Aparentemente, continúa la desesperada búsqueda de los republicanos en pos de alguien a quien puedan postular y que no se llame Willard M. Romney.
Nuevas encuestas sugieren que en Iowa, al menos, ya se ha superado el apogeo de Newt Gingrich. El siguiente: el representante Ron Paul.
En cierta forma, eso tiene sentido. En Romney no hay confianza porque se le ve como alguien que cínicamente toma cualesquiera posiciones que promuevan su carrera.
Esta acusación se sostiene porque es cierta. Paul, en contraste, ha sido altamente consistente. Apuesto a que uno no va a encontrar videos de hace unos años en los que dice lo opuesto a lo que dice ahora.
Desafortunadamente, Paul ha mantenido su consistencia gracias a que ignora la realidad, se apega a su ideología aunque los hechos han demostrado lo erróneo de esa ideología. Y, lo que es más, desafortunadamente, la ideología de Paul domina ahora al Partido Republicano, que solía ser más sensato.
No hablo aquí de los puntos de vista antibélicos de Paul o sus menos conocidos puntos de vista sobre los derechos civiles y reproductivos, que horrorizarían a los liberales que creen que es un buen hombre. Hablo, en vez de eso, acerca de sus puntos de vista sobre la economía.
Paul se identifica como un creyente en la economía “austríaca”, una doctrina que –no es necesario decirlo– rechaza a John Maynard Keynes pero es casi igual de vehemente al rechazar las ideas de Milton Friedman.
Porque los austriacos ven el dinero sin cobertura –que no está respaldado por oro– como la raíz de todos los males económicos, lo que significa que se oponen fieramente al tipo de expansión monetaria que Friedman afirmaba pudo haber evitado la Gran Depresión y que esta vez fue aplicada por Bernanke.
Bueno, un breve paréntesis: la Reserva Federal en realidad no imprime dinero (eso lo hace el Tesoro), pero sí controla la “base monetaria”, la cantidad de reservas bancarias y moneda en circulación. Por eso, cuando la gente habla que Bernanke imprime dinero, lo que en realidad quieren decir es que la Fed amplió la base monetaria.
Y, en efecto, se ha producido una gigantesca expansión de la base monetaria. Después de que Lehman Brothers cayó, la FED empezó a prestar grandes cantidades de dinero a los bancos, así como a comprar una amplia variedad de otros activos, en un intento (exitoso) por estabilizar los mercados financieros, agregando al mismo tiempo grandes cantidades a las reservas de los bancos. En el otoño del 2010, la FED empezó otra ronda de adquisiciones, en un intento menos exitoso por impulsar el crecimiento económico. El efecto combinado de estas acciones fue que la base monetaria superó la triplicación en cuanto a tamaño.
Los austríacos –y, lo que es más, muchos economistas que se inclinan a la derecha– estaban seguros respecto a lo que sucedería como resultado. Habría una devastadora inflación. Un popular comentarista austríaco que ha sido consejero de Paul, Peter Schiff, hasta advirtió (en el programa de televisión de Glenn Beck) sobre la posibilidad de una hiperinflación al estilo de la de Zimbabue en el futuro cercano.
Ahora nos encontramos aquí, tres años después. ¿Cómo marchan las cosas? La inflación ha fluctuado pero, al final de cuentas, los precios al consumidor han aumentado solo el 4,5%, lo que significa una tasa de inflación anual promedio de solo el 1,5%. ¿Quién hubiera podido predecir que imprimir tanto dinero causaría tan pequeña inflación? Bueno, yo podía. Y lo hice. E igual lo hicieron otros que comprendían la economía keynesiana que Paul vilipendia. Pero los seguidores de Paul siguen afirmando, de algún modo, que él ha tenido la razón en todo.
Sin embargo, si bien los proponentes originales de la doctrina nunca admitirán que estaban equivocados –mi experiencia me dice que nadie que esté en el mundo político admite jamás haberse equivocado de algo—, uno podría pensar que haber estado tan desubicado respecto a algo tan importante para su sistema de creencias habría provocado que los austriacos perdieran popularidad, incluso dentro del Partido Republicano. Después de todo, tan recientemente como en los años de Bush, los republicanos estaban enteramente a favor de imprimir dinero cuando la economía se deprime. “Una agresiva política monetaria puede reducir la profundidad de una recesión”, afirmaba el Reporte Económico del Presidente en el 2004.
En vez de eso, lo que ha sucedido es que la doctrina del dinero fuerte y la paranoia respecto a la inflación se han apoderado del partido, aunque la inflación que se pronosticó no haya aparecido. Por ejemplo, en febrero de este año, el representante Paul Ryan, que de alguna forma es considerado como el gran pensador del partido en asuntos económicos, arengó a Bernanke respecto a lo terrible que es “degradar” una moneda y señaló un aumento en los precios de las materias primas a finales del 2010 y principios del 2011 como evidencia de que la inflación finalmente se aproximaba. Los precios de las materias primas han caído en picada desde entonces, pero no hay señal de que Ryan o alguna otra persona cambie de opinión.
Ahora, todavía es altamente improbable que Ron Paul llegue a ser presidente. Pero, como dije, su doctrina económica se ha convertido, en efecto, en la línea oficial del Partido Republicano, pese a que los acontecimientos evidencian que ha resultado absolutamente equivocada. Y, ¿qué sucederá si tal doctrina en realidad termina por ponerse en efecto? Gran Depresión' aquí vamos.
Traducción de Gerardo Chaves para La Nación
Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.