
La importancia no es puramente testimonial. Cierto que esta fue la primera vez que se aplica la revocatoria de mandato. Empero, la procesión va por otro lado. Los de Pérez han mostrado que hay otro camino, que ya no hay que sufrir la baja calidad de la gestión municipal como si fuera una plaga bíblica ante la cual no queda más que resignación. Dicho en cortito: que el que no sirva, que no estorbe. Ello no garantiza que la nueva autoridad sea capaz de resolver los problemas, otros cien pesos, pero sí indica que ya no es gratis hacerlo muy mal.
Los electores se apiaron a una familia política local, de esas que abundan en nuestras municipalidades (Liberia es un caso emblemático). Son los “hermenigildos” de antes pero adaptados al siglo XXI: voraces caciques que montan su dominio local a partir de tentáculos en la Asamblea Legislativa, el gobierno local, las principales oficinas públicas del pueblo, algún viceministerio por ahí y, a veces, con fichas en el servicio exterior.
En su territorio nada se mueve sin su venia –permisos, patentes, viejos y nuevos negocios–. Estas familias tienen secuestrados, bajo el radar, a varios partidos políticos pues ellos, para tener votación alta en la zona, tienen que abrirles campito a los hermanísimos y primísimos o, si no, están fritos.
Aplaudo: cayó una familia de caciques, los electores se sacudieron del feudo. Ojalá que ahora no hagan lo de las vacas de don Ricardo, que no se obren al final y monten una nueva dinastía.