Nadie ha expresado mejor mi sentir en torno al ser humano que Saint-Exupéry, en el último capítulo de Terre des hommes, su mejor novela. Viaja el autor en el último vagón de un tren atestado de obreros. Sucios, malolientes, hacinados, víctimas de la alienación laboral de la que hablara Marx. Y entre ellos ve a un niño que ha logrado hacerse un campito entre los adultos. Su rostro no está aún marcado por la enajenación ni por el trabajo abyecto. Es bello, puro: pareciese pertenecer a otra especie. No ha sido aún molido por el engranaje social. Y el autor lo mira detenidamente: “Podría ser el rostro de Mozart”, se dice. “Lo que más me duele en las clases obreras no lo van a solucionar las sopas populares, no: lo que más me duele es ver en cada uno de esos niños a Mozart asesinado”.
El niño-Mozart en el vagón de los obreros estaba destinado a ser grande... si tan solo le hubiesen dado la oportunidad. Pero no se lo permitirán. Será un aborto espiritual, un proyecto de ser humano, “lo que pudo haber sido”, potencia que nunca llegó a cristalizar en acto (Aristóteles), la tragedia del pasado potencial. Su primigenia pureza será triturada. En algún momento, de camino a Mozart, le pondrán el techo a la altura de la cabeza para que no llegue nunca a serlo, para que crezca enjuto y contrahecho. Mozart asesinado.